Capítulo II
Herbert Montejano
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La clínica de Herbert Montejano se hallaba por aquel entonces en las afueras de la ciudad donde vivo. Todavía hoy, visitar dicha fortaleza o sus alrededores entraña disponerse a soportar al menos una hora y media sumergido en un atasco infernal... Supone introducirse en el vientre de la oruga gigante y dejarse arrastrar por las corrientes de su aparato digestivo.
Aquel lunes salí de casa muy pronto por esa razón. Soy de los que acostumbran a llegar tempranito a sus citas... Así era yo antiguamente, al menos. Llegaba siempre antes de tiempo a todas partes, para poder fumarme un cigarro tranquilo, ese cigarro que me infundía valor y auto-confianza.
El trayecto se me hizo interminable. Más de una hora encerrado en el maldito coche. Aquella tarde llovía, creo que no hay mucho más que explicar. Cuando finalmente fui expelido por uno de los poros de la serpiente, estaba tan cabreado conmigo mismo que ni siquiera presté atención al resto del paisaje. No conté las doce pilastras que sostenían las ruinas del monasterio que me miró desde lo alto de la colina, ni pinté de azul las mansiones georgianas levantadas en ladrillo rojo cuyas esquinas iban dibujando mi rumbo...
Llegué al lugar que la voz de aquella mujer me había indicado. Aparqué al fin el coche. Cogí del asiento de atrás mi gabardina y salí al exterior contento al comprobar que los chubascos pronosticados habían tomado la decisión de circunvalar aquella zona. Cerré el coche con llave y me llevé un cigarrillo a los labios.
Encendí el mechero contemplando con desgana el exuberante zaguán que presuntamente daba acceso a las instalaciones del doctor Montejano. Aquello parecía más bien la entrada de un teatro antiguo, o quizá la de una exposición algo siniestra de arte bizantino; había gárgolas y cariátides entrelazadas que moldeaban una especie de pórtico en cuyo umbral se erguía la figura entre imponente y patética de un viejo conserje mestizo que vestía uniforme azul y sombrero de copa.
Estuve mirando aquel cuadro un buen rato, preguntándome entre otras cosas cómo podía yo haber labrado para mí mismo semejante Circunstancia. Noté que el cielo se oscurecía nuevamente y que unas finísimas gotas de lluvia comenzaban a darle a los adoquines de la acera un bonito aspecto jaspeado.
Recordé otra vez el día en que empecé a fumar. Aquel día en que fueron corregidos los límites temporales y quizá también los geográficos de mi devenir físico, ese día maldito también estaba el cielo encorvado y lleno de nubes que reptaban como sombras de hienas enfermas... Un tipo que apestaba entró en mi casa. Vino a revisar las instalaciones del gas. Cuando se agachó para examinar las gomas advertí que la cintura de su pantalón vaquero se ahuecaba en el sector lumbar, dejando al descubierto un fragmento de culo que más bien parecía la rabadilla de un gorila. Mi madre me miró haciendo un gesto que parecía significar que estaba sintiendo nauseas. El tipo se puso en pie. Era un hombre joven, alto, repugnante. Se incorporó diciendo que una de las llaves del gas no estaba homologada, y pensé que tal vez alguien debería indicarle que seguramente su olor putrefacto tampoco estaría homologado si nos atuviésemos a las connotaciones científicas de ese concepto tan artificioso y cobarde...
Sonó un trueno y la lluvia empezó a estrellarse furiosamente contra mi gabardina. Le di a mi cigarrillo cuatro caladas descomunales antes de tirarlo a un charco del futuro. Y por enésima vez escuché la vocecilla de mis genes en el interior de mi cráneo, exigiendo regresar a casa de inmediato, y después suplicando...
Ya sé que cualquier psicólogo diría que fui propulsado por mi subconsciente, impelido por razones de enorme peso que tal vez no figuraban en el inventario del flanco deductivo de mi cerebro. Es posible. Lo único que yo puedo asegurar es que avancé rumbo a la madriguera de Montejano solamente por no tener que reprocharme nunca no haberlo hecho. Además, ya que había llegado hasta allí...
Me estaba mojando. Troté hacia el pórtico. Una vez allí pregunté al ujier por la consulta del doctor Herbert Montejano. El viejo conserje no dijo nada: se limitó a sonreír con aire compasivo. Hizo una estúpida reverencia y abrió esa puerta que teóricamente conducía sin remedio a mi nueva vida.
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Claveles y gladiolos me acompañaron a lo largo de un vestíbulo estrecho en cuyo suelo alguien había dibujado el retrato de una opulenta chimpancé en actitud insinuante. Al final de aquel pasillo, escoltada por dos cuernos de rinoceronte y coronada por una cruz de San Francés, sonreía una puerta de roble en cuya superficie había sido cincelada la siguiente leyenda:
Llame tres veces si quiere dejar de fumar
(Llamé tres veces y dejé de fumar...)
A ambos lados de aquella puerta se desplegaban sendas escalinatas con dirección al mismísimo centro de la Tierra. La escalera izquierda, según el letrero que vi enganchado a la pared por una chincheta roja, conducía a un lugar llamado Pabellón T. La de la derecha no tenía indicación alguna, lo que me hizo suponer que por allá abajo estarían los aseos.
Llegué a la puerta... No había ningún timbre. Tan sólo una especie de aldaba con forma de mano huesuda francamente desagradable.
Todo me hacía recordar la odisea maravillosa de la repelente Alicia por el interior del laberinto maravilloso de su estúpido hipotálamo. Me quedé mirando aquella mano raquítica durante unos segundos, instantes en los cuales mi conciencia se afanó en hacerme dudar acerca de si me hallaba o no encaramado a uno de esos puntos de inflexión que decoran la vida de todos los seres humanos.
Pues claro que llamé, sí. Puse un gesto de suficiencia y hastío por si acaso hubiese alguien observándome a través de la mirilla..., agarré la mano de bronce y la estrellé tres veces contra la puerta...
Una voz de viejo fumador dijo “Adelante” desde el otro lado. Empujé la puerta y las bisagras emitieron un gemido vibrante que rebotó al estrellarse contra la bóveda del vestíbulo para caer finalmente sobre mis cuernos como un pájaro moribundo.
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Ahora imagina la suntuosa biblioteca de un lord inglés. Exacto: muebles oscuros, libros antiguos, vitrinas repletas de jarroncitos de porcelana, estanterías decoradas por esculturas de hierro forjado, trofeos de bronce, estatuas de Minerva, un rebeco alado... La típica mesa de caoba y el típico lord de perilla minuciosamente esculpida, como si todo él fuese una figura de mármol...
Herbert Montejano.
Miré a mi alrededor, tal vez ávido por encontrar a quien pudiera sacarme de allí sin excesivas contemplaciones. La puerta de roble se cerró a mis espaldas ruidosamente. El viejo Montejano estaba sentado en su silla giratoria con cara de extraordinaria indiferencia, firmando papeles compulsivamente con el extremo de una pluma que supuse arrancada de la cresta de un faisán plateado. “Siéntese, por favor. Enseguida acabo con esto...”, dijo él sin mirarme...
Me acerqué a la silla y dejé caer allí mis grasas bastante desolado. Ni siquiera me quité la gabardina; con sólo ver la pinta cínica y prepotente de aquel médico se me habían quitado esas pocas ganas de estar allí con las que había acudido. Además, me apetecía enormemente fumar... El doctor siguió hablando sin levantar su mirada...
-La que está cayendo, ¿no?
-Sí...
-Bonita mañana para salir de la cárcel.
Lo que me faltaba. Un presunto psiquiatra que no parecía considerar preciso mirarme a la cara y que rompía el hielo con asténicas referencias a las condiciones meteorológicas. No parecía un buen comienzo.
-Supongo que sí -murmuré con desánimo.
-No ha estado usted nunca en la cárcel, ¿verdad?
-No.
-Yo sí. Como consecuencia de un espantoso malentendido, claro. Aunque, si le soy sincero, todas las personas que conocí en prisión alegaban estar allí por esa misma causa.
Mi desconfianza iba en aumento, como puedes imaginar. Herbert Montejano seguía estampando su firma en aquellos papeles... Yo le miraba, calculando su edad y tratando de imaginar si en su juventud fue aquel tipo un hombre atractivo. Probablemente sí. La verdad es que Montejano era el clásico madurito elegante y algo misterioso, aunque no sé si eso es suficiente y preciso para resultarle atractivo a las mujeres.
-Fúmese un cigarro, Bengüit.
“Bengüit”, dijo. “Bengüit”. Claro. Montejano me confundía con otra persona...
-Perdón -murmuré con poca simpatía-... No soy Bengüit
-Montejano suspiró al escuchar mi respuesta.
-Era una broma -dijo entonces, dejando instantáneamente de firmar papeles y clavándome por fin su mirada verde y exquisita-. En algunas culturas, el vocablo “Bengüit” quiere decir “Amigo”. Además, si a eso vamos, su verdadero nombre no tiene ninguna relevancia. Usted es un fumador que quiere dejar de serlo, ¿no? Eso es todo lo que yo necesito saber. Sí es importante, en cambio, que tenga usted claro quién soy yo... Pero fúmese un pitillo, hombre...
Saqué mi paquete de tabaco y le ofrecí un cigarro a Montejano...
-No, gracias. Yo ya pasé por eso. Pero fume tranquilo, no me molesta el humo.
El viejo me miraba en silencio, rascándose la perilla con aire reflexivo. Entonces me invitó a echar un vistazo a las paredes de su despacho.
-¿Ve todos estos diplomas?
-Sí.
-Pues obsérvelos detenidamente y dígame después si ha encontrado alguno en el que se afirme que Herbert Montejano estudió Medicina o algo similar a lo largo de su vida.
Había muchísimos diplomas allí. Y fotografías antiguas de Herbert Montejano acompañado de personajes ilustres...
-Déjelo. No encontrará ninguno. ¿Por qué? Pues porque yo no soy médico...
Yo seguía mirando las paredes mientras Montejano se mecía en su trono. Me sorprendió ver que en algunas de aquellas fotografías aparecían junto al doctor actores de cine mudo que seguramente habrían muerto antes de que Herbert Montejano hubiese nacido. Y monos, muchos monos. Fotos de orangutanes, chimpancés, gorilas... Montejano debió de darse cuenta de que había captado mi curiosidad aquella profusión de referencias al Amanecer del Hombre, pues enseguida situó nuestra conversación en aquellos parajes.
-¿Le gustan a usted los monos? -Me preguntó con un cierto talante sintético que no parecía tener vínculo alguno con el carácter intrincado de que había dotado a su Circunstancia...
-¿Perdón?
-Lo digo porque si le gustan los monos y está usted interesado en la conducta de los primates antropoides, en ese caso conocerá usted la historia del catedrático aquél cuya esposa enloqueció de tanto escucharle hablar de lo listos que son los chimpancés...
-Creo que no.
-La pobre mujer acabó metiéndose en la cama con un maldito mono, y el catedrático se enteró de aquello cuando, en el transcurso de una de sus conferencias, un alumno que también tenía relaciones sexuales con la mujer del catedrático se levantó de su asiento y se puso a especular con enorme ironía acerca de la posibilidad de que la esposa de Cousteau hubiese mantenido relaciones sexuales con un crustáceo...
-No. No conozco esa historia.
-Por lo visto, aquel hombre había enseñado a varios chimpancés un lenguaje parecido al que utilizan los sordomudos... Y su mujer debió pensar: “¿Quién coño no se ha acostado alguna vez con un sordomudo?”
Yo no sabía qué decir, y debo confesar que aquel tipo estaba haciéndome sentir bastante incómodo.
-Pero no estará usted creyendo que soy yo mismo ese catedrático del que le hablo, ¿verdad?
-No, hombre...
-Yo soy sólo un aficionado. Ni siquiera soy antropólogo. A donde quiero llegar es a que debe ser usted consciente de que no está en la consulta de un maldito médico. Quiero que lo tenga bien claro y que firme una especie de contrato en el que ponga de manifiesto que en ningún instante y de ninguna manera se le ha hecho a usted creer que soy un afamado psicólogo o algo parecido. ¿Entiende?
-Sí.
-Pasé unos días horribles en la cárcel precisamente porque al principio no consideré necesario hablarle a la gente de mi vida privada. Los pacientes venían a la consulta del médico... ¿Para qué iba a sacarles de su error, si se estaban curando? Y no sabe a cuántas personas curé, Bengüit. Muchas... Lo más curioso de todo fue que cuando esos pacientes míos se enteraron de que yo no era médico, pues casi todos volvieron a fumar. Un porcentaje altísimo, casi el noventa y cinco por ciento. Las cosas que tiene el cerebro humano, ¿eh?
-Entiendo.
-Yo creo que todas esas personas volvieron a fumar solamente porque les apetecía sentirse estafadas...
El semblante de Herbert Montejano se había manchado de melancolía y rencor. Se quedó mirando al infinito unos instantes... Hasta que súbitamente volvió a la realidad extramental y me entregó con seriedad unos papeles atados por un clip azul. El contrato.
-A usted le corresponde decidir si me cree capacitado para liberarle de su drogodependencia...
Empecé a leer el contrato... Afortunadamente no había letra pequeña... O la letra pequeña era tan pequeña, tan pequeña, como pequeña la encontré yo al ser incapaz de encontrarla. Tan sólo pude leer unas cuantas cláusulas absurdas en las que se decía de modo recurrente que Herbert Montejano me había hecho conocer con toda claridad que no era médico. Que no y que no, que no lo era. El tío estaba obsesionado con eso...
-El día en que fui detenido -dijo entonces, justo en el momento en que yo leía la cuarta cláusula-, ese día estaba lloviendo a cántaros, como hoy. No sabe usted cómo me trató el comisario, o lo que fuera ese troglodita. Quiso hacerme confesar que, además de aquella presunta estafa, tenía relación con un sacerdote negro que había construido un submarino en algún lugar del mundo para él y para todos los miembros de su secta. No hacía más que preguntarme por el paradero del submarino. Burlándose de mí, claro. Aseguraba que tenía intención de ser el comandante de la nave... Decía que a todo aquel que se desmandase un poco le diría: “Cállese, o le echo a patadas de mi submarino...”
Dejé de leer el contrato en ese momento. Mi frasquito de paciencia estaba ya casi vacío... No me apetecía estar allí; Montejano quizá fuese un hombre interesante, no lo dudaba, pero yo no estaba ni por asomo convencido de que sus relevantes cualidades le convirtieran en el mejor amigo para mis pulmones. Era un estafador, ¿no? Por lo menos lo había sido...
-Discúlpeme -dije sin ánimo de resultar amenazador-. Verá... He venido aquí porque me lo recomendó una persona que había dejado de fumar gracias a su ayuda. Un hombre perteneciente a ese cinco por ciento de los que no volvieron a fumar nunca... Quizá porque no se enteró de que usted le había engañado...
Montejano me miraba con mucha gravedad. Y yo me sentía inspirado...
-Mire -continué con súbita indolencia-... Lo cierto es que a mí no me importa mucho si es usted o no es usted médico. Me da exactamente igual. Pero quiero que entienda que si a algo he venido yo aquí, desde luego ese algo no tiene relación alguna con una presumible inclinación a perder el tiempo, mi tiempo...
-Tranquilo, Bengüit, no se ponga usted así...
-Y no me llame usted “Bengüit”, por favor...
Los dos callados. Y muy quietos. Montejano parecía en ese instante un adorno más de la sala, un muñeco de cera, un reloj de sol meditativo. ¿Yo? Lo que yo pudiera parecer entonces no lo sé con exactitud; sólo recuerdo que Montejano tomó de nuevo la palabra, aunque dándole al tono de su discurso un cierto aire de homilía cáustica...
-Amigo, mi tiempo es tan valioso como el suyo, aunque usted no lo crea -dijo empleando con toda naturalidad los diversos colores de la buena paralingüística-. La misma cantidad de tiempo que está usted perdiendo esta mañana la estoy perdiendo yo; y, si me permite la broma, los dos estamos perdiendo el tiempo “al mismo tiempo”. La única diferencia consiste en que mi tiempo lo pierdo yo en intentar salvarle la vida. Si usted piensa que no puedo ayudarle, pues muy bien; en efecto, en ese caso estaremos los dos haciendo el indio... Pero debo decirle que esa tajante opinión suya referente a mi incompetencia es errónea. Casi todos los médicos reconocen sentirse verdaderamente frustrados porque son incapaces de conseguir que sus pacientes dejen de fumar. A lo más que llegan es a lograr que algunas de esas personas reduzcan temporalmente el consumo de cigarrillos, y sólo después de asustarles mucho hablándoles de lo incómoda que resulta la traqueotomía y de lo carísimo que sale un trasplante de pulmón a día de hoy. En cambio, he conocido gente que dejó de fumar, por ejemplo, gracias a su perro... Mire, dejar de fumar es algo que no tiene nada que ver con lo que habitualmente llamamos Fuerza de Voluntad, sino con la Voluntad en sí misma. Quienes quieren dejarlo, quienes de verdad quieren, esos siempre lo consiguen. Porque dejar de fumar es uno de los poquísimos sueños que podemos hacer realidad a lo largo de nuestra vida. Está en nuestras manos. Y como se trata de un sueño, de algo bonito y alegre, difícilmente puede estar vinculado con el pánico a contraer horribles enfermedades. Las claves son otras; yo me limito a intentar que ese deseo despierte limpio de todos esos otros condicionantes...
Había subestimado a Herbert Montejano, sin duda. Por culpa de mi mala conciencia... Aquel hombre tenía su mirada clavada en mis ojos y extendía su mano derecha hacia mí, ofreciéndome su pluma para que firmase el contrato. Cogí la pluma y busqué el recuadro donde debía depositar mi firma...
-Aquí y aquí -me indicó-. Si ha leído usted bien se habrá dado cuenta de que su firma no le compromete a nada... Sin embargo, yo necesito su firma, incluso en el caso de que haya decidido usted no acudir a la terapia, ¿entiende?
Asentí mientras firmaba. Aún no me fiaba mucho de Montejano, pero comprendía perfectamente la necesidad de aquella firma. La punta de la pluma se deslizaba sobre el papel...
-Mire -dijo Montejano-... Vamos a hacer una cosa: mañana martes comienzan su terapia otras cuatro personas tan desconfiadas como usted. Le propongo que se lo piense tranquilamente esta tarde y después decida si quiere formar parte de ese grupo o no. Si llega a la conclusión de que puedo ayudarle, preséntese usted mañana a las cuatro de la tarde aquí y atraviese el umbral de la puerta que encontrará al final de las escaleras que hay a la derecha de la puerta que hoy atravesó usted... Si es que sus ocupaciones le permiten venir mañana, claro está.
Le dije que en principio no había nada que me lo impidiese. Él seguía mirándome...
-Hasta entonces sólo le daré un consejo -dijo sonriendo-: no olvide que vino aquí por su propio pie y que finalmente agarró la aldaba de bronce y la hizo chocar tres veces contra la puerta...
-Ya, ya -asentí en actitud algo cínica, todavía poseído por mi arrogancia-... Todo eso está bien. Pero creo que la decisión que finalmente vaya yo a tomar dependerá también del precio de esa terapia.
-Claro, claro. Eso lo doy por supuesto. Lo que pasa es que los honorarios los fija usted, amigo mío... Dígame... ¿Cuántos cigarrillos fuma al día?
-Dos paquetes.
-Suponiendo que cada paquete de tabaco le cueste a usted dos euros, y digo esta cifra por redondear... -Entornó los ojos y se puso a hacer cálculos mentales- Son cuatro euros diarios... Cuatro por treinta son ciento veinte... Ciento veinte euros al mes, Dios santo... Si deja de fumar estará usted en deuda conmigo, ¿no le parece?
No consideré muy oportuno decirle que un paquete del tabaco que yo fumaba costaba por aquel entonces tan sólo un euro con setenta y cinco. Firmé el contrato según el cual afirmaba saber que Herbert Montejano no era médico, y que lo sabía porque él mismo me lo había dicho reiteradamente. “Bien, lo pensaré de aquí a mañana”, respondí mientras me levantaba de mi asiento. En realidad, creo que la decisión ya había sido tomada y sólo me faltaba armarme de valor para ejecutarla.
-Una cosa más, caballero -dijo Montejano justo cuando yo estaba saliendo de su despacho-... Vaya pensando un alias. No está permitido que los miembros de la terapia conozcan los nombres verdaderos del resto de los miembros...
-¿Por qué?
-Cosas mías... No deben saber nada los unos de los otros. Ni los nombres, ni a qué se dedican, nada... ¿En qué trabaja usted, amigo?
-Soy autónomo -contesté de mala gana-. Trabajo en fontanería.
-Bien, pues... Como le digo, elija un seudónimo que no lleve a nadie a deducir cuál es su ocupación... No vaya usted a ponerse Grifomán, o algo así...
-Muy bien...
-Yo habría deseado que se llamase usted Bengüit, pero al parecer no le ha gustado...
-La verdad es que me da igual -dije. Y me marché de allí, no muy seguro de estar totalmente despierto.
13La cantidad de nombres cuyas letras luminosas centellearon en los confines de mi córnea durante la tarde de aquel lunes...
¿Cuántos nombres existen? Un tal Cirlot compuso extensísimas poesías permutando los fonemas, sílabas, hiatos y acentos correspondientes al primer verso, ejecutando una complejísima ceremonia algebraica.
Quiero decir que... En efecto, aquellos poemas eran una puta mierda, pero nos conducían a presumir que cuando admitimos que la palabra “Reskuiio” podría ser un nombre, tal vez estemos asegurando que los nombres son infinitos..., que no existe ningún límite...
Tuve un trabajito que hacer el martes por la mañana. Y todo lo que se iba presentando ante mis ojos se convertía de inmediato en un posible seudónimo... Pero no podía utilizar ninguno de aquellos nombres. Enfrascado en mi labor se me ocurrió pensar que si alguna vez llegase a poner mi propia empresa tal vez estaría bien llamarla “Grifoman”. Aunque claro, antes debería preguntarle a Montejano si tenía algún inconveniente en que utilizase un nombre que había inventado él...
Sí, porque aunque realmente no deseaba en absoluto someterme a cualquier clase de terapia que hubiese podido confeccionar un tipo tan raro como ese Herbert Montejano, las palabras de Sebastián y la enseñanza póstuma de Francés se inflamaban en mi córtex cerebral cada vez que decidía olvidarme de todo aquello para siempre.
Un inciso importante: cuando digo que durante aquella mañana estuve pensando en todas esas cosas, lo que quiero decir es que estuve intentando hacerlo... Porque, desgraciadamente, la mujer a quien le estuve desatascando su nauseabundo fregadero ese martes, la pobrecilla tenía un grave problema psíquico: era incapaz de permanecer durante más de cincuenta segundos en silencio. Estuvo parloteando sin parar toda la mañana. Me habló de sus tres hijos. Eran muy buenos estudiantes, según me contó. Uno de ellos lo pasó realmente mal en su infancia debido al miedo a la oscuridad. También me habló de su marido. La mujer no ponía en duda que su marido era un hombre honrado, trabajador como el que más; pero, al parecer, el pobre diablo estaba obsesionado con el maldito fútbol. “Siempre que pierde su equipo hace lo mismo -me dijo con acento bastante cursi-. Saca el maldito microscopio y analiza su propia sangre... Después de contener la respiración durante minutos... Dice que de ese modo estimula extraordinariamente a su hipotálamo de cara a una ingente producción de endorfinas... Y un partido, y otro partido... Siempre la misma historia...”
-No creerá que es usted la única mujer que se queja de eso -le dije con una entonación que hasta yo mismo encontré francamente antipática-. No me refiero a eso que hace su marido con el microscopio, sino a...
-Ya, ya sé a qué se refiere -me interrumpió-. Pero es que yo he pillado a mi marido a veces jugando partidos de fútbol imaginarios con una pelota de goma espuma... Y cuando se mete en el váter... Dios santo, a mí me da miedo. Creo que fantasea con que es el entrenador de su equipo. Les echa unos broncazos a los jugadores de muy señor mío... Les pregunta con una horrible arrogancia si carecen de la motricidad elemental para la práctica de ese deporte... Les pregunta también si es que acaso no creen en el movimiento... Les acusa de leer demasiados tratados de Parménides y de un tal Zenón de Elea cuando deberían estar entrenando...
Hice un esfuerzo por no soltar una carcajada en ese instante...
-En fin -terminó-... Lo peor de todo es que a veces me da manotazos en los pechos... -De pronto, aquella mujer se puso a representar enérgicamente cómo le propinaba su marido esos manotazos; primero en un pecho, después en el otro-... Así.. Así...
Bueno, esto ya está, señora... Pero procuren ustedes que no caigan demasiados restos de comida en el fregadero...
-Si yo lo intento, no crea...
-Ya lo imagino -afirmé con muy escasa convicción mientras confeccionaba la factura-. Y también sé que a veces resulta inevitable, pero...
La mujer revisó la factura. Debió de parecerle barato, pues me pidió disculpas por, según sus propias palabras, “la mañanita que me había dado”.
14
Eran las quince cuarenta y cinco del martes; estaba ya frente al portal de Herbert Montejano, fumándome un cigarrillo, por supuesto...; y seguía dándole vueltas en mi cabeza al asunto de mi seudónimo, contemplando involuntariamente al conserje del sombrero de copa...
Apagué mi cigarro y caminé rumbo a mi Destino.
El ujier se quitó el sombrero para saludar mi entrada. Supongo que sabes lo estúpido y ridículo que se siente uno cuando alguien le saluda de esa manera. Es que no sabes qué hacer... Y entonces..., lo que haces entonces es saludar a tu manera, pero exagerando grotescamente tu simpatía. Yo, por ejemplo, sonreí agachando la cabeza muy al estilo oriental...
Aún tenía pinta de luchador de sumo cuando llegué a la escalera derecha.
Conté los escalones. Un primer tramo de diez peldaños, iluminado por apliques de aspecto victoriano; un descansillo estrecho presidido por un mapa de África; otros diez escalones... Y, por fin, la puerta.
Allí había un cartelito escrito a mano con caligrafía elegante:
Pase sin llamar
(Pasé sin llamar y dejé de fumar)
A Montejano parecían gustarle esos juegos misteriosos y singularmente infantiles, ajeno, evidentemente, a lo mucho que a mí me irritan esas gilipolleces.
Fíjate qué cosa más tonta: de pronto, sin venir a cuento, intenté imaginar qué clase de coche tendría un personaje como Herbert Montejano. Y no se me ocurrió nada.
Leí de nuevo el rótulo para estar seguro de no equivocarme. Daba un poco de miedo. Igual aquel sótano estaba lleno de cadáveres descuartizados...
Pasé sin llamar, por supuesto...
15
Y me introduje en una sala que...
Bueno, aquello era una especie de cine en miniatura. Dos filas de cinco asientos, una pantalla blanca de cuatro metros cuadrados, la típica luz amarilla y cansada...
Había un detalle que diferenciaba aquel cine del resto de los cines en los que yo había entrado a lo largo de mi vida: el olor... Se echaba en falta ese característico aroma, híbrido de ambientador, madera y carne descompuesta, que conduce de forma irremediable a la ingestión compulsiva de palomitas de maíz, no me preguntes por qué. Y si no existía ese olor era fundamentalmente porque las cuatro personas que me encontré allí dentro estaban fumando sin ningún reparo, lo cual había convertido la sala en una sólida burbuja de humo.
El grupo lo formaban tres hombres y una mujer. Estaban ahí sentados, fumando tranquilamente en el interior de aquella nube cancerígena... Creo que fui yo el primero en decir “Buenas tardes”, aunque no estoy seguro del todo. Mis cuatro compañeros me miraron con expresión cordial...
Uno de ellos era un tipo cuya melena negra y el poncho color marfil que vestía le daban un cierto aire de hippie recalcitrante. Los otros dos hombres, agazapados a la sombra de sendas gafas rectilíneas, me parecieron casi idénticos; cada uno embutido en su traje gris de vendedor de seguros, los dos con el estigma de la sociedad occidental enroscado en sus gargantas... De pronto se levantaron de sus asientos para saludarme y comprobé que uno era muy alto y el otro muy bajito... Detalle insuficiente para distinguir en todas las situaciones al uno del otro, pensé. La mujer también usaba gafas; era rubia, se parecía un poco a Gina Lollobrigida, y tenía una dentadura blanca y perfecta.
Nos estrechamos las manos. El hippie había elegido como nombre “Jesucristo”, lo cual me pareció que denotaba cierto delirio de grandeza, además de escasa imaginación.
El hombre alto era “Aníbal”; el bajito era “Larry”; la mujer se llamaba “Astrid”...
-Yo soy Bengüit -dije con timidez.
-Pues bienvenido, Bengüit -respondió Larry sonriendo-. Ya ve, Montejano va a ponernos una película, según parece...
Ocupé el asiento que estaba más cerca de la puerta. Y los otros cuatro siguieron charlando animadamente, tratando de ponerme al corriente de su conversación.
-Estaba contándoles a estos compañeros -comenzó a explicarme Aníbal- que en cierta ocasión, hace algunos años, me pasé cuatro meses sin fumar. Y que engordé muchísimo...
-Dice que engordó casi cuarenta kilos –me informó Larry, el señor bajito-. Y lo que yo digo es que, aunque lo de engordar es algo que en cierto modo debemos asumir, me resulta difícil creer que un hombre adulto engorde casi cincuenta kilos en sólo cuatro meses.
-Sí, parece imposible, pero es que ustedes no saben cómo comía yo. A todas horas. No paraba nunca de masticar. Era un acto compulsivo. Sobre todo por las noches. Cenaba; al poco rato me comía los restos de la cena; y antes de acostarme picaba todo lo que encontraba en la cocina. Frutos secos, especialmente... Las pipas de girasol me tranquilizaban mucho, pero yo siempre he preferido las almendras...
-Ya -dije yo.
-Mi mujer tenía la costumbre de dejar hecha por la noche la comida del día siguiente. Pues tuvo que dejar de hacerlo, porque de vez en cuando me la comía yo esa misma noche. Una vez me metí para el cuerpo una cazuela entera de lentejas a las tres de la madrugada.
-Joder.
-Pero un puchero como Dios manda, no crean... Santo cielo, fue algo terrible. Una pesadilla. Porque yo veía cómo estaba engordando y no sabía cómo hacer para detener el proceso. Entonces, una noche decidí vomitar. Por decirlo de algún modo, me convertí en una especie de bulímico. Cuando mi mujer entendió que el problema estaba llegando a extremos intolerables me pidió que volviese a fumar. Y me faltó tiempo para correr hacia el estanco.
-Eso es lo que más miedo me da a mí -dijo entonces Astrid con aspecto atormentado-. Creo que puedo dejarlo, pero no estoy muy segura de que pueda dejarlo para siempre, ¿me explico? Tengo la sensación de que me pasaré la vida deseando fumarme un cigarro. Y no te quiero ni contar lo que pasaría si me sucediese lo que a ti... Si veo que empiezo a ponerme como una vaca...
En ese momento se apagaron las luces de la sala y en la pantalla apareció la cara de Herbert Montejano.
16
“Lo que van a ver ustedes es un cortometraje basado en el primer acto de una obra de teatro de Giovanni Escrotello. No saquen conclusiones precipitadas. Procuren entretenerse. No hablen de la película cuando ésta termine: limítense a coger sus abrigos y regresar a sus casas. Una vez allí, hagan un pequeño análisis referente a lo que han visto y escuchado. Intenten hallar relaciones entre los sucesos que ocurren en la filmación y la adicción al tabaco. El próximo martes tendremos tiempo para hablar. El martes, a las cuatro de la tarde, quisiera verles a todos ustedes en el Pabellón T. Hasta entonces, pasen un buen día, y disfruten del espectáculo.”