DEJAR DE FUMAR ES IMPOSIBLE
Opiniones y Reseñas

En muy pocos libros puede uno ser tan categórico: Antonio de la Mata tiene voz propia y sabe adonde va. Dejar de fumar es imposible es un libro que destila seguridad en sí mismo. Reconozco que me ha costado soltarlo, prácticamente lo he leído de un tirón. Su extraña propuesta argumental absorbe; su humor delirante me ha hecho, en algunos casos, reír con verdaderas ganas. Y lo mejor del asunto es que, al final, no sé cuál es “exactamente” el objetivo del autor...
Fernando Marías, escritor, Premio Nadal 2001.

Un escrito muy lúcido, lleno de chispa e ironía, que me arrancó sonrisas y reflexiones; y, lo más importante, me lo he pasado bien sin haber sufrido ningún "receso". Muy al contrario, hoy he vuelto a pensar cuánto talento anda oculto entre tanto privilegiado sin recursos auténticos para jugar con las palabras, para comercializar con ellas, tal como hacía, muy dignamente, Belisa Crepusculario, la de "Cuentos de Eva Luna"...
Fina Casalderrey, escritora, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 1996.

Con un estilo muy personal, rico en matices y denso, Antonio de la Mata va dejando fluir una narración que parece sufrir constantes mutaciones. La esclavitud ante la nicotina y la imposibilidad para abandonarla funcionan como elemento vertebrador de un texto que va mucho más allá y, a ráfagas, nos va ofreciendo fragmentos de gran calado, hondura, lirismo y reflexión filosófica. La vida y sus servidumbres, pero también la muerte y el terror ante la propia desaparición, o la amistad añorada, son algunos de los temas que se van apuntando a medida que la narración avanza, haciéndonos comprender que leemos una novela bastante más compleja y acertada de lo que su título podría presagiar.
Editorial Opera Prima.


Novela interesante y extraña. Una pequeña odisea urbana y anónima que nos hace reflexionar acerca de nuestros propios deseos, preguntarnos si tales deseos son congénitos o adquiridos, si son verdaderamente “nuestros deseos” o tan sólo lo que otros pretenden hacernos desear.
Marta Sotelo, psicóloga y escritora.


Antonio de la Mata terminará escribiendo para el cine o la televisión, si es que no lo ha hecho todavía. Su estilo es potente y visual, estimulante y sorprendente. Por momentos se diría que se trata de un inclasificable híbrido entre Buñuel y Groucho Marx. Me gusta el hecho de que anime a los lectores a inventar el final de su libro...
Jaime Poveda Ríos, periodista y crítico de arte.

Dejar de fumar es imposible (si sabes cómo...)


Capítulo I

Todos los caminos conducen al cementerio




1

Los caminos que desembocan en el cementerio de mi ciudad en nada se parecen a los que vas a imaginar tú gracias a mi descripción, por muy esmerada que ésta sea. Allá donde estés, agazapado -o agazapada- en la interpretación que fabrica tu cerebro a partir de los múltiples estímulos que van estrellándose contra tu organismo, difícilmente podrás atisbar los cerezos, abedules y almendros que yo iré colocando de un modo absolutamente certero en los espolones y estuarios que adornan la travesía. Tu camino recibirá pinceladas firmes, los trazos vigorosos y perpetuos que irán consumándose en algún rincón lluvioso de tu hipotálamo. De este modo, mientras mi óleo confirma la existencia de un paseo flanqueado por casitas bajas, todas blancas; de alquerías que brotan sin duda de la misma tierra que los racimos de zahínas y lilos; la presencia de olores mecidos por una brisa fresca, y la de las coplillas abstractas de vencejos, gorriones y putas...; al mismo tiempo va tu mente perversa tallando el paisaje que recordarás cada vez que, dentro de algunos años, quieras rememorar la primera ocasión en que devoraste las aristas del universo que, a día de hoy, anuncian la proximidad del océano de cruces cuyos límites intento describir.

De nada sirve habitualmente confeccionar extensas descripciones, como ves. Y qué importa... Como bien dijo alguien en su día, sólo existe un camino: el camino que conduce al cementerio. Una senda cuya longitud desconocemos... Aunque no del todo, ¿verdad? Todos sabemos cuándo vamos a morir... Aproximadamente, claro.

Es duro para mí abordar la narración de esta historia enredado en referencias tan siniestras, pero es que no puedo hacerlo de otro modo. Nos guste o no, esta historia mía comienza en un cementerio... Con tristes curvas de arcilla prosódica nos habríamos topado de haber florecido mi penitencia en dirección contraria, ¿no crees?




2

El entierro de mi amigo Francés. Imagínatelo. Resulta especialmente horrible arrojar al interior de un horno el cuerpo de una persona joven. Francés había cumplido pocos días antes cuarenta años, y era entonces cuando habían empezado a irle bien las cosas. Acababa de comprarse un tren eléctrico y tenía intención de construir para su tren maravillosos paisajes de cartón piedra...
Pobre hombre. Ganó un concurso de papiroflexia con sólo diez años, el cabrón. Y lo mejor del caso es que aquel alarde no entrañaba dificultad alguna para mi amigo. Con decirte que su padre le había enseñado a construir diminutos barcos balleneros de aspecto decimonónico utilizando tan sólo pegamento y comida de pez...
Yo estuve con Francés la mañana de ese jueves. Me contó lo del tren eléctrico y hasta me enseñó los bocetos que había diseñado con su ordenador de los múltiples itinerarios que pensaba confeccionar. Aquello era deslumbrante, en serio: una obra de arte digna de Leonardo. Pero puedo asegurarte que lo verdaderamente conmomedor del asunto era el entusiasmo con que Francés hablaba de su proyecto. El pobre pensaba incluso comprarse una especie de telesilla que se trasladase a lo largo y ancho del techo de su hangar gracias a un intrincado sistema de raíles que también había bosquejado él mismo, con insultante precisión. Soñaba con pasarse tardes enteras recorriendo ese techo sentado en su sillita, con los pies colgando..., abstraído, llevando a su tren de un lado a otro para finalmente hacerlo detenerse en una ciudad mágica llamada Saumasasa..., un lugar donde se construían inmensos jardines colgantes, al parecer; un paraíso donde la gente de bien viajaba a bordo de bicicletas descomunales...
Bueno, cada uno tiene sus aficiones. El caso es que Francés murió la noche de ese mismo jueves, en su cuarto de baño. Sufrió un derrame cerebral. Ni siquiera le dio tiempo a esbozar los planos de Saumasasa.

Mientras los restos de Francés ardían en el horno recordé una conversación que habíamos mantenido él y yo algunos años atrás, una charla en la que me comentó los motivos que le hacían preferir ser incinerado... “Joder, es que la gente parece no darse cuenta de que los muertos se pudren en los cementerios -dijo-... Los ves depositar flores y rezar junto a una tumba en la cual lo único que hay es un esqueleto. Y más triste aún es verles llorar junto a las tumbas de otros muertos más recientitos, agujeros en los cuales la bioquímica se halla en plena actividad. Esas gentes rezan sin darse cuenta de que bajo la tierra, las paredes del estómago y los intestinos de un ser querido andan digiriéndose a sí mismos; que esa persona por la que lloran es poco más que un pequeño estercolero, una masa viscosa de la cual se desprenden todo tipo de gases pútridos: pentano, amoníaco, ácido sulfhídrico... Tendrían que ver la cara del fiambre en esos momentos... Una cosa negra, inflamada, de la cual manan líquidos repugnantes y espuma; los ojos disolviéndose, y todo el cuerpo devorado por bacterias aerobias y anaerobias, y hongos...”

Me impresionó mucho la muerte de mi amigo. Lo entiendes, ¿no? Era un buen chaval, mucho más inteligente de lo que podría pensarse al intuir que no había tenido capacidad para hacerle frente a sus debilidades. Vivía en absoluta paz, se llevaba bien con todo el mundo... Precisamente, en el transcurso de la ceremonia mortuoria, el sacerdote leyó algo parecido a esto...: “Para que nuestro hermano Francés encuentre esa Paz que en la Tierra le fue negada.” No era cierto. O sí... La verdad es que no lo sé.

Su ex mujer no apareció. Y me consta que se querían, a pesar de todo.

Al salir de la capilla tuve por fin que enfrentarme a Sebastián, el padre de Francés. Sebastián era un señor mayor, calvo, de esos que tienen algunos pelos encima de las orejas. Encendí un cigarrillo y me acerqué al pobre abuelete... Había sido él quien me había llamado para comunicarme la tragedia, después de que casualmente encontrase mi número de teléfono en el pequeño dietario que Francés llevaba siempre encima... Estreché la mano del viejo y le dije cuánto lo sentía. A nadie le consuela eso, ya, pero sé que Sebastián no dudaba de mi pesar, y aún menos de mi desconcierto. Me dio un abrazo. Después se quedó mirando fijamente mi cigarro encendido y de pronto murmuró con aire más reflexivo que atormentado:

-Me pregunto si todo esto estaría sucediendo en el caso de que Francés hubiese dejado de fumar cuando yo lo hice... Porque decidimos dejarlo los dos a la vez, ¿sabes? Hace ya cuatro años. Yo lo conseguí, pero él ni siquiera lo intentó.

-Es difícil -dije, por decir algo.

-Es lo más fácil del mundo -replicó el abuelo-. De todas las cosas que pretendas conseguir en la vida, la más fácil de todas es dejar de envenenarte estúpidamente. Francés no quiso dejar de fumar. Decía que quería dejarlo, pero que no podía... Fíjate. Dejar de fumar es algo que está al alcance de la mano de todos los fumadores. No existe nadie que no pueda hacerlo. Por eso pienso que quien no lo hace es porque no quiere... Porque no quiere y ya está...
-Lo que pasa es que siempre pensamos que tal vez seremos nosotros ese caso del que siempre oímos hablar... El del hombre que se pasa fumando toda la vida y finalmente muere a los noventa años como consecuencia de cualquier cosa que no tiene ninguna relación con el tabaco...

-Es verdad... Pero a Francés ya le habían aconsejado seriamente varios médicos que lo dejase. Porque tenía la tensión muy alta. Le dijeron que dejase el café, el té, el alcohol y, sobre todo, el tabaco...

-Ya... De hecho no volvió a tomarse ni siquiera una cerveza. Que yo sepa, vamos...

-Eso es lo que jamás entenderé... Cómo pudo dejarlo todo y sin embargo no tuvo valor para dejar de fumar. “De algo hay que morir”, decía... Le propuse que visitásemos juntos a ese tal Herbert Montejano, el tipo aquél que ayudaba a la gente a dejar de fumar. Francés me dijo que fuese yo, y que si la terapia funcionaba conmigo entonces acudiría él, pero sólo en ese caso. Fui como conejillo de indias... Y lo cierto es que en unos cuantos días estaba totalmente curado. Desde entonces no hice más que animar a Francés a que fuese él también a ver a Montejano... Pero siempre me decía que no tenía tiempo... Qué ironía, ¿verdad?

Asentí en actitud lúgubre. En ese momento recordé que más de una vez había recibido en mi buzón folletos de propaganda de ese Herbert Montejano. Nunca les había prestado atención. Me pregunté si aún tendría alguno de esos catálogos en mi casa o si los habría tirado todos a la basura.

Una señora se acercó entonces a nosotros llorando encendidamente. Mientras la veíamos aproximarse, Sebastián me agarro del hombro y sentenció:

-Tendría que haberle obligado a dejarlo...
El padre de Francés y aquella señora se abrazaron. Ahora Sebastián lloraba. Se había completado en todos sus términos la impasible agonía del cigarrillo que me estaba fumando... Sólo después de certificar el fin de tales estertores le dio a mi cerebrito por percibir que había empezado a llover, y que, como Francés solía señalar, cada gota de lluvia parecía ser una lluvia entera en sí misma.




3

Casi todo el mundo huye de la lluvia. A la gente parece invadirle una especie de pánico transitivo cuando llueve. También les pasa a los monos. Algunos chimpancés construyen primitivos refugios utilizando las ramas de los árboles gigantescos que encuentran en la jungla...

Todos se marcharon de allí muy deprisa, repelidos por aquella oscuridad húmeda y oblicua. Yo soy lento. Me quedé el último, como siempre; por eso pude ver, como quien contempla un cuadro de Renoir, a todos aquellos humanos afanándose en desplegar sus escudos hexagonales mientras galopaban rumbo a los coches.
Creo que se dio una escena parecida cuando murió Jesucristo.
Las ráfagas de viento deformaban algunos de aquellos paraguas que cada vez iban siendo más pequeños. Más y más pequeños... Esa imagen me trajo a la memoria otro recuerdo que voy a compartir contigo...
Ocurrió cuando yo tenía siete u ocho años, en las orillas de una exposición al aire libre de tapices, cortinas y alfombras. Mis padres eran aficionados a la costura y nos habían llevado a mi hermano mayor y a mí a la jodida feria con la promesa de comprarnos enormes bolsas de pipas. Volvíamos a casa cuando a mi padre se le ocurrió regalarnos a cada uno de nosotros un globo. Sí, uno de esos globitos que si los sueltas salen disparados camino de la estratosfera. Porque están llenos de hidrógeno, según creo. Recuerdo ahora, de igual modo que lo recordé en el cementerio, con enorme precisión, el sentimiento de impotencia que se clavó en mi ánimo cuando el hilo que ataba el maldito globo a mi muñeca se deslizó por la palma de mi mano. El globito se fue para siempre...
En fin, todo había terminado. Mi amigo reposaba ya en un botijo de porcelana y el globito aquél se sumergía de nuevo en las alcantarillas magmáticas de mi cerebro.
Parecía que estuviese anocheciendo. Las nubes eran cada vez más negras y el aspecto del cementerio resultaba desolador. Fui caminando lentamente hacia mi coche, mojándome, intentando no leer las inscripciones de las jodidas lápidas que iba dejando en el camino. Dios mío, cuánta gente muerta...




4

Pasé aquella tarde sentado en mi sofá, fumando un cigarrillo detrás de otro, comprendiendo por primera vez en mi vida que estaba totalmente solo en el Universo.

No sé... Supongo que mi relato no tiene como objetivo plasmar la capacidad que pueda yo poseer -inconsciente e involuntariamente, por supuesto- para describir determinadas emociones. Tampoco creo que sea justo intentar retratarlas haciendo uso de las palabras. Francés y yo habíamos estado juntos en los momentos difíciles, creo que con eso te lo digo todo... Cuando murieron mis padres, por ejemplo. Cuando la palmó el gilipollas de mi hermano... Nos habíamos distanciado un poco en los últimos años, eso es cierto; pero ambos éramos conscientes de que andábamos por ahí cerca, no exactamente dispuestos en todo momento a dar la vida el uno por el otro, no tanto; pero sí preparados para hacernos comprender de modo recíproco que estábamos dispuestos a escuchar nuestras respectivas penas.
Me sentía desamparado. Y, para qué negarlo, presa de una especie de angustia fermentada... Joder, la guadaña había pasado muy cerquita de mi cuello, lo había rozado...




5


Llegada la noche, aquel nombre comenzó a llamar a la puerta de todas las conexiones sinápticas que se agitan en la oscuridad roja de de mi mapa genético...
Herbert Montejano.

A veces traía consigo una sensación de sosiego y esperanza, sí... Yo había llegado a la conclusión de que, sin duda, la maldita guadaña estaba lanzando coces a diestro y siniestro, y que los fumadores lo que hacíamos era empinar nuestros cuellos de manera totalmente irreflexiva, corriendo así el riesgo de ser decapitados... Y nadie parecía saber cómo ayudarnos, coño. Muchos ni siquiera tenían intención de comprendernos. Pero ahí estaba ese tío, Herbert Montejano... Sí, como una especie de Rey David...
No es menos cierto que la única respuesta que recibió en un principio dicha reflexión por parte de mi subconsciente fue un escueto artículo preliminar que podía resumirse de un modo muy certero y sintético: dejar de fumar, en esencia, no era sino una maniobra vermífuga cuya ejecución no dependía en absoluto de alguien llamado Herbert Montejano.
Digámoslo de un modo menos figurativo: lo que creí entender fue que dejar de fumar era un cambio de órbita subordinado tan sólo a mis habilidades aeronáuticas.
Pero esas “conexiones sinápticas” mías son muy astutas, y no soportan ser infravaloradas... Me preguntaron si era yo consciente de que una de las especias sudasiáticas que con mayor firmeza caracteriza y define mi forma de navegar es la escasa capacidad que tengo para ayudarme a mí mismo.
Eso me llevó a pensar que no perdía nada por buscar aquellos malditos folletos de propaganda. Además... No sé cómo explicarlo... De algún modo, mi amigo Francés merecía un homenaje. ¿Y qué otra manera existe de homenajear a un amigo que no sea aprendiendo de sus errores?
Por supuesto que no perdía nada por buscar la propaganda del tal Montejano, y Francés parecía estar explicándomelo desde las profundidades del botijo donde habían sido enjauladas sus cenizas.
6


Me puse a hurgar en todos mis cajones a la caza de alguno de esos trípticos que hacían publicidad de las extraordinarias virtudes que atesoraba el método ideado por Herbert Montejano para ayudar a los fumadores a superar definitivamente su adicción.
Buscar algo que no sabes dónde está, esa tortura debió de inventarla Dios justo en el instante en que expulsaba a Adán del Paraíso. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente y no encontrarás nunca lo que buscas...” No sólo eso... “Encontrarás siempre lo que andabas buscando hace una semana y ahora ya no te hace falta...”
Ni rastro de Herbert Montejano. Nada. Rescaté muchos ejemplares antiguos del National Geografic, recetas de cocina escritas por la bisabuela de alguien, coches del scalextric desguazados; hasta una vieja armónica encontré, guardadita en su estuche de terciopelo...
En uno de los armarios apareció una caja de zapatos llena de fotografías.
Debo decirte que eso de mirar fotos siempre me ha resultado insoportable. Me da vergüenza. Sin embargo, aquella noche se colaba por las rendijas de mi ventana un inconfundible olor a tierra mojada que me transportó como a un títere camino de mis recuerdos. Sin saber muy bien por qué, saqué del cubil aquella cajita...
Mira esta foto... Ahí está el niño gordinflón que apaga con su enorme capacidad pulmonar las doce velas que decoran una preciosa tarta de arándanos... Supongo que existen cerca de cinco mil millones de fotografías muy parecidas a ésta en el planeta. Pero el protagonista en este caso soy yo. Y la señora que me mira...: esa es mi madre. Qué joven. Sus pequeños ojos pardos proyectan una caricia interminable sobre los enormes mofletes porcinos de aquel organismo adiposo. La pobre pensaba que yo era un ángel...
Cuántos muertos había en esa caja... Mis padres, los dos devorados por el cáncer; mi pobre hermano mayor, descuartizado en un accidente laboral; tíos y primos cuyos nombres apenas recordaba, hombres y mujeres de quienes tan sólo sabía en qué zona del cementerio habían sido sepultados...
Sí, hay muchas fotos en la caja, pero sólo una cuya imagen me haga recordar nítidamente los acontecimientos que tuvieron lugar el día en que dicho instante fue capturado por el magnesio. Es una fotografía en la que aparezco yo cuando tenía quince años. Y no tendría nada de especial esa viñeta si no fuese porque corresponde precisamente al día en que decidí empezar a fumar.
Bueno, aclaremos conceptos...: yo no decidí nada. La decisión la tomó ese monstruito adolescente cuya sonrisa siniestra dice “Ya fumo”.
Esa noche estuve un buen rato contemplando aquella fotografía. Fue divertido, aunque producía un cierto vértigo comprender que la decisión insensata de aquel niño gordo y desagradable hubiese resultado ser a la postre tan importante en la configuración de mi biografía.
Sí, volveré a afirmarlo, por si no quedó del todo claro: ni siquiera me parecía que ese adolescente fuese Yo. Era otro ser, un humano cuyas inquietudes, sueños y temores no tenían nada que ver conmigo. Sin embargo, ese niño había decidido convertir su futuro, es decir, mi presente, “en una sistemática y progresiva destrucción de mis pulmones y mi sistema circulatorio a base de la aspiración de alquitranes cancerígenos”, como diría un tipo llamado Allen de quien te hablaré en algún otro capítulo.
Ese adolescente que andará en este momento haciendo cualquier cosa improductiva en el limbo cósmico, ese pobre animal tenía la culpa de mi perpetuo dolor de garganta. Claro que... Si yo mismo acababa de negar la existencia de vínculos reales entre aquel gordito y el hombre que ahora soy, pues resultaba casi obsceno echarle en cara al gordito no haber tenido en cuenta a la hora de tomar sus decisiones lo que ahora puedan estar padeciendo mis pulmones y mi flujo sanguíneo. Él pretendía resultar más atractivo a las chicas del instituto. Ya; es fácil para nosotros figurarnos la pinta de imbécil que debía de tener ese niño con un cigarrillo en las manos... Pero él se veía desde otro ángulo, claro...
Tuve un momento de lucidez entonces. Resultó escalofriante. Sentí que debía perdonarme por haber empezado a fumar cigarrillos; comprendí que no era justo culpar a ese adolescente por haberse comportado como tal. Sin embargo, si ese niño ya no existía, el adulto en el que se había convertido debía culminar dicha metamorfosis tomando una decisión opuesta a la que el chaval tomó en su momento.

Estaba fumando mientras lo pensaba. Y me dije que ese cigarrillo sería el último... “Si otros pueden, yo puedo...”

Representé la liturgia completa que siempre le había supuesto a ese último cigarro. Era el último, hostias, tenía que fumarme hasta el filtro. Muy tranquilo, disfrutándolo. Vamos, que no me puse a escuchar música clásica de puro milagro; algo de Wagner habría estado bien...
7


Las dos horas siguientes fueron sin duda las más largas de mi vida.

Una cosa es cierta: ni siquiera sé si a lo largo de esos ciento veinte minutos tuve realmente ganas de fumarme un cigarro. En serio, no puedo asegurarte que realmente sufriera un síndrome de abstinencia tal cual siempre había supuesto que sería. Lo que sucedió fue que estuve dos horas seguidas mortificado por una inconsciente inclinación a encender cigarrillos imaginarios; buscando involuntariamente con mis ojos el paquete de tabaco y el mechero... Comprendiendo al no encontrarlos que nunca más los encontraría... Recordando aquel viejo poema griego cuyo primer verso dice: Sintiendo su ausencia como si fueran mis manos las ausentes...

Siempre se nos termina apareciendo la excusa correcta, ¿verdad? Yo acababa de abrir un paquete nuevo. Y aquello era todo un inconveniente si deseaba dejar de fumar en ese mismo instante. Una cosa es tirar el dinero comprando tabaco y fumándotelo después, y otra muy distinta tirar el dinero de igual modo comprando tabaco para finalmente arrojar los paquetes llenos de cigarros a la basura.
Sí. Volví a fumar dos horas después de haberlo dejado. Y de inmediato comprendí que sólo la eficacia milimétrica del Mal de Alzheimer podría en algún momento del futuro hacerme olvidar lo bien que me sentí cuando el humo se reencontró con mis bronquios.




8

No me gustan los domingos. Una gitana analizó en cierta ocasión las líneas de mi mano derecha y profetizó que moriría un domingo.

Ya has notado, supongo, que aparte de ser algo hipocondríaco soy también bastante neurótico. Y supersticioso...

Todos los ingredientes se juntaron aquel día. Era domingo y me dolía muchísimo la cabeza.

Claro, claro... Sólo habían pasado cuarenta y ocho horas desde que, en el cementerio, Sebastián reconociese la inutilidad de aquellos esfuerzos que hizo en su día por convencer a Francés de que visitase a Herbert Montejano. Francés no hizo caso, y eso le había costado la vida. Empecé a sospechar entonces que el viejo Sebastián había estado intentando convencerme a mí también de que abriese la puerta al hechicero. Con otras palabras, sí, utilizando una estrategia diferente: el ataque indirecto. En ningún instante tuvo la osadía de animarme a visitar al médico de los cojones, pero sí había hecho mención clara de los espectaculares efectos de su terapia. ¿Acaso no es lo mismo? Sebastián lo hizo de modo inconsciente, por supuesto, pero es que Sebastián no pintaba ya nada en aquella historia; en la caverna neurótica que habita mi espíritu seguía cantando el triángulo.

Además, vaya día me dio la maldita televisión... Todos los debates, documentales y telediarios concluían de igual forma: dibujando en color rojo el número de personas que muere cada año por culpa del tabaco. Qué barbaridad... Las cifras eran dignas del Apocalipsis.

“Lo extraño es que siga vivo”, pensé tristemente. Y... Cosas que tiene la memoria humana, se produjo entonces la magia que me llevó a recordar súbitamente y sin mediar provocación dónde había yo apilado por última vez todos los folletos y catálogos de propaganda que suelo encontrar en mi buzón...

Ahí estaba. Herbert Montejano. Ninguna dirección, tan sólo un teléfono. “Llame ahora, llegó el momento de que se haga usted amigo de sus pulmones.”




9

Soy de esas personas que se esfuerzan por no permitir que otros injerten deseos en su ánimo... Pero una cosa era segura: mis pulmones necesitaban un buen amigo...

En cierta ocasión conocí a un tipo que decía ser amigo de su propio páncreas. Le llamaba Boris, por Boris Vian... Y también tuve una escueta relación, basada en la compraventa de hachís, con un sinvergüenza llamado Arturo que afirmaba ser íntimo amigo de sus testículos. Pero eso pertenece a otra novela.

En fin, que al margen de la posibilidad de establecer buenas relaciones con otras partes de mi organismo, lo que yo quería entonces era hacerme amigo de mis pulmones.

No sé si los que no fuman son tan conscientes de la existencia de sus pulmones como lo somos quienes fumamos. Sí, nos comportamos como auténticos cabronazos con ellos, pero también es verdad que esa actitud nuestra les convierte en seres capaces de comunicarse, aunque su lenguaje se parezca más al de ciertos cetáceos que al de los hombres.

Al día siguiente, lunes para más señas, no pude tomarme mi habitual desayuno, pan con mermelada de fresa. Por culpa de aquella maldita cosa que había escupido en el lavabo...
Me había quedado mirando “la cosa” durante casi un minuto... Y no es que llegase a pensar que aquello pudiera cobrar vida y atacarme; es que, en efecto, ya me estaba atacando con su sola presencia...

Como para llenarme de mermelada la boca, ¿no? Me tomé un café con leche. Y un rato después, verdaderamente alarmado por el intenso calor que sentía en los alrededores de la zona donde los libros de medicina ubican mi laringe, busqué de nuevo a Herbert Montejano...

Tenía el folleto de aquel tipo frente a mis ojos y el teléfono en mis zarpas.

Joder, no podía creerme lo que estaba ocurriendo. Aquello era ridículo. Yo, una persona dotada de un Instinto de Conservación superlativo, no sólo destrozaba conscientemente mi aparato respiratorio sino que además necesitaba un médico para dejar de hacerlo. No tenía sentido alguno. Debía concienciarme... “Culminar la metamorfosis”, murmuré recordando con enorme nostalgia esa brizna de lucidez que la noche anterior había llegado a embriagarme y ahora se había esfumado... Tenía que hacerme amigo de mis pulmones por mis propios medios y no recurrir al empedrado para conseguirlo...

En otros términos: debía comportarme como un hombre inteligente... La lucidez ya no estaba allí, cierto, pero quizá bastase con la presencia del recuerdo de aquella clarividencia. Tenía que ser suficiente con eso...

No bastó “con eso”... Unos minutos después, desde esas latitudes a las curiosamente llamamos en ocasiones “el otro lado de la línea”, una voz de mujer me dio cita para esa misma tarde... A las cuatro y media.



Fin del Capítulo I


Capítulo II

Herbert Montejano



10

La clínica de Herbert Montejano se hallaba por aquel entonces en las afueras de la ciudad donde vivo. Todavía hoy, visitar dicha fortaleza o sus alrededores entraña disponerse a soportar al menos una hora y media sumergido en un atasco infernal... Supone introducirse en el vientre de la oruga gigante y dejarse arrastrar por las corrientes de su aparato digestivo.

Aquel lunes salí de casa muy pronto por esa razón. Soy de los que acostumbran a llegar tempranito a sus citas... Así era yo antiguamente, al menos. Llegaba siempre antes de tiempo a todas partes, para poder fumarme un cigarro tranquilo, ese cigarro que me infundía valor y auto-confianza.

El trayecto se me hizo interminable. Más de una hora encerrado en el maldito coche. Aquella tarde llovía, creo que no hay mucho más que explicar. Cuando finalmente fui expelido por uno de los poros de la serpiente, estaba tan cabreado conmigo mismo que ni siquiera presté atención al resto del paisaje. No conté las doce pilastras que sostenían las ruinas del monasterio que me miró desde lo alto de la colina, ni pinté de azul las mansiones georgianas levantadas en ladrillo rojo cuyas esquinas iban dibujando mi rumbo...

Llegué al lugar que la voz de aquella mujer me había indicado. Aparqué al fin el coche. Cogí del asiento de atrás mi gabardina y salí al exterior contento al comprobar que los chubascos pronosticados habían tomado la decisión de circunvalar aquella zona. Cerré el coche con llave y me llevé un cigarrillo a los labios.

Encendí el mechero contemplando con desgana el exuberante zaguán que presuntamente daba acceso a las instalaciones del doctor Montejano. Aquello parecía más bien la entrada de un teatro antiguo, o quizá la de una exposición algo siniestra de arte bizantino; había gárgolas y cariátides entrelazadas que moldeaban una especie de pórtico en cuyo umbral se erguía la figura entre imponente y patética de un viejo conserje mestizo que vestía uniforme azul y sombrero de copa.

Estuve mirando aquel cuadro un buen rato, preguntándome entre otras cosas cómo podía yo haber labrado para mí mismo semejante Circunstancia. Noté que el cielo se oscurecía nuevamente y que unas finísimas gotas de lluvia comenzaban a darle a los adoquines de la acera un bonito aspecto jaspeado.

Recordé otra vez el día en que empecé a fumar. Aquel día en que fueron corregidos los límites temporales y quizá también los geográficos de mi devenir físico, ese día maldito también estaba el cielo encorvado y lleno de nubes que reptaban como sombras de hienas enfermas... Un tipo que apestaba entró en mi casa. Vino a revisar las instalaciones del gas. Cuando se agachó para examinar las gomas advertí que la cintura de su pantalón vaquero se ahuecaba en el sector lumbar, dejando al descubierto un fragmento de culo que más bien parecía la rabadilla de un gorila. Mi madre me miró haciendo un gesto que parecía significar que estaba sintiendo nauseas. El tipo se puso en pie. Era un hombre joven, alto, repugnante. Se incorporó diciendo que una de las llaves del gas no estaba homologada, y pensé que tal vez alguien debería indicarle que seguramente su olor putrefacto tampoco estaría homologado si nos atuviésemos a las connotaciones científicas de ese concepto tan artificioso y cobarde...

Sonó un trueno y la lluvia empezó a estrellarse furiosamente contra mi gabardina. Le di a mi cigarrillo cuatro caladas descomunales antes de tirarlo a un charco del futuro. Y por enésima vez escuché la vocecilla de mis genes en el interior de mi cráneo, exigiendo regresar a casa de inmediato, y después suplicando...

Ya sé que cualquier psicólogo diría que fui propulsado por mi subconsciente, impelido por razones de enorme peso que tal vez no figuraban en el inventario del flanco deductivo de mi cerebro. Es posible. Lo único que yo puedo asegurar es que avancé rumbo a la madriguera de Montejano solamente por no tener que reprocharme nunca no haberlo hecho. Además, ya que había llegado hasta allí...

Me estaba mojando. Troté hacia el pórtico. Una vez allí pregunté al ujier por la consulta del doctor Herbert Montejano. El viejo conserje no dijo nada: se limitó a sonreír con aire compasivo. Hizo una estúpida reverencia y abrió esa puerta que teóricamente conducía sin remedio a mi nueva vida.




11

Claveles y gladiolos me acompañaron a lo largo de un vestíbulo estrecho en cuyo suelo alguien había dibujado el retrato de una opulenta chimpancé en actitud insinuante. Al final de aquel pasillo, escoltada por dos cuernos de rinoceronte y coronada por una cruz de San Francés, sonreía una puerta de roble en cuya superficie había sido cincelada la siguiente leyenda:

Llame tres veces si quiere dejar de fumar
(Llamé tres veces y dejé de fumar...)

A ambos lados de aquella puerta se desplegaban sendas escalinatas con dirección al mismísimo centro de la Tierra. La escalera izquierda, según el letrero que vi enganchado a la pared por una chincheta roja, conducía a un lugar llamado Pabellón T. La de la derecha no tenía indicación alguna, lo que me hizo suponer que por allá abajo estarían los aseos.

Llegué a la puerta... No había ningún timbre. Tan sólo una especie de aldaba con forma de mano huesuda francamente desagradable.

Todo me hacía recordar la odisea maravillosa de la repelente Alicia por el interior del laberinto maravilloso de su estúpido hipotálamo. Me quedé mirando aquella mano raquítica durante unos segundos, instantes en los cuales mi conciencia se afanó en hacerme dudar acerca de si me hallaba o no encaramado a uno de esos puntos de inflexión que decoran la vida de todos los seres humanos.

Pues claro que llamé, sí. Puse un gesto de suficiencia y hastío por si acaso hubiese alguien observándome a través de la mirilla..., agarré la mano de bronce y la estrellé tres veces contra la puerta...

Una voz de viejo fumador dijo “Adelante” desde el otro lado. Empujé la puerta y las bisagras emitieron un gemido vibrante que rebotó al estrellarse contra la bóveda del vestíbulo para caer finalmente sobre mis cuernos como un pájaro moribundo.




12

Ahora imagina la suntuosa biblioteca de un lord inglés. Exacto: muebles oscuros, libros antiguos, vitrinas repletas de jarroncitos de porcelana, estanterías decoradas por esculturas de hierro forjado, trofeos de bronce, estatuas de Minerva, un rebeco alado... La típica mesa de caoba y el típico lord de perilla minuciosamente esculpida, como si todo él fuese una figura de mármol...

Herbert Montejano.

Miré a mi alrededor, tal vez ávido por encontrar a quien pudiera sacarme de allí sin excesivas contemplaciones. La puerta de roble se cerró a mis espaldas ruidosamente. El viejo Montejano estaba sentado en su silla giratoria con cara de extraordinaria indiferencia, firmando papeles compulsivamente con el extremo de una pluma que supuse arrancada de la cresta de un faisán plateado. “Siéntese, por favor. Enseguida acabo con esto...”, dijo él sin mirarme...

Me acerqué a la silla y dejé caer allí mis grasas bastante desolado. Ni siquiera me quité la gabardina; con sólo ver la pinta cínica y prepotente de aquel médico se me habían quitado esas pocas ganas de estar allí con las que había acudido. Además, me apetecía enormemente fumar... El doctor siguió hablando sin levantar su mirada...

-La que está cayendo, ¿no?

-Sí...

-Bonita mañana para salir de la cárcel.

Lo que me faltaba. Un presunto psiquiatra que no parecía considerar preciso mirarme a la cara y que rompía el hielo con asténicas referencias a las condiciones meteorológicas. No parecía un buen comienzo.

-Supongo que sí -murmuré con desánimo.

-No ha estado usted nunca en la cárcel, ¿verdad?

-No.

-Yo sí. Como consecuencia de un espantoso malentendido, claro. Aunque, si le soy sincero, todas las personas que conocí en prisión alegaban estar allí por esa misma causa.

Mi desconfianza iba en aumento, como puedes imaginar. Herbert Montejano seguía estampando su firma en aquellos papeles... Yo le miraba, calculando su edad y tratando de imaginar si en su juventud fue aquel tipo un hombre atractivo. Probablemente sí. La verdad es que Montejano era el clásico madurito elegante y algo misterioso, aunque no sé si eso es suficiente y preciso para resultarle atractivo a las mujeres.

-Fúmese un cigarro, Bengüit.

“Bengüit”, dijo. “Bengüit”. Claro. Montejano me confundía con otra persona...

-Perdón -murmuré con poca simpatía-... No soy Bengüit

-Montejano suspiró al escuchar mi respuesta.

-Era una broma -dijo entonces, dejando instantáneamente de firmar papeles y clavándome por fin su mirada verde y exquisita-. En algunas culturas, el vocablo “Bengüit” quiere decir “Amigo”. Además, si a eso vamos, su verdadero nombre no tiene ninguna relevancia. Usted es un fumador que quiere dejar de serlo, ¿no? Eso es todo lo que yo necesito saber. Sí es importante, en cambio, que tenga usted claro quién soy yo... Pero fúmese un pitillo, hombre...

Saqué mi paquete de tabaco y le ofrecí un cigarro a Montejano...

-No, gracias. Yo ya pasé por eso. Pero fume tranquilo, no me molesta el humo.

El viejo me miraba en silencio, rascándose la perilla con aire reflexivo. Entonces me invitó a echar un vistazo a las paredes de su despacho.

-¿Ve todos estos diplomas?

-Sí.

-Pues obsérvelos detenidamente y dígame después si ha encontrado alguno en el que se afirme que Herbert Montejano estudió Medicina o algo similar a lo largo de su vida.

Había muchísimos diplomas allí. Y fotografías antiguas de Herbert Montejano acompañado de personajes ilustres...

-Déjelo. No encontrará ninguno. ¿Por qué? Pues porque yo no soy médico...

Yo seguía mirando las paredes mientras Montejano se mecía en su trono. Me sorprendió ver que en algunas de aquellas fotografías aparecían junto al doctor actores de cine mudo que seguramente habrían muerto antes de que Herbert Montejano hubiese nacido. Y monos, muchos monos. Fotos de orangutanes, chimpancés, gorilas... Montejano debió de darse cuenta de que había captado mi curiosidad aquella profusión de referencias al Amanecer del Hombre, pues enseguida situó nuestra conversación en aquellos parajes.

-¿Le gustan a usted los monos? -Me preguntó con un cierto talante sintético que no parecía tener vínculo alguno con el carácter intrincado de que había dotado a su Circunstancia...

-¿Perdón?

-Lo digo porque si le gustan los monos y está usted interesado en la conducta de los primates antropoides, en ese caso conocerá usted la historia del catedrático aquél cuya esposa enloqueció de tanto escucharle hablar de lo listos que son los chimpancés...

-Creo que no.

-La pobre mujer acabó metiéndose en la cama con un maldito mono, y el catedrático se enteró de aquello cuando, en el transcurso de una de sus conferencias, un alumno que también tenía relaciones sexuales con la mujer del catedrático se levantó de su asiento y se puso a especular con enorme ironía acerca de la posibilidad de que la esposa de Cousteau hubiese mantenido relaciones sexuales con un crustáceo...

-No. No conozco esa historia.

-Por lo visto, aquel hombre había enseñado a varios chimpancés un lenguaje parecido al que utilizan los sordomudos... Y su mujer debió pensar: “¿Quién coño no se ha acostado alguna vez con un sordomudo?”

Yo no sabía qué decir, y debo confesar que aquel tipo estaba haciéndome sentir bastante incómodo.

-Pero no estará usted creyendo que soy yo mismo ese catedrático del que le hablo, ¿verdad?

-No, hombre...

-Yo soy sólo un aficionado. Ni siquiera soy antropólogo. A donde quiero llegar es a que debe ser usted consciente de que no está en la consulta de un maldito médico. Quiero que lo tenga bien claro y que firme una especie de contrato en el que ponga de manifiesto que en ningún instante y de ninguna manera se le ha hecho a usted creer que soy un afamado psicólogo o algo parecido. ¿Entiende?

-Sí.

-Pasé unos días horribles en la cárcel precisamente porque al principio no consideré necesario hablarle a la gente de mi vida privada. Los pacientes venían a la consulta del médico... ¿Para qué iba a sacarles de su error, si se estaban curando? Y no sabe a cuántas personas curé, Bengüit. Muchas... Lo más curioso de todo fue que cuando esos pacientes míos se enteraron de que yo no era médico, pues casi todos volvieron a fumar. Un porcentaje altísimo, casi el noventa y cinco por ciento. Las cosas que tiene el cerebro humano, ¿eh?

-Entiendo.

-Yo creo que todas esas personas volvieron a fumar solamente porque les apetecía sentirse estafadas...

El semblante de Herbert Montejano se había manchado de melancolía y rencor. Se quedó mirando al infinito unos instantes... Hasta que súbitamente volvió a la realidad extramental y me entregó con seriedad unos papeles atados por un clip azul. El contrato.

-A usted le corresponde decidir si me cree capacitado para liberarle de su drogodependencia...

Empecé a leer el contrato... Afortunadamente no había letra pequeña... O la letra pequeña era tan pequeña, tan pequeña, como pequeña la encontré yo al ser incapaz de encontrarla. Tan sólo pude leer unas cuantas cláusulas absurdas en las que se decía de modo recurrente que Herbert Montejano me había hecho conocer con toda claridad que no era médico. Que no y que no, que no lo era. El tío estaba obsesionado con eso...

-El día en que fui detenido -dijo entonces, justo en el momento en que yo leía la cuarta cláusula-, ese día estaba lloviendo a cántaros, como hoy. No sabe usted cómo me trató el comisario, o lo que fuera ese troglodita. Quiso hacerme confesar que, además de aquella presunta estafa, tenía relación con un sacerdote negro que había construido un submarino en algún lugar del mundo para él y para todos los miembros de su secta. No hacía más que preguntarme por el paradero del submarino. Burlándose de mí, claro. Aseguraba que tenía intención de ser el comandante de la nave... Decía que a todo aquel que se desmandase un poco le diría: “Cállese, o le echo a patadas de mi submarino...”

Dejé de leer el contrato en ese momento. Mi frasquito de paciencia estaba ya casi vacío... No me apetecía estar allí; Montejano quizá fuese un hombre interesante, no lo dudaba, pero yo no estaba ni por asomo convencido de que sus relevantes cualidades le convirtieran en el mejor amigo para mis pulmones. Era un estafador, ¿no? Por lo menos lo había sido...

-Discúlpeme -dije sin ánimo de resultar amenazador-. Verá... He venido aquí porque me lo recomendó una persona que había dejado de fumar gracias a su ayuda. Un hombre perteneciente a ese cinco por ciento de los que no volvieron a fumar nunca... Quizá porque no se enteró de que usted le había engañado...

Montejano me miraba con mucha gravedad. Y yo me sentía inspirado...

-Mire -continué con súbita indolencia-... Lo cierto es que a mí no me importa mucho si es usted o no es usted médico. Me da exactamente igual. Pero quiero que entienda que si a algo he venido yo aquí, desde luego ese algo no tiene relación alguna con una presumible inclinación a perder el tiempo, mi tiempo...

-Tranquilo, Bengüit, no se ponga usted así...

-Y no me llame usted “Bengüit”, por favor...

Los dos callados. Y muy quietos. Montejano parecía en ese instante un adorno más de la sala, un muñeco de cera, un reloj de sol meditativo. ¿Yo? Lo que yo pudiera parecer entonces no lo sé con exactitud; sólo recuerdo que Montejano tomó de nuevo la palabra, aunque dándole al tono de su discurso un cierto aire de homilía cáustica...

-Amigo, mi tiempo es tan valioso como el suyo, aunque usted no lo crea -dijo empleando con toda naturalidad los diversos colores de la buena paralingüística-. La misma cantidad de tiempo que está usted perdiendo esta mañana la estoy perdiendo yo; y, si me permite la broma, los dos estamos perdiendo el tiempo “al mismo tiempo”. La única diferencia consiste en que mi tiempo lo pierdo yo en intentar salvarle la vida. Si usted piensa que no puedo ayudarle, pues muy bien; en efecto, en ese caso estaremos los dos haciendo el indio... Pero debo decirle que esa tajante opinión suya referente a mi incompetencia es errónea. Casi todos los médicos reconocen sentirse verdaderamente frustrados porque son incapaces de conseguir que sus pacientes dejen de fumar. A lo más que llegan es a lograr que algunas de esas personas reduzcan temporalmente el consumo de cigarrillos, y sólo después de asustarles mucho hablándoles de lo incómoda que resulta la traqueotomía y de lo carísimo que sale un trasplante de pulmón a día de hoy. En cambio, he conocido gente que dejó de fumar, por ejemplo, gracias a su perro... Mire, dejar de fumar es algo que no tiene nada que ver con lo que habitualmente llamamos Fuerza de Voluntad, sino con la Voluntad en sí misma. Quienes quieren dejarlo, quienes de verdad quieren, esos siempre lo consiguen. Porque dejar de fumar es uno de los poquísimos sueños que podemos hacer realidad a lo largo de nuestra vida. Está en nuestras manos. Y como se trata de un sueño, de algo bonito y alegre, difícilmente puede estar vinculado con el pánico a contraer horribles enfermedades. Las claves son otras; yo me limito a intentar que ese deseo despierte limpio de todos esos otros condicionantes...

Había subestimado a Herbert Montejano, sin duda. Por culpa de mi mala conciencia... Aquel hombre tenía su mirada clavada en mis ojos y extendía su mano derecha hacia mí, ofreciéndome su pluma para que firmase el contrato. Cogí la pluma y busqué el recuadro donde debía depositar mi firma...

-Aquí y aquí -me indicó-. Si ha leído usted bien se habrá dado cuenta de que su firma no le compromete a nada... Sin embargo, yo necesito su firma, incluso en el caso de que haya decidido usted no acudir a la terapia, ¿entiende?

Asentí mientras firmaba. Aún no me fiaba mucho de Montejano, pero comprendía perfectamente la necesidad de aquella firma. La punta de la pluma se deslizaba sobre el papel...

-Mire -dijo Montejano-... Vamos a hacer una cosa: mañana martes comienzan su terapia otras cuatro personas tan desconfiadas como usted. Le propongo que se lo piense tranquilamente esta tarde y después decida si quiere formar parte de ese grupo o no. Si llega a la conclusión de que puedo ayudarle, preséntese usted mañana a las cuatro de la tarde aquí y atraviese el umbral de la puerta que encontrará al final de las escaleras que hay a la derecha de la puerta que hoy atravesó usted... Si es que sus ocupaciones le permiten venir mañana, claro está.

Le dije que en principio no había nada que me lo impidiese. Él seguía mirándome...

-Hasta entonces sólo le daré un consejo -dijo sonriendo-: no olvide que vino aquí por su propio pie y que finalmente agarró la aldaba de bronce y la hizo chocar tres veces contra la puerta...

-Ya, ya -asentí en actitud algo cínica, todavía poseído por mi arrogancia-... Todo eso está bien. Pero creo que la decisión que finalmente vaya yo a tomar dependerá también del precio de esa terapia.

-Claro, claro. Eso lo doy por supuesto. Lo que pasa es que los honorarios los fija usted, amigo mío... Dígame... ¿Cuántos cigarrillos fuma al día?

-Dos paquetes.

-Suponiendo que cada paquete de tabaco le cueste a usted dos euros, y digo esta cifra por redondear... -Entornó los ojos y se puso a hacer cálculos mentales- Son cuatro euros diarios... Cuatro por treinta son ciento veinte... Ciento veinte euros al mes, Dios santo... Si deja de fumar estará usted en deuda conmigo, ¿no le parece?

No consideré muy oportuno decirle que un paquete del tabaco que yo fumaba costaba por aquel entonces tan sólo un euro con setenta y cinco. Firmé el contrato según el cual afirmaba saber que Herbert Montejano no era médico, y que lo sabía porque él mismo me lo había dicho reiteradamente. “Bien, lo pensaré de aquí a mañana”, respondí mientras me levantaba de mi asiento. En realidad, creo que la decisión ya había sido tomada y sólo me faltaba armarme de valor para ejecutarla.

-Una cosa más, caballero -dijo Montejano justo cuando yo estaba saliendo de su despacho-... Vaya pensando un alias. No está permitido que los miembros de la terapia conozcan los nombres verdaderos del resto de los miembros...

-¿Por qué?

-Cosas mías... No deben saber nada los unos de los otros. Ni los nombres, ni a qué se dedican, nada... ¿En qué trabaja usted, amigo?

-Soy autónomo -contesté de mala gana-. Trabajo en fontanería.

-Bien, pues... Como le digo, elija un seudónimo que no lleve a nadie a deducir cuál es su ocupación... No vaya usted a ponerse Grifomán, o algo así...

-Muy bien...

-Yo habría deseado que se llamase usted Bengüit, pero al parecer no le ha gustado...

-La verdad es que me da igual -dije. Y me marché de allí, no muy seguro de estar totalmente despierto.




13

La cantidad de nombres cuyas letras luminosas centellearon en los confines de mi córnea durante la tarde de aquel lunes...

¿Cuántos nombres existen? Un tal Cirlot compuso extensísimas poesías permutando los fonemas, sílabas, hiatos y acentos correspondientes al primer verso, ejecutando una complejísima ceremonia algebraica.

Quiero decir que... En efecto, aquellos poemas eran una puta mierda, pero nos conducían a presumir que cuando admitimos que la palabra “Reskuiio” podría ser un nombre, tal vez estemos asegurando que los nombres son infinitos..., que no existe ningún límite...

Tuve un trabajito que hacer el martes por la mañana. Y todo lo que se iba presentando ante mis ojos se convertía de inmediato en un posible seudónimo... Pero no podía utilizar ninguno de aquellos nombres. Enfrascado en mi labor se me ocurrió pensar que si alguna vez llegase a poner mi propia empresa tal vez estaría bien llamarla “Grifoman”. Aunque claro, antes debería preguntarle a Montejano si tenía algún inconveniente en que utilizase un nombre que había inventado él...

Sí, porque aunque realmente no deseaba en absoluto someterme a cualquier clase de terapia que hubiese podido confeccionar un tipo tan raro como ese Herbert Montejano, las palabras de Sebastián y la enseñanza póstuma de Francés se inflamaban en mi córtex cerebral cada vez que decidía olvidarme de todo aquello para siempre.

Un inciso importante: cuando digo que durante aquella mañana estuve pensando en todas esas cosas, lo que quiero decir es que estuve intentando hacerlo... Porque, desgraciadamente, la mujer a quien le estuve desatascando su nauseabundo fregadero ese martes, la pobrecilla tenía un grave problema psíquico: era incapaz de permanecer durante más de cincuenta segundos en silencio. Estuvo parloteando sin parar toda la mañana. Me habló de sus tres hijos. Eran muy buenos estudiantes, según me contó. Uno de ellos lo pasó realmente mal en su infancia debido al miedo a la oscuridad. También me habló de su marido. La mujer no ponía en duda que su marido era un hombre honrado, trabajador como el que más; pero, al parecer, el pobre diablo estaba obsesionado con el maldito fútbol. “Siempre que pierde su equipo hace lo mismo -me dijo con acento bastante cursi-. Saca el maldito microscopio y analiza su propia sangre... Después de contener la respiración durante minutos... Dice que de ese modo estimula extraordinariamente a su hipotálamo de cara a una ingente producción de endorfinas... Y un partido, y otro partido... Siempre la misma historia...”

-No creerá que es usted la única mujer que se queja de eso -le dije con una entonación que hasta yo mismo encontré francamente antipática-. No me refiero a eso que hace su marido con el microscopio, sino a...

-Ya, ya sé a qué se refiere -me interrumpió-. Pero es que yo he pillado a mi marido a veces jugando partidos de fútbol imaginarios con una pelota de goma espuma... Y cuando se mete en el váter... Dios santo, a mí me da miedo. Creo que fantasea con que es el entrenador de su equipo. Les echa unos broncazos a los jugadores de muy señor mío... Les pregunta con una horrible arrogancia si carecen de la motricidad elemental para la práctica de ese deporte... Les pregunta también si es que acaso no creen en el movimiento... Les acusa de leer demasiados tratados de Parménides y de un tal Zenón de Elea cuando deberían estar entrenando...

Hice un esfuerzo por no soltar una carcajada en ese instante...

-En fin -terminó-... Lo peor de todo es que a veces me da manotazos en los pechos... -De pronto, aquella mujer se puso a representar enérgicamente cómo le propinaba su marido esos manotazos; primero en un pecho, después en el otro-... Así.. Así...

Bueno, esto ya está, señora... Pero procuren ustedes que no caigan demasiados restos de comida en el fregadero...

-Si yo lo intento, no crea...

-Ya lo imagino -afirmé con muy escasa convicción mientras confeccionaba la factura-. Y también sé que a veces resulta inevitable, pero...

La mujer revisó la factura. Debió de parecerle barato, pues me pidió disculpas por, según sus propias palabras, “la mañanita que me había dado”.




14

Eran las quince cuarenta y cinco del martes; estaba ya frente al portal de Herbert Montejano, fumándome un cigarrillo, por supuesto...; y seguía dándole vueltas en mi cabeza al asunto de mi seudónimo, contemplando involuntariamente al conserje del sombrero de copa...

Apagué mi cigarro y caminé rumbo a mi Destino.

El ujier se quitó el sombrero para saludar mi entrada. Supongo que sabes lo estúpido y ridículo que se siente uno cuando alguien le saluda de esa manera. Es que no sabes qué hacer... Y entonces..., lo que haces entonces es saludar a tu manera, pero exagerando grotescamente tu simpatía. Yo, por ejemplo, sonreí agachando la cabeza muy al estilo oriental...

Aún tenía pinta de luchador de sumo cuando llegué a la escalera derecha.

Conté los escalones. Un primer tramo de diez peldaños, iluminado por apliques de aspecto victoriano; un descansillo estrecho presidido por un mapa de África; otros diez escalones... Y, por fin, la puerta.

Allí había un cartelito escrito a mano con caligrafía elegante:

Pase sin llamar
(Pasé sin llamar y dejé de fumar)

A Montejano parecían gustarle esos juegos misteriosos y singularmente infantiles, ajeno, evidentemente, a lo mucho que a mí me irritan esas gilipolleces.

Fíjate qué cosa más tonta: de pronto, sin venir a cuento, intenté imaginar qué clase de coche tendría un personaje como Herbert Montejano. Y no se me ocurrió nada.

Leí de nuevo el rótulo para estar seguro de no equivocarme. Daba un poco de miedo. Igual aquel sótano estaba lleno de cadáveres descuartizados...

Pasé sin llamar, por supuesto...




15

Y me introduje en una sala que...

Bueno, aquello era una especie de cine en miniatura. Dos filas de cinco asientos, una pantalla blanca de cuatro metros cuadrados, la típica luz amarilla y cansada...

Había un detalle que diferenciaba aquel cine del resto de los cines en los que yo había entrado a lo largo de mi vida: el olor... Se echaba en falta ese característico aroma, híbrido de ambientador, madera y carne descompuesta, que conduce de forma irremediable a la ingestión compulsiva de palomitas de maíz, no me preguntes por qué. Y si no existía ese olor era fundamentalmente porque las cuatro personas que me encontré allí dentro estaban fumando sin ningún reparo, lo cual había convertido la sala en una sólida burbuja de humo.

El grupo lo formaban tres hombres y una mujer. Estaban ahí sentados, fumando tranquilamente en el interior de aquella nube cancerígena... Creo que fui yo el primero en decir “Buenas tardes”, aunque no estoy seguro del todo. Mis cuatro compañeros me miraron con expresión cordial...

Uno de ellos era un tipo cuya melena negra y el poncho color marfil que vestía le daban un cierto aire de hippie recalcitrante. Los otros dos hombres, agazapados a la sombra de sendas gafas rectilíneas, me parecieron casi idénticos; cada uno embutido en su traje gris de vendedor de seguros, los dos con el estigma de la sociedad occidental enroscado en sus gargantas... De pronto se levantaron de sus asientos para saludarme y comprobé que uno era muy alto y el otro muy bajito... Detalle insuficiente para distinguir en todas las situaciones al uno del otro, pensé. La mujer también usaba gafas; era rubia, se parecía un poco a Gina Lollobrigida, y tenía una dentadura blanca y perfecta.

Nos estrechamos las manos. El hippie había elegido como nombre “Jesucristo”, lo cual me pareció que denotaba cierto delirio de grandeza, además de escasa imaginación.

El hombre alto era “Aníbal”; el bajito era “Larry”; la mujer se llamaba “Astrid”...

-Yo soy Bengüit -dije con timidez.

-Pues bienvenido, Bengüit -respondió Larry sonriendo-. Ya ve, Montejano va a ponernos una película, según parece...

Ocupé el asiento que estaba más cerca de la puerta. Y los otros cuatro siguieron charlando animadamente, tratando de ponerme al corriente de su conversación.

-Estaba contándoles a estos compañeros -comenzó a explicarme Aníbal- que en cierta ocasión, hace algunos años, me pasé cuatro meses sin fumar. Y que engordé muchísimo...

-Dice que engordó casi cuarenta kilos –me informó Larry, el señor bajito-. Y lo que yo digo es que, aunque lo de engordar es algo que en cierto modo debemos asumir, me resulta difícil creer que un hombre adulto engorde casi cincuenta kilos en sólo cuatro meses.

-Sí, parece imposible, pero es que ustedes no saben cómo comía yo. A todas horas. No paraba nunca de masticar. Era un acto compulsivo. Sobre todo por las noches. Cenaba; al poco rato me comía los restos de la cena; y antes de acostarme picaba todo lo que encontraba en la cocina. Frutos secos, especialmente... Las pipas de girasol me tranquilizaban mucho, pero yo siempre he preferido las almendras...

-Ya -dije yo.

-Mi mujer tenía la costumbre de dejar hecha por la noche la comida del día siguiente. Pues tuvo que dejar de hacerlo, porque de vez en cuando me la comía yo esa misma noche. Una vez me metí para el cuerpo una cazuela entera de lentejas a las tres de la madrugada.

-Joder.

-Pero un puchero como Dios manda, no crean... Santo cielo, fue algo terrible. Una pesadilla. Porque yo veía cómo estaba engordando y no sabía cómo hacer para detener el proceso. Entonces, una noche decidí vomitar. Por decirlo de algún modo, me convertí en una especie de bulímico. Cuando mi mujer entendió que el problema estaba llegando a extremos intolerables me pidió que volviese a fumar. Y me faltó tiempo para correr hacia el estanco.

-Eso es lo que más miedo me da a mí -dijo entonces Astrid con aspecto atormentado-. Creo que puedo dejarlo, pero no estoy muy segura de que pueda dejarlo para siempre, ¿me explico? Tengo la sensación de que me pasaré la vida deseando fumarme un cigarro. Y no te quiero ni contar lo que pasaría si me sucediese lo que a ti... Si veo que empiezo a ponerme como una vaca...

En ese momento se apagaron las luces de la sala y en la pantalla apareció la cara de Herbert Montejano.




16

“Lo que van a ver ustedes es un cortometraje basado en el primer acto de una obra de teatro de Giovanni Escrotello. No saquen conclusiones precipitadas. Procuren entretenerse. No hablen de la película cuando ésta termine: limítense a coger sus abrigos y regresar a sus casas. Una vez allí, hagan un pequeño análisis referente a lo que han visto y escuchado. Intenten hallar relaciones entre los sucesos que ocurren en la filmación y la adicción al tabaco. El próximo martes tendremos tiempo para hablar. El martes, a las cuatro de la tarde, quisiera verles a todos ustedes en el Pabellón T. Hasta entonces, pasen un buen día, y disfruten del espectáculo.”

Fin del Capítulo II









Capítulo III

Pis de Pony






El escenario es a todas luces el despacho del director de una sucursal bancaria. Vemos allí a una mujer joven, bastante atractiva, sentada en una silla negra a uno de los lados de la mesa que preside la sala. Al otro lado del tablero, el director de la sucursal, Tiburón Antoine, un tipo algo arrogante, aporrea enérgicamente el teclado de su ordenador. Comienza la conversación...

Tiburón.- (Mirando la pantalla del ordenador) Me temo que no va a ser posible, Alicia. Es una lástima, pero... Comprenda que con una sola nómina, y tan pequeña... Sin ninguna otra garantía o aval...

Alicia.- Bueno, la garantía es el propio piso, ¿no? En eso pensaba yo que consistían los créditos hipotecarios. Si no pago se quedan ustedes con la casa.

Tiburón.- (Por fin levanta su mirada) No es tan sencillo. Además, piense usted... ¿Para qué quiere el banco su casa? El banco lo que quiere es que usted pague. Concederle a usted este crédito entraría casi casi en terrenos de la especulación inmobiliaria. Estaríamos estafándole a usted, señorita.

Alicia.- (Después de un corto silencio) No lo entiendo, perdone que le diga. Me resulta incluso un poco... obsceno, que ustedes exijan que se les garantice solamente que se va a pagar la deuda y que no pidan otro tipo de garantías...; por ejemplo, les da igual si el dinero lo utilizo yo para el tráfico de armas o de drogas... Lo único que les importa es que se les devuelva...

Tiburón.- No puedo hacer nada, en serio. Y bien que lo siento, Alicia. Ojalá pudiera solucionar su problema. El suyo y el de todos cuantos vienen aquí pensando que soy yo quien decide si merecen convertir en realidad sus sueños. Este (señalando enérgicamente al ordenador): este es quien decide. Y aquí pone que no, amiga. Que no y que no...

Alicia.- Bueno, está bien... Entonces... ¿Qué me aconseja? ¿Cree usted que algún otro banco podría...? Quiero decir que... Seguramente conozca usted alguna otra entidad en la cual existan condiciones menos duras.

Tiburón.- Me pregunta usted si conozco alguna entidad en la cual los equipos informáticos sean más benévolos. Mire, yo no soy informático; pero, por lo poco que sé, casi podría asegurarle que aún no ha sido inventado un sistema operativo basado en la misericordia.

Alicia.- Ya...

Tiburón.- En fin, Alicia (levantándose de su asiento y tendiendo su mano)... No le hago perder más tiempo. ¿Va usted a hacer uso del enano?

Alicia.- (Se pone en pie y estrecha la mano del Director con gesto compungido) No, déjelo.

Tiburón.- Le advierto que funciona. A todo el mundo le cuesta la primera vez, pero todavía está por llegar aquél que después de probarlo no haya reconocido las cualidades terapéuticas de este innovador servicio.

Alicia.- Sí, me lo imagino. Pero es que yo odio la violencia.

Tiburón.- Pero si esto no tiene nada que ver con la violencia, Alicia. ¿Qué cree usted, que el enano ha venido aquí a punta de pistola? Él respondió simplemente a una oferta de empleo, un anuncio en el cual fuimos del todo explícitos, para que no pudieran existir malentendidos. El enano aceptó todas las condiciones... Es más, tengo más de cincuenta enanos en cartera, hombres dispuestos a trabajar el mismo día en que el puesto quede vacante. Mírele... (El director acerca su ojo izquierdo a una mirilla situada en una de las paredes del despacho. Se retira de inmediato e invita a Alicia a mirar. Ella se acerca de mala gana y mira a través del agujerito) ¿Lo ve? Está ahí, tranquilo, leyendo la Teoría del Conocimiento de Juan Hessen. A las dos termina su jornada laboral, y el hombre se marcha a casa tan contento. A fin de cuentas, trabaja en un banco, como yo. Está orgulloso de sí mismo. Y su familia está orgullosa de él.

Alicia.- Pero yo soy incapaz de golpear a otra persona...

Tiburón.- Venga, déjese de monsergas y elija un instrumento. Tenemos bates de baseball, puño americano, faldas escocesas mojadas, guitarras fender stratocaster, bombas lapa... Todo tipo de arma contundente. Aunque yo le recomendaría el remo... Le puede dar de canto en las costillas, o golpearle de lleno en la espalda, o lo que a usted se le ocurra. Eso sí, tenga cuidado, no vaya a descoyuntarle un hombro al pobre enano...

Alicia.- ¿Qué?

Tiburón.- Mujer, es que me temo que haya podido usted malinterpretarme. No se trata de cargarnos al enanito. De lo que se trata es de que la gente pueda desahogarse un poco, nada más que eso.

Alicia.- Ah... Hombre, es que lo de las bombas lapa, qué quiere que le diga...

Tiburón.- Ya, ya... Por eso hice esa puntualización. Son todos ustedes tan mal pensados... Lo de las bombas lapa es una especie de maltrato psicológico. No tienen carga explosiva, pero eso el enanito no lo sabe. Podría usted enganchar la bomba en la espalda del enano y decirle que va a explotar en diez minutos, por ejemplo. Y durante esos diez minutos estaría usted, quizá, describiéndole al enano los efectos devastadores que la bomba va a tener sobre su diminuto organismo.

Alicia.- Qué crueldad.

Tiburón.- Sí... Efectivamente, es una crueldad. Pero yo le garantizo que abandonaría usted el banco sintiéndose una mujer nueva, como recién salida de la ducha.

Alicia.- Ya.

Tiburón.- (Caminando los dos hacia la puerta del despacho) En fin, no parece usted dispuesta a dejarse convencer.

Alicia.- De momento no...

Tiburón.- No se preocupe, no estoy ofendido. Y espero que usted tampoco...

Alicia.- Claro que no, hombre...

Tiburón.- (Abriendo la puerta, sonriendo de un modo algo empalagoso) Si necesita usted algo, ya sabe, siempre estaremos aquí dispuestos a ayudarla...

Alicia.- (Saliendo) Muchas gracias... Hasta luego...

Tiburón.- (Cerrando la puerta) Hasta luego, Alicia... Adiós...

Tiburón Antoine se queda solo en su despacho. Vuelve a su sitio sonriendo, con aire tranquilo, y se sienta nuevamente en su silla giratoria. Abre un cajón de su mesa y saca de allí una media de nylon color carne. Se la pone en la cabeza. La media tiene un agujero a la altura de su boca. El Director de la sucursal coge su teléfono y marca...

Tiburón.- Esto... ¿Victoria?
Ah... Joder, menudo resfriado se ha cogido usted, ¿no?
No la había reconocido...
Sí... Haga el favor de...
Vaya por dios... ¿No puede esperar diez minutos? Estoy ocupado ahora...
Joder...
Bueno, venga, dígale que pase...

Cuelga el teléfono con mal humor, se quita la media y vuelve a guardarla en su cajón. Se peina con las manos. Entonces llaman a su puerta.

Tiburón.- Adelante.

Se abre la puerta y aparece en actitud tímida un hombre que viste una gabardina poco elegante. Un tío insignificante que lleva en su mano una enorme agenda negra. Es Dimas...

Dimas.- ¿Se puede?

Tiburón.- Pase, pase...

Dimas.- (Ya dentro del despacho, cerrando nuevamente la puerta) Me pareció intuir que estaba usted ocupado...

Tiburón.- No se preocupe... Siéntese, si es tan amable...

Dimas se acerca lentamente a la silla que antes ocupó Alicia. Se sienta y se queda mirando a Tiburón Antoine. Coloca sobre la mesa la agenda o dietario que ha traído consigo.

Tiburón.- Dígame, caballero.

Dimas.- (Con aire indeciso) Verá... Hace unos meses formalicé un plan de pensiones con..., bueno, con otro banco... Y lo que ocurre es que me he enterado hace unos días de que ustedes ofrecen un tipo de interés más ventajoso, y... Pues eso, quería informarme...

Tiburón.- Estupendo... (Se pone a teclear con rapidez y firmeza, mirando con cara de mucho interés a la pantalla del ordenador) ¿Hace cuántos meses contrató usted esa póliza?

Dimas.- Hace nueve o diez meses.

Tiburón.- ¿Y piensa usted continuar haciendo aportaciones?

Dimas.- Depende.

Tiburón.- ¿De qué?

Dimas.- De lo que me ofrezcan ustedes.

Tiburón.- Ya... Si lo digo porque de no continuar aportando dinero es probable que tenga que dar por perdido lo que aportó hasta hoy.

Dimas.- Ya lo sé. Creo que si sigo haciendo aportaciones hasta que se cumplan dos años desde el inicio del contrato tendré derecho a rescatar el dinero.

Tiburón.- Sí... Claro, depende de la póliza que usted firmase... ¿La tiene aquí?

Dimas.- No.

Tiburón.- Vaya... Debería haberla traído. Para realizar una comparativa inmediata.

Dimas.- Ya. Lo pensé justo cuando entraba en su despacho.

Tiburón.- Siempre pasa lo mismo, ¿verdad?

Dimas.- Sí.

Tiburón.- Bueno, da igual. Si me da usted los datos esenciales de la operación, supongo que en ese caso estaré en condiciones de analizar pormenorizadamente su caso...

Dimas.- ¿Qué datos necesita?

Tiburón.- Pues unos cuantos... Aunque, claro, sin el otro contrato en mis manos va a resultar complicado que pueda ayudarle...

Dimas.- Lo entiendo, ha sido fallo mío...

Tiburón.- ¿Sabe lo que ocurre con estas cosas? Que uno nunca..., o casi nunca sabe si lo hizo a propósito...

Dimas.- ¿Cómo?

Tiburón.- ¿Cree usted en la Predestinación...? Perdone, ni siquiera conozco su nombre...

Dimas.- Dimas.

Tiburón.- Dimas... ¿Cree usted en el Destino, y esas cosas?

Dimas.- Pues la verdad es que sí.

Tiburón.- A eso me refería. Estoy por asegurarle a usted que olvidó adrede traer el otro contrato.

Dimas.- Es posible.

Tiburón.- ¿Quiere que sigamos con esto, entonces, o prefiere marcharse y reflexionar un poco?

Dimas.- No sé... Déjeme pensarlo unos segundos...

Tiburón.- Creo que está usted decidido a pensarlo durante algunos segundos, de todos modos, le deje o no...

Dimas.- Es que ya que he venido hasta aquí...

Tiburón.- ¿Vive usted lejos?

Dimas.- Un poco.

Tiburón.- En cualquier caso... Puede hacer usted uso del enano y volver mañana...

Dimas.- No, gracias.

Tiburón.- Vaya... Otro igual. Pero qué reacios son ustedes a utilizar este servicio... No lo comprendo, sinceramente... El enano tiene la culpa.

Dimas.- ¿El enano?

Tiburón.- Sí... El enano es el culpable... Culpe al enano de todo lo que le pase... Para eso está. Si nadie le culpa de nada tendré que despedirle.

Dimas.- Quizás a él no le importe ser despedido.

Tiburón.- ¿Sabe, Dimas? El enanito no necesita en absoluto su compasión. Necesita un sueldo.

Dimas.- Oiga, que a mí me da igual lo que hagan ustedes con él.

Tiburón.- No debería... Porque lo que hemos hecho con él es, simplemente, salvarle la vida. Iban a dárselo al tigre para que se lo comiera. Como está viejo y es medio gilipollas...

Dimas.- Ya.

Tiburón.- Le llaman Julio “La Fiera”... (Señalando con la cabeza la mirilla) ¿Quiere verle?

Dimas.- No, no hace falta.

Tiburón.- Como quiera.

Dimas.- (Después de unos segundos) Bueno, venga... ¿De verdad puedo verle un momento?

Tiburón.- Claro. Eche un vistazo por la mirilla...

Dimas se levanta de su asiento y se acerca a la mirilla. Mira por el agujero mientras Tiburón Antoine le habla.

Tiburón.- ¿Lo ve? Ahí está, tan tranquilo. Estará leyendo sus libros de filosofía y sociología... Lo hace como terapia. No entiende lo que lee, pero por lo visto le viene bien a su cerebro que se esfuerce en intentar comprenderlos. Porque... Ya le he dicho que le llaman Julio “La Fiera”, ¿no? ¿Sabe por qué?

Dimas.- ¿Por qué?

Tiburón.- Fue a buscar trabajo a un circo... Llegó allí con esa pinta decrépita que puede usted observar y pidió trabajo al gerente. Éste le preguntó qué sabía hacer... Julio dijo: “Imito bien a los tigres de bengala...” Entonces el gerente le pidió que hiciese una demostración... Y Julito se comió al trapecista.

Dimas.- (Sin mucho interés) Joder. Qué barbaridad.

Tiburón.- Eso mismito gritaba el trapecista, según cuentan... “Qué barbaridad...” (Chillando, imitando al trapecista) “¡Qué barbaridad!” Dios Santo... La verdad es que ese trapecista debía de ser un mariconazo de tomo y lomo.

Dimas.- Ya.

Tiburón.- ¿Se anima entonces a golpearle o no?

Dimas.- (Deja de observar a través de la mirilla y vuelve a su asiento) Quizá en otra ocasión.

Tiburón.- Como guste... (Cuando Dimas termina de acomodarse en su asiento, Tiburón señala con su dedo índice la agenda que aquél dejó sobre su mesa nada más entrar en el despacho) Oiga... Esa agenda... ¿No será por casualidad algún tipo de cámara camuflada, o algo así?

Dimas.- Pues claro que no.

Tiburón.- (Distendidamente, pensativo) Lo digo porque... Fíjese... Una vez... Qué curioso. Una vez vino a mi apartamento un detective con una grabadora. Le metí en un armario y le conté la historia de mi padre. En serio. Cuando le saqué de allí... Joder... Salió todo digno, muy estirado, sacudiéndose el traje... (Imitando al detective del que habla) Me dijo: “Don Antoine... Puedo olvidar errores; puedo también olvidar agravios... Pero nunca olvido una percha...”

Dimas.- (Después de un silencio en el cual Tiburón Antoine parece mostrarse orgulloso de su hazaña) Por cierto, ¿cómo está tu padre, Antoine?

Tiburón.- (Muy extrañado) ¿Qué?

Dimas.- Que cómo está tu padre...

Tiburón.- ¿A qué viene eso?

Dimas.- No te acuerdas de mí, ¿verdad?

Tiburón.- (Fijándose detenidamente en la cara de Dimas) Pues la verdad es que... Lo cierto es que se me parece usted a alguien, pero no sé a quién... No. No le recuerdo, francamente. Y tampoco recuerdo haberle dado permiso para tutearme.

Dimas.- ¿Te acuerdas de Olga?

Tiburón.- (Frunciendo el ceño, tratando de recordar) ¿Olga? No sé...

Dimas.- Lo sé todo sobre tu padre, Antoine. Trabajó años y años en una sucursal de un banco; y hace poco fue recluido en un centro psiquiátrico.

Tiburón.- ¿Quién es usted?

Dimas.- Y lo cierto es que me cuesta comprender cómo tardaron tanto en llevarle a un maldito manicomio. Si desde muy pequeño, el pobre... (Después de inspirar profundamente, con solemnidad) Desde marzo de 1947 hasta enero de 1948, el señor Lázaro García del Pato, padre de Tiburón Antoine, con sólo diez años cumplidos, soñó en cuarenta y siete ocasiones con una mujer de aspecto ario que se metía en su habitación, totalmente desnuda, y le meaba en la cara mientras le decía: “¿¡Quieres que te pegue una buena hostia!? ¿¡Eh!?” Dicho con acento alemán, la hostia parecía inevitable... (Imitando el acento alemán) “¿¡Quierrres que te pegue una buena hostia!?”

Tiburón.- (Algo crispado, pero manteniendo la compostura) Bueno, ya está bien. Dígame ahora mismo quién es usted y de qué conoce esa historia.

Dimas.- Te voy a contestar, sí. Aunque todo depende de que dejes de hacerte el tonto cuando te hablo de mi hermana Olga.

Tiburón.- (Pensativo) No recuerdo haberle dado permiso para tutearme.

Dimas.- Me lo he tomado yo mismo.

Tiburón.- (Llevándose los dedos a las sienes, como devanándose los sesos) Olga, Olga... La única Olga que recuerdo trabajaba como dependienta en una tienda de electrodomésticos. Y alardeaba de haber sufrido la extirpación del útero.

En este preciso instante se abre la puerta del despacho y vuelve a aparecer Alicia en escena.

Alicia.- Perdonen, no quería molestar... (Los dos se la quedan mirando unos segundos sin saber qué decir) Sólo venía a decirle a usted, don Antoine, que... Bueno, que lo he pensado mejor y... En fin, que quiero hacer uso del enano...

Tiburón.- Estupendo... Espere un segundito en la sala, enseguida estoy con usted...

Dimas.- No, no se vaya, señorita. Cierre la puerta y siéntese, por favor. Estoy seguro de que le gustará escuchar nuestra grata conversación...

Tiburón.- Alicia... Haga usted el favor de esperar fuera, si es tan amable...

Dimas.- (A Antoine) ¿Por qué no dejas que decida ella si se queda o no?

Tiburón.- Esto es una conversación privada...

Dimas.- Mire... Alicia... ¿Puedo llamarla así?

Alicia.- Claro.

Dimas.- Mire esto... (Se pone en pie. Saca de un bolsillo interior de su gabardina una cajita pequeña muy elegante, de las que suelen llevar dentro joyas. Abre la caja con delicadeza, mostrándole a Alicia su contenido) ¿Le gusta?

Alicia.- Es precioso.

Dimas.- Tenga, es para usted.

Alicia.- (Sin coger la caja) No puedo aceptarlo.

Dimas.- Venga... No sea usted tan presumida. Puede y quiere aceptarlo, y jamás habría dicho esa frase de no haberla oído un millón de veces en películas de Hollywood. Además, acaba usted de declarar que desea de manera urgente apalear a ese pobre individuo... Pienso que está usted dispuesta a pasarse un huevo con el enano, y sin embargo le supone un conflicto moral aceptar este regalito...

Alicia.- Es que no sé a qué me compromete aceptarlo.

Dimas.- No la compromete a nada. Es más, puede usted vender el maldito anillo en cuanto salga de aquí, si lo desea. Ahora bien, yo le diré un par de sitios a los que no debe nunca acercarse cuando pretenda vender una joya... (Se queda callado unos segundos, mirando fijamente a Alicia) ¿Lo acepta?

Alicia.- No sé...

Dimas.- No crea que va a tener muchas más oportunidades en su vida de que alguien le regale un anillo tan bonito y tan caro a cambio de nada.

Alicia.- Ya, pero... (Coge finalmente la cajita y sonríe con timidez) Gracias...

Dimas.- ¿Se queda entonces?

Alicia.- Sí, pero sólo un momentito...

Dimas.- No se preocupe, va a ser todo muy rápido...

Dimas cierra la puerta y vuelve a su asiento acompañado por Alicia. Retira de la mesa la silla que va a ocupar ella, galantemente, y mientras Alicia toma asiento observa que Tiburón Antoine está descolgando su teléfono...

Dimas.- (Sonriendo, muy tranquilo, con aire condescendiente) Suelta ese teléfono, Antoine...

Tiburón.- Voy a llamar a la policía ahora mismo, si no le importa.

Dimas.- (A Tiburón) También tengo regalos para ti.

Tiburón Antoine aporrea el teclado de su teléfono ahora. Pulsa con cierta violencia el botoncito de colgar, como si el teléfono no funcionase.

Tiburón.- Esto lo ha hecho usted, ¿verdad?

Dimas.- Es posible.

Tiburón.- Vamos, dígame ya quién es y solucionemos este asunto...

Dimas.- (Después de inspirar profundamente) Sigues creyéndote muy hombre por haber matado un pony con tus propias manos, ¿eh?

Antoine se queda petrificado, mirando fijamente a Dimas, sin apenas pestañear.

Dimas.- ¿Vas recordando?

Tiburón.- (Asintiendo) Ya sé quién eres. Sí... Olga... Tú eres el hermanito de Olga. Ese niño repelente. Juraste que vengarías la muerte de tu pony, ¿eh?

Dimas.- Esto es sólo el principio, Antoine. Sólo el principio. Sabía que antes o después terminarían cruzándose de nuevo nuestros caminos.

Tiburón.- ¿Qué?

Dimas.- Como te dije antes... (Busca en el interior de su gabardina) Como te comenté, también tengo regalos para ti, Antoine. (Saca un papel arrugado y se lo muestra a Alicia) ¿Sabe que es esto, Alicia?

Alicia.- Cómo voy a saberlo...

Dimas.- (Alisa el papel con ademán ceremonioso y lo lee en voz alta) “Esta psicosis tiene atributos propios de la esquizofrenia, que se caracteriza por el autoaislamiento progresivo del individuo y la tergiversación de los simbolismos y conceptos de la realidad hasta llegar a delirios fantásticos; también recuerda a la paranoia, que se distingue de la esquizofrenia en que el individuo puede parecer normal, aunque se ve sometido a errores y alucinaciones en una determinada esfera del pensamiento y de la actividad, como parece ser el caso... Por tanto, el tratamiento más adecuado se basa en la aplicación de psicofármacos. Uno de los más potentes antidepresivos es el Triperidol. También lo son la acetofenazina y la perfenazina. Sin embargo, para casos rebeldes como el que parece plantear el paciente, se aconseja la extirpación de neuronas subcorticales de los lóbulos frontales. A esto se le llama Leucotomía y...”

Tiburón.- (Interrumpiéndole) ¿Sabe usted, Dimas? Aún me acuerdo de cómo crujió el cuello de aquel maldito pony aplastado por mi antebrazo. Cada vez que lo recuerdo experimento una erección.

Dimas.- (A Alicia) Tiburón Antoine estaba enamorado de mi hermana Olga, cuando los dos tenían once o doce años. Nosotros teníamos un chalet en las afueras, justo al lado del chalet de la familia de Antoine. Él venía de vez en cuando a mirar a mi hermana...

Tiburón.- (A Alicia) Y un día de esos, uno de tantos, pues me cargué al pony que le habían regalado a ese niño imbécil de cuyo mongolismo nadie dudaba...

Dimas.- (A Tiburón Antoine) Lo que más gracia me hace a mí es recordar lo poco que apreció mi hermanita tu gesto heroico. Siguió pensando que eras un mierda.

Alicia.- Oigan... Estoy pensando que tal vez sería buena idea que me marchase ahora...

Dimas.- ¿En serio? ¿No quiere saber...? Porque no sé si se habrá dado cuenta de que lo que he leído antes es el diagnóstico que elaboró en su día el eminente psiquiatra Blas Fernández después de analizar minuciosamente las particulares obsesiones del señor padre de nuestro amigo Tiburón Antoine...

Tiburón.- ¿Eminente psiquiatra? Ese imbécil creía que iba a resolverlo todo haciendo al pobre viejo tragar montones de psicofármacos...

Dimas.- (A Alicia) Su padre se fue una mañana a trabajar con una media de nylon guardada en el bolsillo de su abrigo. Aseguró a todo el mundo que no pensaba robar el banco, sólo quería provocar una situación que pudiera posteriormente implantar en su diario... Además de comprobar si tenía las agallas que hacen falta para catar las sensaciones que produce estar en el interior de un banco con la cabeza metida en una media. Se encerró en su despacho y se puso la media. Allí había un espejo, según creo... Mala suerte. Miró al espejo y tuvo que quitarse la media de inmediato. Después reflexionó. Efectivamente, algo había sentido, algo abismal, inmenso. Un espejo no debía subyugarle hasta ese punto. Un espejo no es nada. Volvió a meter la cabeza en la media y, esta vez sí, sopesó la invitación del presente. Con sólo abrir la puerta de su despacho dejaría de ser un miserable. Tal vez dejó de serlo, pero se convirtió en un neurótico. Nunca abrió esa puerta... A partir de aquel día no pudo acudir al trabajo sin su media. Se la ponía nada más llegar y sólo se la quitaba cuando tenía visita. Le hizo un pequeño agujero a la altura de su boca. De este modo no tenía que quitársela ni siquiera para hablar por teléfono... Una mañana se dio cuenta en el autobús de que se le había olvidado la media. Volvió a casa a buscarla. Ya no podía vivir sin ella, sin las sensaciones que le hacía experimentar...

Tiburón.- Bueno, creo que es suficiente...

Tiburón Antoine se levanta de su silla, como si quisiera dar por concluida bruscamente la conversación... Pero entonces Dimas se incorpora también, saca del interior de su gabardina una pistola y le apunta...

Dimas.- Vuelve a sentarte, Antoine. Aún no hemos terminado.

Tiburón.- (Sentándose y mirando fijamente a Dimas) ¿Cómo ha conseguido introducir un arma en el banco?

Alicia.- Oigan, en serio, preferiría marcharme de aquí...

Dimas.- (A Alicia) Tranquila, mujer.

Tiburón.- (A Alicia) Por supuesto que no va usted a marcharse ahora. Ahora sí que se queda...

Pausa. Alicia y Tiburón Antoine están mirando a Dimas detenidamente. Existe una gran tensión en sus caras. Pero después de estar en silencio durante medio minuto aproximadamente, Alicia habla con voz relajada...

Alicia.- (A Tiburón Antoine, pero sin dejar de mirar la pistola que tiene Dimas en la mano) Don Antoine... Es una pistola de plástico...

A Tiburón le cambia el gesto como consecuencia de esa revelación. Dimas continúa sonriendo, impertérrito...

Tiburón.- ¿En serio? ¿Es una pistola de plástico, Dimas?

Dimas.- (Asintiendo, sin dejar de sonreír) Es bonita, ¿verdad?

Tiburón.- Está usted como una cabra...

Tiburón Antoine se levanta de su asiento y extiende su brazo hacia Dimas, con intención de arrebatarle la pistola. Pero en ese instante Dimas dispara. Como es una pistola de agua, el líquido se estrella contra la cara y el cuerpo de Tiburón Antoine. Son varios “disparos”, como una eyaculación.

Tiburón.- (De pie, retirándose de la mesa) Pero... Pero mire cómo me ha puesto, hombre... Es usted un imbécil...

Dimas.- Seguramente.

Tiburón.- (Saca un pañuelo de su bolsillo y se seca la cara. Después agarra la solapa de su propia camisa y se la acerca a la nariz. Pone cara de mucho asco) Además... ¿Qué clase de porquería me ha echado usted encima? ¿Eh? (Vuelve a olisquear su camisa) ¿Qué cojones es esta cerdada?

Dimas.- (Después de unos segundos) Pis de pony.

Tiburón.- (Tarda unos instantes en reaccionar) ¿Pis de pony? Oiga, usted es tonto, Dimas. Un auténtico gilipollas... Pis de pony... A ver cómo me quito yo ahora este olor... ¿A usted qué le parece, Alicia?

Alicia.- Yo no digo nada.

Tiburón.- Claro, usted está tan contenta con su anillo... Pues le advierto que lo mismo este individuo ha fabricado el anillo con trozos del clítoris putrefacto de su puta madre.

Dimas.- Me parece Antoine... Observo que no tienes ni idea de lo que es el pis de pony...

Tiburón.- (Sin hacerle caso, sentándose de nuevo) Y luego el cabrón se permite hablar de la esquizofrenia de mi padre...

Dimas.- (A Alicia) Usted sí sabe lo que es el pis de pony, ¿verdad?

Alicia.- ¿Se refiere usted a que es algo más aparte de lo que todos conocemos?

Dimas.- Tampoco lo sabe... Bien, se lo explicaré a los dos... Verán, el pis de pony es una sustancia venenosa que utilizó la KGB durante los años sesenta... Un veneno que, aparte de ser tremendamente eficaz, no deja rastro alguno una vez que el individuo contaminado entra en coma metabólico. Le pusieron ese nombre en honor a Stalin, aunque no me pregunten por qué... Se administra, como han visto, por vía cutánea y...

Alicia y Tiburón Antoine miran estupefactos a Dimas. No saben si creerle o no, pero resulta evidente que comienzan a estar muy alarmados.

Dimas.- Existe un antídoto, eso sí. Lo descubrió un francés que... Bueno, era un tipo algo excéntrico. Aseguraba con orgullo haber perdido cerca de doscientos mil minutos de su vida sentado en la taza del váter. Eso quería decir, según sus palabras, que ciento noventa días de su vida los había pasado defecando. Había calculado incluso cuántos kilómetros de abono le había dado tiempo a fabricar... (Hace una pausa. Los otros dos siguen mirándole con cara de no dar crédito a lo que les está pasando) Después quiso entrar en el Libro de los Récords por ser el único hombre que había leído doscientas cuarenta veces el Cándido de Voltaire. Pero no pudo probarlo, claro.

Tiburón.- Oiga... Todo esto es una tomadura de pelo, ¿verdad?

Dimas.- ¿Eso crees, Antoine? ¿Estás manifestando con semejante afirmación que no te interesa saber nada del antídoto? Te advierto que no tenemos mucho tiempo... Dentro de unos ocho minutos comenzarás a sentir los efectos del veneno. Y entonces será demasiado tarde ya...

Alicia.- (A Dimas) Oiga, a lo mejor me ha salpicado a mí sin querer... A ver si voy a estar yo intoxicada...

Dimas.- No se preocupe, Alicia. Tengo una puntería envidiable.

Alicia.- Pero quizás no me vendría mal tomar el antídoto..., por si acaso...

Dimas.- Bueno, de eso ya hablaremos. De momento, quien tiene que tomar el antídoto es nuestro querido Tiburón Antoine... Y no parece que...

Tiburón.- ¿Tiene usted ese antídoto aquí?

Dimas.- Claro que lo tengo. ¿Crees que soy un maldito criminal?

Tiburón.- Bien... De acuerdo, adminístreme ese jodido antídoto. Haré el ridículo y se marchará usted de aquí tan contento, habiendo vengado por fin la muerte de su pony.

Dimas.- No es tan sencillo, Antoine.

Tiburón.- ¿Qué es lo que quiere? ¿Quiere que suplique? ¿Quiere verme de rodillas suplicando perdón por haber matado al caballito de los cojones?

Dimas.- Casi aciertas, Antoine. Casi aciertas... Porque resulta que... Esa sustancia a la que estamos llamando antídoto, y cuyo nombre técnico es... Bueno, no me acuerdo... Pero tiene un nombre técnico... El caso es que esa sustancia... ¿Cómo te diría yo...? Digamos que ha sido implantada en mi organismo una capsulita llena de esa sustancia. Para ser más precisos, esa cápsula, esa diminuta bolita de acero, ha sido implantada en una de mis glándulas.

Tiburón.- ¿Y?

Dimas.- Pues eso... Hombre, es que con una mujer delante...

Tiburón.- ¿Qué pasa?

Dimas.- (Después de suspirar) Pues que llevo la cápsula metida en la próstata.

Pausa. En la cara de Tiburón Antoine se va dibujando una expresión de intenso odio. Un Odio intentísisimo...

Tiburón.- Acabáramos... Lo que quiere usted es... Usted pretende que se la chupe, ¿no es así? Qué hijo de puta.

Dimas.- Es una de las maneras más directas que encuentro para que el antídoto salga de mi organismo y pueda penetrar en el tuyo, ciertamente...

Tiburón.- A mí se me ocurre otra. Otra forma “muy directa”...

Dimas.- A ver...

Tiburón.- Cojo el abrecartas que tengo en este cajón y lo utilizo para extirparle a usted la próstata.

Dimas.- ¿Y qué harás? ¿Comértela? Vamos, Antoine... No tenemos tiempo para excentricidades. Cuando dijiste que se te había ocurrido “otra manera” no pensé que estuvieses refiriéndote a semejante idiotez.

Tiburón.- No voy a chupársela, Dimas. Olvídese de ello.

Dimas.- Ah, muy bien... Eso quiere decir que nuestra reunión ha terminado...

Dimas se pone en pie. Inclina su cabeza en una especie de saludo japonés y se acerca a la puerta del despacho...

Tiburón.- Ni se le ocurra salir de aquí.

Dimas.- Creo que eso es lo que voy a hacer, sí señor...

Tiburón.- Le ordeno que vuelva a sentarse.

Dimas.- (Abriendo ya la puerta, escupe un bufido desdeñoso) Me ordena...

Tiburón.- Alicia, haga algo...

Alicia.- ¿Yo?

Tiburón.- Impídale que se vaya..., por Dios...

Tiburón Antoine y Alicia se quedan petrificados. Dimas abandona el despacho con una sonrisa cínica en la cara.

Tiburón.- (Masajeando su frente) Joder... Me cago en Dios... (Muy nervioso) Pues como empiece a encontrarme mal... Vamos, al enano me lo llevo por delante... Hombre, que si lo hago... El enano se viene conmigo...

Alicia.- Cálmese, don Antoine.

Tiburón.- De todos modos, Alicia, no me diga usted a mí... Podía usted haber hecho algo...

Alicia.- ¿Yo? ¿Qué quería que hiciese, agarrar a ese energúmeno de los pelos para evitar que se fuera?

Tiburón.- Yo qué sé... Además, no me refería a eso.

Alicia.- Sé perfectamente a qué se refería, y me parece a mí que...

Tiburón.- (Interrumpiéndola) Está bien, perdóneme... No quería ser grosero. Pero comprenda que... Bueno, entienda que yo la considere a usted más apropiada para chupársela al hijoputa ese... Y no se ofenda, por favor...

Alicia.- ¿Que no me ofenda?

Tiburón.- Venga, dejémoslo, por Dios... Estoy preocupado y no hago más que meter la pata.

Alicia.- Pues sí.

Tiburón.- (Después de unos segundos de silencio) De todas formas... Usted también ha estado preocupada durante unos minutos pensando que quizá le había salpicado el anormal de Dimas... Si hubiese sido así... Supongo que no habría puesto muchas pegas a la hora de chupársela. Ahora, claro, como ha llegado usted a la conclusión de que la única vida que corría peligro era la mía, pues... Pues eso. Ni por un instante pasó por su imaginación la posibilidad de hacer un pequeño sacrificio por salvarme... No sé si eso me duele o simplemente me da pena.

Alicia.- ¿Pena? ¿Que yo le doy pena?

Tiburón.- No, usted no... La Humanidad... Porque pienso que... Todo el mundo tiene sueños... Hay quien sueña con vivir un romance apasionado y maravilloso; otros sueñan con viajar en el Tiempo... Muchos sueñan con hacerse ricos... Pero no he conocido aún a nadie que me diga: “Mi sueño es salvarle la vida a otra persona”. Nadie.

Alicia.- Está usted desvariando. Y, perdone que le diga, no creo que sea ese el efecto del veneno.

Pausa. Tiburón Antoine se queda mirando fijamente a Alicia. Su expresión va relajándose por momentos.

Tiburón.- No había ningún veneno, ¿verdad?

Alicia.- Claro que no, don Antoine. ¿Acaso lo ha creído usted durante un solo instante?

Tiburón.- No... Supongo que no... Bueno, si vamos a eso, creo que quizá sí dudé en algún momento.

Alicia.- Eso me pareció.

Tiburón.- Pues a mí también me pareció advertir que usted lo creía.

Alicia.- Sólo intentaba ser amable con ese perturbado.

Tiburón.- “Perturbado”, esa es la palabra. No tiene usted ni idea de hasta que punto. Es un demente, y bastante peligroso, según creo.

Alicia.- No sé, a mí me dio la impresión de que era un pobre hombre. Plantea usted la situación como si ese Dimas fuese poco menos que un psicópata, y me parece a mí que...

Tiburón.- Ese es precisamente un rasgo que caracteriza a todos los psicópatas: no se les nota que lo son.

Alicia.- Puede ser...

Tiburón Antoine está mucho más tranquilo. Empieza a sonreír...

Tiburón.- ¿Sabe, Alicia? En el fondo creo que me hace gracia todo esto. Me resulta divertido comprobar que aquel pony no murió en vano. Y además me alivia pensarlo. Joder, yo maté al pony y no pasó absolutamente nada. A veces recuerdo el crujido de su cuello y pienso “Menuda gilipollez”. En fin... La verdad es que me da por pensar que, efectivamente, todo es obra y gracia del Destino. Que todo lleva al hecho de que yo volveré a reunirme con Olga. Y que quizá sea gracias a que me cargué a ese maldito pony. Y estoy por decirle que mientras lo estrangulaba me iba dando cuenta de que todo aquel esfuerzo tendría tarde o temprano su recompensa.

Alicia.- Es una cosa muy cruel, pero... También resulta muy romántico pensar en un niño que mata a un pony para impresionar a la chica que le gusta...

Tiburón.- No se me ocurría otra forma de llamar su atención. Una vez me había mirado ella con sus ojos enormes, y a partir de aquel momento lo único que me importaba en la vida era conseguir que volviese a mirarme. Creo que lo conseguí cargándome al pony de su hermano. Y pienso que fui muy valiente. Porque no vaya usted a creer que el maldito animal no opuso resistencia. Soltaba unas coces de mucho cuidado, intentaba morderme y... Joder, pero yo sabía que Olga me estaba mirando. Eso me dio fuerzas.

Alicia.- ¿Fue ella su primer amor?

Tiburón.- No sé, no estoy seguro. Debe usted comprender que pensar eso es como culparle a ella de haberme vuelto tan frío, tan misógino. En realidad, como ya sabrá, yo nunca estuve realmente enamorado de ella: estuve enamorado de mí mismo, sin saberlo ni comprenderlo, claro.

Alicia.- Eso es Filosofía, don Antoine.

Tiburón.- No, esto no es filosofía. Lo parece, pero no lo es. Estoy hablando de algo puramente orgánico, de química, de biología, en esencia. Porque, vamos a ver... ¿Qué es lo que conocía yo de Olga? Me viene a la cabeza una reflexión con perfil griego: "La Realidad no es más que lo que sabemos o creemos saber de cada cosa que de un modo u otro nos es dado percibir..." Exacto. Hay un montón de vidas que no perciben la existencia de Olga, luego Olga no existe para ellas. Pero tampoco existe para quienes la perciben pues, en realidad, eso que perciben no es Olga, sino lo que de ella les es dado percibir. Olga, tal y como ella se percibe a sí misma, sólo existe en su propia mente... Teniendo esto en cuenta... ¿De qué podría yo haberme enamorado? Por más que lo intento, me resulta difícil creer que un chico tan creativo como era yo en aquella época se enamorase por las buenas de una simple silueta configurada por la interacción caótica de condriosomas y citoplasmas..., un amasijo de cartílagos y adiposidades, un desértico entramado de conexiones sinápticas. No, no... En realidad estuve enamorado de la construcción que hizo mi cerebro a partir de múltiples sensaciones elementales. Un ejemplo: escuché una tarde la voz de Olga... Y me encantó... Cierto es que, como alguien dijo en Calcuta, la palabra de Olga tal vez se encendió en mis miradas; pero, atendiendo a la lógica expresionista de la Naturaleza nos encontramos lo siguiente: la vibración de las cuerdas vocales de Olga producía ciertas ondas sonoras que se propagaban por el tímpano del pequeño Tiburón Antoine, hasta encontrarse con la cóclea de Tiburón Antoine, la cual contiene un liquidillo que estimula a unas células ciliadas, ubicadas en el órgano de Corti. El órgano de Corti de Tiburón Antoine, claro. Entonces, ¿qué es lo que yo adoraba? ¿Las ondas sonoras? ¿El liquidillo? ¿Adoraba las cuerdas vocales de Olga, o tal vez el hecho de que éstas vibrasen? ¿O quizás la vibración como concepto, o el movimiento según Parménides?

Alicia.- En fin, don Antoine. Creo que se me han pasado las ganas de hacer uso del enano...

Tiburón.- Lo imagino... ¿Sabe una cosa? El otro día estuve acordándome de la última vez que vi a Olga. Fue un día de septiembre... Estábamos terminando de recoger las últimas cosas nuestras que quedaban en el chalecito, pues mi padre lo había tenido que vender. Yo miré por la ventana y vi a Olga salir de su casa con sus padres. Se metieron en el coche. Recuerdo que cuando la vi desaparecer engullida por aquel maldito trasto tuve una certeza. Sin embargo, no soy capaz de recordar cuál era esa certeza. Sé que pensé en si volvería a verla alguna vez... Y sé que estuve seguro de algo. Pero no me acuerdo de si creí que no volvería a verla nunca más o, por el contrario, estuve completamente convencido de que sí volvería a verla. Cada una de las dos opciones me ofrece un recuerdo totalmente distinto, y lo malo es que los dos me parecen verdaderos. Sin embargo, uno de ellos no es real. Pero no sé cuál es, Alicia...

Alicia.- En fin, voy a tener que marcharme... Se encuentra usted bien, entonces...

Tiburón.- Sí, perfectamente. (Descolgando el teléfono y llevándose el auricular a su oreja) Pienso que tal vez debería hasta preocuparme el hecho de que me sienta tan relajado y... Fíjese, los teléfonos vuelven a funcionar...

Alicia.- (Se acerca ya a la puerta. Tiburón Antoine no la acompaña esta vez) Ya le dije que ese tal Dimas parecía más bien un pobre hombre.

Tiburón.- Ya, ya... Vaya una manera de empezar la semana, ¿verdad, Alicia? Menos mal que es viernes.

Alicia.- (Abriendo la puerta) Pues sí.

Tiburón.- ¿Volveré a verla?

Alicia.- Supongo que sí. Si algo nos ha demostrado la mañana de hoy es que el mundo es un pañuelo...

Tiburón.- Y que lo diga...

Alicia.- (Saliendo del despacho) Bueno, pues... Hasta otra...

Tiburón.- Hasta pronto...

Tiburón Antoine vuelve a quedarse solo en su despacho. Sentado, meciéndose en su silla giratoria, sonríe apaciblemente. Abre de nuevo el cajón, saca la media y vuelve a ponérsela en la cabeza. Coge el teléfono...

Tiburón.- Victoria... Verá, esto es de vital importancia: no deseo ser interrumpido en lo que queda de mañana, ¿de acuerdo?
Ni siquiera en ese caso.
Tampoco.
¿Es muy larga esa lista, Victoria?
Y a mí que me importa eso.
(Muy sorprendido) ¿Qué?
Oiga, Victoria, váyase usted a la mierda.

Cuelga el teléfono violentamente. Mira al público (o al lector)...

Tiburón.- Y váyanse a la mierda también todos ustedes... (Reclinándose en su asiento) Necesito pensar...



The End

Fin del Capítulo III






Capítulo IV


Un


hermeneuta


se balanceaba








17

Ni que decir tiene que a lo largo de la proyección de aquella cosa no se dejó de oír en el interior de la sala el tronar de carraspeos, toses, suspiros, murmullos y maldiciones incompletas. También se escuchó a menudo el chasquido de nuestros encendedores... Me hizo gracia comprobar que en ningún instante se dio la circunstancia de que no hubiera por lo menos un cigarrillo encendido en aquel rancho. Sonreí al reparar en ese detalle, aunque sentí algo de tristeza cuando de pronto recordé al viejo Sebastián, imaginándole enzarzado en aquellas terapias tan decididamente abstractas. También pensé en Francés, y por un momento estuve seguro de que en ningún caso el haber acudido a la clínica de Montejano le habría salvado la vida...

The End... Las luces volvieron a encenderse. Y ahí estábamos los cinco aventureros, mirándonos los unos a los otros, revelando todos con un explícito lenguaje corporal ese recelo que se había prendido a nuestras gargantas. Fueron momentos muy tensos... Afortunadamente, el hombre del poncho se decidió a fundir aquel hielo con su acento flemático...

-Supongo que la pregunta es: ¿alguno de los cinco tiene intención de presentarse el próximo martes en el jodido pabellón T?

Larry se echó a reír. Astrid y Aníbal asintieron de manera pasmosa, como dando a entender que efectivamente estaban sopesando la posibilidad de no acercarse nunca más a las inmediaciones de aquella casa de locos. Yo me limité a permitir que mis cejas se arqueasen en actitud ambigua.

-Total -continuó Jesucristo-, todavía estamos a tiempo de reconsiderar nuestro deseo de dejar el tabaco...

Sacó una cajetilla del interior de su poncho y nos ofreció un cigarro. Sólo Larry aceptó la invitación.

-Mira que hacernos venir solamente para que viésemos esa mierda de película -se lamentó Jesucristo entonces, mientras encendía el cigarrillo-... Como si no tuviésemos nada mejor que hacer...

-En fin -dijo Astrid-. Él mismo nos advirtió de que quizá no sea este el mejor momento para comentar las impresiones que nos ha causado la peliculita. Es posible que tampoco sea el momento adecuado para analizar si tiene sentido o no el habernos hecho venir hasta aquí tan sólo para que viésemos esa estupidez...

-Pues si se piensa ese cabrón que voy a hacer el trabajo que nos mandó hacer, lo lleva pero que muy claro -sentenció Jesucristo-. Prefiero seguir regando mi bonito enfisema pulmonar.

-Al menos ha sido gratis -señaló Aníbal mientras se introducía en su gabardina-. He probado hasta hoy un montón de tratamientos en los que te hacían pagar por cada maldita cosa que tuviera cierta relación con la supuesta terapia. Pagabas hasta por morderte las uñas. Recuerdo que en una de aquellas clínicas te obligaban a tirar a una papelera una monedita de diez céntimos cada cuarto de hora. Como diez céntimos es aproximadamente el coste unitario de un cigarrillo, pues eso... Y la papelera estaba llena de pegatinas en las que se leían mensajes apocalípticos... “Tirar monedas de diez céntimos a una papelera perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor...” Ese tipo de mensajes... Pretendían hacerte comprender lo absurdo que resulta gastar dinero en destrozar tu propio organismo, supongo yo...

Se produjo un corto silencio. Nos dirigíamos ya todos hacia la puerta cuando Jesucristo se dirigió a mí clavándome una mirada fría y llena de desconfianza.

-¿Y usted qué opina, Bengüit? Está tan callado...

-Aún no lo sé -dije con una diplomacia no muy sincera-. Sólo espero que todo esto no sea una pérdida de tiempo...

-¿Sabe una cosa? -Me dijo entonces él, sonriendo de forma muy siniestra- Una vez vi un cortometraje iraní en el cual unos tipos se dedicaban a vaciar cabezas humanas. Descubrían gracias a esas prácticas que algunas de esas personas tenían pelos en la parte interior del cráneo. Que les salía el pelo hacia dentro. Por lo visto, todos esos hombres y mujeres a quienes les salía pelo hacia dentro sufrían terribles picores en el ano. Aunque, si le digo la verdad... Eso fue lo que yo entendí, pero también es cierto que aquel cortometraje era en versión original y no me daba tiempo a leer los subtítulos...




18

Yo sí que hice aquel análisis. Me puse con ello esa misma noche. Y llené dos páginas. Sí, me avergüenza un poco admitirlo, es cierto, sobre todo porque lo que me impulsó a elaborar mi tesis fue una sensación que tenía ya casi olvidada: el desasosiego del niño que no quiere ir al colegio con los deberes sin hacer... Pero también es verdad que, me gustase o no en aquellos instantes, a medida que trataba de hallar referencias ocultas al tabaquismo en aquel delirante Pis de Pony que Montejano nos había servido en bandeja el primer día de nuestra terapia, más y más señuelos iba encontrando. Sospeché que la terapia no era tan abstracta como en principio había pensado. Era más bien impresionista. Yuxtaposición de elementos simples que observados desde determinadas atalayas componían argumentos complejos...

1) El agujero en la media que Tiburón Antoine se ponía de vez en cuando en la cabeza. Pensé que si un fumador tuviera que ponerse una media en la cabeza cada cierto tiempo, por la razón que fuese, seguramente decidiría abrir un agujero a la altura de su boca, y no precisamente para poder así respirar mejor, sino para poder fumar.

2) La forma en la que intentamos llamar la atención del sexo opuesto a lo largo de la adolescencia. Tiburón Antoine se había cargado a un maldito pony con su antebrazo para que esa tal Olga se fijara en él y lo viese desde otro punto de vista. Algo muy parecido a lo que pretendía yo cuando empecé a fumar.

3) Las consecuencias nefastas que suele tener el hacer gilipolleces en la vida. Vamos, que la vida se cobra factura siempre de los errores que cometemos.

4) La Zamarra y la Vileza, al que se la aveza (Popular). Lo estúpidos que resultan ciertos hábitos cuando no nos son familiares. Pensé que igual de ridículo era ser adicto a meter la cabeza en una media de nylon que llevarte una y otra vez a la boca una cosa que se va quemando poquito a poco a medida que tú le succionas todos los jodidos agentes cancerígenos que pueden encontrarse en nuestro maldito Sistema Solar.


Me acosté a las cuatro de la madrugada, muy cansado, pensando que... Sí, pensando que antiguamente yo tenía la costumbre de no fumar... Comenzaba a resultarme difícil recordar con nitidez aquellos tiempos, pero aún quedaban multitud de fotogramas en mi memoria en los cuales mi costumbre de no fumar gobernaba con plenos poderes. Sin embargo, mis amigos decidieron abandonar aquel hábito. Y como ellos lo dejaron, pues yo también lo dejé. Porque yo soy de esos que funcionan como sepias. Contraigo mis cromatóforos para no ser divisado por los depredadores del ecosistema. No como otros. No como Herbert Montejano. A otros les gusta eso de ser una especie de líder espiritual, cosa que no entiendo. Con lo bien que se vive protegido por las enormes espaldas de los clarividentes que se creen capaces de dominar el Destino. Ellos son los que se llevan todas las hostias. Y cuando miran hacia atrás en busca de apoyo se dan cuenta de que ahí ya no hay nadie; que nosotros, los cobardes, hemos encontrado una espalda nueva. Me da mucha pena ver a todos esos héroes lamiendo a solas sus propias heridas...

Me dormí...




19

Tal vez sería oportuno fabricar un neologismo para definir correctamente la semana que unió a ese primer martes con el siguiente martes. Aquellos seis días convirtieron en materia sólida el parpadeo exánime de mi cariacontecida inocencia. En realidad, todo fue mucho peor de lo que podría yo haber presagiado en alguna de mis pesadillas premonitorias. No sólo fui incapaz de completar mi análisis sin fumar desmesuradamente, sino que me di cuenta de que cada día fumaba un poco más que el día anterior. Experimenté dolores hasta entonces desconocidos en el pecho y en mi brazo izquierdo...

Vayamos paso a paso.





20, Miércoles

El miércoles desperté casi a la hora de comer. Eché un vistazo a las imbecilidades que había escrito la noche anterior referentes a las aventuras de Tiburón Antoine...

Por momentos me parecía mentira que hubiese hallado tanto de que hablar, y tuve la sensación de que ninguna de mis conclusiones respondía a la verdadera intención del autor de aquel texto; que todo era un cúmulo de interpretaciones fermentadas en mi cerebro caprichoso. Que tenía razón Tiburón Antoine cuando disparaba esa especie de proclama en la cual se zambullían sus imperfectas conclusiones metafísicas, diluyéndose profusamente, indefensas, en el pantano de todo lo tocante a la voz de su querida Olga...

No sólo eso... También llegué a suponer que si hubiese tenido que hallar relaciones entre el Pis de Pony y, por ejemplo, la Batalla de Trafalgar, pues habría encontrado relaciones de igual modo.

Reflexionando acerca de todo aquello fue la primera vez que tuve la espeluznante sospecha de que Herbert Montejano era una especie de hipnotizador que trataba de ponerse en contacto con mi subconsciente.

Por la tarde me compré un libro que anunciaron en la radio, un ensayo que supuestamente ayudaba de un modo bastante pintoresco a quienes pretendían dejar de fumar. Lo leí en una hora y veinte minutos. Según aquel libro yo era ya un ex fumador... Precisamente cuando por primera vez en mi vida fui consciente de haber superado el listón de los cincuenta cigarrillos diarios...

Me dejó perplejo una frase que leí en aquel librito... El autor aseguraba que durante años había creído que alguna mañana despertaría sin ganas de fumar... O aquello se trataba de un error de los traductores, que bien pudiera ser, o ese tipo no había sido fumador en toda su vida. Un fumador sabe que no sólo es imposible despertar sin ganas de fumar, sino que, además, la perspectiva de fumar un cigarrillo es quizá lo único que le hace finalmente saltar de la cama...

“Te pillé, Allen Carr”, me dije... Tal vez fuese tan sólo envidia.




Jueves, 21

Nada especial sucedió el jueves. Ni siquiera tuve mucho trabajo. Releí mi librito de autoayuda suponiendo que si tantísima gente conseguía dejar de fumar gracias a él, quizá los problemas que tenía yo con el libro se debían más a mí que al autor.

Aquella segunda lectura resultó aún más frustrante. Me di cuenta de algo bastante estúpido: el que era sin duda el peor libro que había leído en toda mi vida resultaba ser, curiosamente, el único que me había leído dos veces en menos de veinticuatro horas. Pero yo seguía fumando mucho, fumando como un cabronazo, y cada vez más...

Soñé con Francés la noche de aquel jueves. Jugábamos él y yo una partida de ajedrez, tumbados sobre unas vías de tren solitarias, en las afueras de Saumasasa, perdidos en la inmensidad de una puesta de sol coloreada por frondosos lagos de trigo maduro. Era una curiosa partida, pues los caballos no eran caballos, sino cebras, lo cual hacía imposible diferenciar a los caballos de Francés de los míos. Iba cayendo la noche y el viento hizo que las piezas huyesen camino de la estratosfera. Aquel tornado succionaba los peones, alfiles, caballos, reyes... Nos pusimos a correr en busca de un refugio subterráneo; y Francés me iba advirtiendo mientras galopábamos de la existencia de minas “anti-personales”. Él sabía dónde estaban...




Viernes, 22

Regresé de aquel sueño con el brazo izquierdo totalmente dormido. Y ni siquiera podía encontrármelo... Recuerdo que mientras buscaba mi maldito brazo empezó a desintegrarse mi pesadilla... Sí, fue de esas veces que despiertas perdiendo de vista vertiginosamente el sueño que estabas experimentando tan sólo unos segundos antes... Y entonces tu memoria trata de aferrarse a un pequeño detalle del sueño, cualquier cosa, para poder así retenerlo por siempre...

Yo utilicé la imagen de una de aquellas cuatro cebras que soltaban coces a todos los malditos peones. Y, como ves, funcionó...

Hasta tal punto funcionó que me pasé gran parte del viernes intentando hallar en cada esquirla de aquella fantasía significados ocultos. Cortándole el pelo a Einstein...

Una auténtica locura.

Por si aquello fuese poco, esa misma tarde tuve que volver a visitar a la cotorra epicúrea cuyo fregadero había desatascado tres días antes, pues se le había estropeado nuevamente, como yo había previsto.

Por todos los santos, aquella señora estuvo a punto de provocarme un ataque de ataxia locomotriz. Al parecer, en sólo tres días, sus tres hijos habían perdido el maldito juicio. El pequeño, a sus diecisiete años, había participado en un concurso de una televisión local en el cual tuvo que comerse en menos de cinco minutos una paella devorada dos días antes, y vomitada posteriormente, por una jauría de galgos ciegos. El mediano llevaba cuarenta horas encerrado en su dormitorio, sentado como un sapo frente a su ordenador, inventando un videojuego en el que San Pedro y Jesucristo eran los superhéroes, y hacían los dos cabriolas de lo más grotesco... El mayor se había gastado una fortuna en editar un libro de cocina llamado “Ropa interior sudada en el banco de una iglesia”... El fregadero seguía atascado y el marido de la señora, por lo visto, hablaba en sueños con multitud de ídolos deportivos, y cantaba el himno de Alemania.

Era ya de noche cuando conseguí fugarme de la jaula de la corneja. Llegué a mi coche convencido de que habría una tercera vez. Y esa sería la última, quizá... Aquella loca y su ditirámbica familia terminarían por decidir cargarse al fontanero con sus propias herramientas, para después comérselo, tal vez, o disecarlo... En fin...

No soporto conducir en mi ciudad, ya lo sabes. La gente te insulta constantemente. Resulta odioso. Además, mi ciudad está llena de trampas y emboscadas; llena de agujeros negros imposibles de detectar. De pronto te encuentras metido en el embudo, y ni siquiera sabes cómo llegaste hasta allí. Y te gustaría ser una especie de Moisés para abrirte camino. Pero no eres Moisés...

Para mayor desgracia, esa noche, después de haber escapado finalmente de todas aquellas zalagardas, atropellé a un perro.

El impacto fue terrible, descomunal. Noté que chocaba contra algo bastante grande, y sentí en el fondo de mis tímpanos el estruendo de la colisión. Supe que había atropellado a un perro cuando vi al pobre animalillo sobrevolar unos contenedores que engalanaban aquella calle maldita. Durante un par de segundos, el perro -un bóxer, por cierto- estuvo planeando a escasos metros del parabrisas de mi coche, y yo le veía surcar los vientos totalmente despatarrado, como una alfombra voladora sin piloto... Del interior de los contenedores salieron disparados varios gatos pardos que sin duda debieron sentirse bastante incómodos al comprobar que ahora los perros también volaban...

Paré y salí del coche. No había nadie por allí. El perro estaba agonizando.

Sentí la tentación de coger al perrillo en brazos e introducirme lloriqueando en algún lugar donde alguien pudiera echarle una mano al pobre animal. Imaginé la estúpida escena del tío que irrumpe sudando en un restaurante de lujo con un bóxer medio muerto en sus brazos, preguntando el cabrón si hay algún veterinario en la sala...

Dejé al animalillo en el suelo. Aún respiraba cuando me marché de su lado. Me lavé las manos con una botellita de agua que llevaba en el maletero del coche, encendí un cigarro y regresé a casa.




Sábado, 23

Otro sábado.

Fui a la peluquería por la mañana, por hacer algo.

No es que me uniera una relación demasiado estrecha con mi peluquero, un tipo con bigote pelirrojo y manos pequeñas; ni siquiera conocíamos nuestros respectivos nombres... Sin embargo, me sentí obligado a comentarle a ese tío los pormenores del terrible accidente de la noche anterior. Ya sabes que no soy muy hablador, pero a esas horas de la mañana seguía bajo los efectos devastadores del pis de pony y del color de la sangre de mi víctima. Le narré al peluquero el atropello muy despacio, detalladamente; quería saber qué cojones hubiera hecho ese capullo de haber estado en mi lugar... Contemplaba en el espejo su cara de morsa con gran esfuerzo analítico, pero ni siquiera fui capaz de hallar en sus rasgos un poco de comprensión. Me pareció que incluso le costaba aguantar la risa. Y yo también me vi patético en ese mismo espejo. En las proximidades de mis orejas zurcían a mordisco limpio su obra las tijeras de aquel desalmado...

Volví a casa. Me duché y me puse mi albornoz blanco. Tenía intención de pasar el resto del día tranquilo. Preparé unas acelgas con salsa de queso, pero no hice sino probarlas; no tenía nada de hambre. Me tumbé en el sofá y me quedé dormido mientras veía por la tele un partido de rugby.

Desperté a las siete y media. Algo había soñado, pero no lo recordaba. Sin embargo, contemplaba mi ordenador y era consciente de que necesitaba escribir unas cuantas cosas.

Me senté frente a la pantalla y me puse a pensar...

Después de mucho pensar, después de pensar mucho mucho, mis dedos escribieron lo siguiente:

Tiburón Antoine está loco; Dimas está loco; el enano está loco; Alicia está loca; El padre de Tiburón Antoine estaba loco también; y el trapecista que se dejó comer por el enano; y Victoria...

Pero no debemos fijarnos tan sólo en lo que dicen. Prestar atención exclusivamente a las palabras que pronuncian, sin reparar en lo mucho que sin duda van callándose... Joder... Eso es un error que cometemos a menudo los humanos, y así nos va como nos va. No caemos en la cuenta de que sólo sería posible conocer de verdad a una persona si pudiésemos escuchar todo lo que “no dice”...

Atiéndase a la teoría de los Subgestos de ese gran amigo mío nacido en Azinhaga el 16 de noviembre de 1922 (Escorpio tenía que ser...). Vemos que alguien hace un gesto en determinada circunstancia y conceptuamos dicha expresión como un ente de una sola pieza, cuando el conocimiento de la verdad reclama que estemos atentos al centelleo múltiple de los subgestos que van detrás del gesto como el polvo cósmico va detrás de la cola del cometa.

¿Qué es, por tanto, lo que “no dice” el autor del texto? Desde luego, en ningún instante afirma de modo explícito haber concebido aquella fantasía tratando de configurar una especie de parábola de cuyas entrañas cualquier fumador pudiera extraer algún tipo de ayuda para dejar de fumar... Sin embargo, en el mismo momento en que a mí se me presenta la obra como una fábula pedagógica, mi cerebro la asume como tal y es capaz de hallar todo tipo de relaciones entre ella y mi adicción al tabaco. Lo cual quiere decir que esta película es una cosa en sí misma, pero que se convierte en otra cosa diferente dependiendo de múltiples condiciones impuestas por la circunstancia que rodea al espectador. En otras palabras: una película, cualquier obra de arte, es ella misma y quien la percibe; y siendo quien la percibe él mismo y su circunstancia, la obra termina por transformarse en algo cuya realidad individual no existe.

Si la obra entera está diseñada para conseguir que deje de fumar, entonces cada uno de los personajes, en esencia, ha sido engendrado para decirme algo al respecto de mi drogodependencia.

Olga es el personaje principal. Sin ella no hay cuento. Es como una célula madre.

No sé si Olga fumaba o no. Olga no dice nada, por eso mismo la conozco más certeramente que al resto de los personajes. Pero no sé si fuma o no fuma, y quizá me convendría saberlo...





24, Domingo


El domingo lo dediqué básicamente a fumar sin interrupciones. Lo cual me hizo comprender algunas cosas...

Me di cuenta, por ejemplo, de que tenía un problema mucho más grave de lo que había sospechado: no sabía vivir sin fumar.

Nunca me había sentado frente a un ordenador sin mis cigarritos; ni había conducido un coche jamás sin antes haber medido la distancia exacta que separaba la palanca de cambios del cenicero. Tampoco sabía escuchar música, ni ver la televisión, ni preparar la comida...

Curioso. Ni siquiera sabía reflexionar acerca de todas las actividades que me resultaba imposible desligar del tabaco sin llevarme una y otra vez un cigarrillo a la boca.

Incluso recordar aterrorizado los coágulos sanguinolentos que había escupido en el lavabo por la mañana, incluso eso lo hacía fumando.

¿Cómo coño iba a aprender a vivir sin fumar?

Cuando anocheció volví a pasar un ratito añorando a mi perro, ese que dejé moribundo en un callejón oscuro cuarenta y ocho horas antes. Era consciente, o al menos creía serlo, de que tarde o temprano me sería difícil discernir si aquel incidente había sucedido en realidad o se trataba tan sólo de una pesadilla. Eso es lo que tiene el paso del tiempo, ¿no?

El paso del tiempo... Entre unas cosas y otras se me había olvidado darme cuenta de lo cerca que me hallaba del “próximo martes”. Y aún no tenía del todo claro si visitaría de nuevo a Herbert Montejano. Recordé aquel axioma que ideó Francés cuando íbamos al instituto: decía que el mejor día de la semana era el lunes, simplemente porque era el día que más lejos estaba del lunes siguiente...

El “Martes”, quizá el más tonto de los días de la semana, de pronto había cobrado una nueva dimensión en mi vida.

Pero antes del martes seguía estando el lunes, claro...




Fin del Capítulo IV


Capítulo V

Lunes 25





25

Sé que puede resultar algo pretencioso todo análisis encaminado a deducir que posiblemente alguien llegue a leer esta historia doscientos años después de que haya sido escrita. Pero si esto sucediera, sin duda ese alguien encontrará complicado dar crédito a todas esas leyendas que afirman que la adicción al tabaco era un verdadero problema a principios del siglo XXI...

Y quizá también le cueste creer que en la época que me ha tocado vivir a mí resulta ciertamente sencillo preservar tu anonimato cuando haces una llamada telefónica.

Alguien llamó a mi teléfono móvil aquel lunes. Era ella. Sí, “Ella”. Lucía. La ex mujer de mi amigo Francés. Pero no se identificó, y yo no fui capaz de reconocer su voz. Para mí no era sino una clienta más, tal vez algún otro papagayo hembra cuyo tubo sifónico andaba trastornándole la vida debido en parte a la desidia de su estúpido marido; o quizá una preciosa mujer que atribuía su desdicha a la circunstancia de haberse casado con un hombre “acuario”, cuando había sido repetidamente avisada de que hallaría la felicidad junto a un “piscis”...

No, esto último no me pasará nunca...




26

Llegué a casa de Lucía cerca de las siete. Ni por asomo sospechaba que en aquella dirección me aguardaba el bello reencuentro con la ex mujer de mi mejor amigo.

Cuando Lucía me abrió la puerta, sinceramente, me quedé paralizado; durante unos momentos fui incapaz de identificarla... Sabía que conocía bien aquella cara de ninfómana; había visto cientos de veces esos ojos azules pero, ya te digo, tuvieron que pasar unos cuantos segundos antes de que mi maldito cerebro cayera en quién era exactamente la persona que me miraba desde los umbrales del hall.

Lucía.- Hola.

Yo.- Hola.

Lucía.- Puedes pasar. Vamos, si quieres...

Yo.- Claro.

Entré en su casa protegido por mi caja de herramientas.

El pasillo de aquella mansión era de esos que tan de moda están hoy en día... Esos que a medida que los vas dejando atrás desaparecen, ¿sabes? Aquellos cuyas paredes son espejos gigantescos en los cuales te puedes ver vestido con ropajes medievales; esos que tienen colgado del techo un irlandés tocando el arpa.

Recorrimos el pasillo despacio, en silencio. Ella iba delante, descalza, arrastrando los pies. Lucía era una tía canija y prepotente. Llevaba puesto un kimono negro en cuya espalda había sido bordada una preciosa imagen del mago Merlín.

Al final del pasillo había un agujero triangular que parecía dar acceso a la sala de máquinas del Apolo XXIII. El marco isósceles de aquella puerta estaba lleno de pequeñas bombillas de colores que se encendían y se apagaban caóticamente, como las luces de un árbol de Navidad. Lucía iba delante de mí, firmemente succionada por aquellas luces oscilantes.

Lucía.- Perdona que no te enseñe la casa. Está todo hecho una mierda.

Yo.- No te preocupes.

Atravesamos por fin el triángulo. Habíamos entrado en un cuarto de paredes rojas. Todo tenía un cierto aire oriental allí, especialmente un chino que estaba sentado en uno de los almohadones que andaban esparcidos por el suelo. Lucía señaló con malos modales al chino...

Lucía.- Es Chan-Lú... O algo parecido...

Yo.- Ah.

Lucía.- ¿Has preparado ya el té, Chan-Lú?

El chino sonrió muy cordialmente a Lucía. “Glasias”, dijo en tono terriblemente sumiso.

Lucía.- Hijoputa de chino... ¿De qué se entera este chino de mierda, eh?

Chan-Lú.- Oh, yo nada... Yo no entelo nada... Yo hijoputa...

Lucía soltó entonces una carcajada repugnante. Su risa era muy poco femenina, nunca me gustó escucharla. Salía como una hemorragia de lo más profundo de aquel cuerpecillo engañoso...

Lucía.- ¿Te gusta el chino? Es mil veces mejor que tener un perro, o un loro...

Chan-Lú.- Tú líe... Tú líe, tú feliz con chino.

Lucía.- Sí, mucho... Oye, Chan-Lú... ¿Por qué no le dices a este amigo de dónde eres?

Chan-Lú.- Oh... Yo lon con limón...

Lucía.- No, imbécil... Escucha bien: ¿de-dónde-eres?

Chan-Lú.- ¡Ah...! Yo de la puta China. Yo chino pichalinda...

Lucía volvió a estremecerse, y yo comencé a impacientarme...

Yo.- Bueno, Lucía...

Lucía.- Sí, sí... Ya se me pasa... Joder, es que me encanta este chino... Chan-Lú, tráenos el jodido té...

Chan-Lú.- Oh, sí... El té...

Lucía.- Vamos... Y después te largas a la calle, hijo de la gran puta...

Chan-Lú.- Sí... Yo voy calle... Yo calle..., como pelo salnoso...

Otra vez. Lucía riendo y yo sintiéndome cada vez más incómodo...

Lucía.- “Pelo salnoso”... Joder, tío, ¿de verdad no te hace gracia?

Yo.- Ninguna. Es más, no sé hasta qué punto no podría yo considerar todo esto un delito.

Lucía.- Vete a la mierda. A ver si ahora te va a importar a ti el maldito chino... A mí sí que me importa. Hace un montón de cosas, el cabrón. Todo lo que a mí me fastidia hacer, todo lo hace el chinito. Limpia la taza del váter; los cristales de las ventanas; el polvo de las lámparas; recoge la mesa y abrillanta los objetos de plata... A cambio le dejo mirarme mientras me ducho.

Yo.- Es tu maldito esclavo.

Lucía.- Sí... Bueno, también le pago un sueldo. Está casado y tiene varios hijos. Tres o cuatro, no lo sé exactamente. Es un sueldo bueno el que le doy. Además... No sé si sabes tú lo que significan estas palabras: “Femdom”; “Spanking”; “Facesitting”; “Strapon”, “Trampling”...

Yo.- Sé lo que significan.

Lucía.- ¿Lo entiendes ahora?

Me acordé súbitamente del enano que tenía Tiburón Antoine encerrado en una jaula, pensando que, como bien dice el tópico, a veces la realidad es aún más cruel que la ficción.

Yo.- La verdad es que me importa un carajo lo que hagas con ese chino. Lo que quiero es saber para qué cojones me has hecho venir aquí.

Lucía.- Bueno, bueno... ¿Es que ni siquiera vas a sentarte?

Yo.- ¿Dónde? ¿En el suelo?

Lucía.- En los almohadones, gilipollas.

Yo.- ¿Y dónde pongo mi caja de herramientas?

Lucía.- Podrías intentar ponerla en el maldito techo... Pero casi mejor déjala aquí mismo...

Solté la caja de herramientas muy cerquita del triángulo...

Yo.- La verdad es que... Si te hubieses identificado cuando me llamaste me habrías ahorrado el esfuerzo de hacerme transportar la puta caja de herramientas.

Lucía.- ¿Y quién te ha dicho a ti que yo podría haber pretendido ahorrarte dicho esfuerzo?




27

Yo.- ¿Puedo fumar?

Lucía.- No.

Yo.- Ah, muchas gracias... Entonces habrá que darse prisa... Necesito encender un cigarro cada dieciséis minutos.

Lucía.- Te jodes. A Francés tuve que soportarle varios años. Pero, al fin y al cabo, era mi marido... Por cierto, ya que has sacado el tema... Conociste a Francés cuando erais los dos muy pequeños, ¿verdad?

Yo.- Sí. Teníamos ocho años...

Lucía.- Eso... Y... ¿Quién de los dos empezó a fumar antes?

Yo.- No me acuerdo.

Lucía.- Mentiroso... Si me da igual, hombre... Lo digo porque seguramente aquel que fumó primero indujo al otro a fumar también... Joder, que frase más rara acabo de decir...

Yo.- Él empezó antes que yo.

Lucía.- Lo imaginaba... Tú nunca fuiste ni serás el primero en nada, ¿verdad? Y ahora Francés está muerto... De algún modo, su muerte parece anunciar la tuya... Habría estado bien que hubieses sido tú el culpable de que Francés empezase a fumar. Podríamos considerarte responsable de un homicidio...

Yo.- Venga, Lucía, déjate ya de idioteces... ¿Para qué me has hecho venir?

El té llegó montado en un carrito que parecía el armazón de una silla de ruedas diseñada por Dalí. Chan-Lú llenó dos tacitas de porcelana con cara de estar quemándose los dedos con el asa de la tetera. Cuando hubo terminado se puso una chaqueta vieja que había en el suelo y se marchó de allí a toda prisa, sonriendo, haciéndonos reverencias.

Yo continuaba tratando de adivinar el motivo de mi propia visita. Preguntándoselo a Francés. Nos habíamos acomodado ya en los cojines, bastante cerca el uno del otro, demasiado cerca. Ella me miraba. Me pareció que, como quien no quiere la cosa, iba subiéndose poco a poco el kimono para que yo pudiese ver una parte de sus muslos...

Lucía.- Bueno... Estabas preguntándome para qué coño te he hecho venir aquí, ¿no?

Yo.- Sí.

Lucía.- Pero supongo que también te gustaría saber por qué no fui al entierro de Francés.

Yo.- Pues te equivocas. Me da igual por qué no fuiste.

Su cucharilla golpeaba machaconamente las paredes interiores de la taza, produciendo un sonido tan insolente como desafiante.

Lucía.- En primer lugar, no fui al entierro porque me he enterado de todo esta misma mañana.

Yo.- ¿No te llamó Sebastián?

Lucía.- No. Ni tú tampoco.

Yo.- Sinceramente, no creo que fuera yo quien tenía que llamarte.

Lucía.- Ya. No te preocupes, me da lo mismo. No hubiese ido al entierro de Francés ni a cambio de dinero.

Yo.- ¿Por qué?

Lucía.- ¿Lo ves? Sabía que terminarías preguntándome por qué no fui al jodido entierro.

Yo.- Sí... Aunque, insisto: la razón por la que no fuiste al entierro me importa una mierda. Me interesa más saber cómo has terminado enterándote de la noticia.

Lucía.- ¿Eres tonto? ¿O es que no sabes que la casa donde vivía el gilipollas de tu amigo era mía? Me debía un montón de pasta...

Lucía me miraba con cara de asco. También es cierto que nunca me había mirado de otra forma. Ni a mí ni a nadie.

Yo.- ¿Te importaría dejar de hacer ese ruido con la cucharilla? Me duele un poco la cabeza.

Lucía.- Perdona...

Se tomó la infusión de un solo trago. Cruzó sus piernas...

Lucía.- ¿Te contó alguna vez Francés por qué decidimos separarnos?

Yo.- No. Francés era muy discreto con esas cosas. Muy reservado.

Lucía.- Sí...

Yo.- Y, perdona que te interrumpa... Tengo entendido que la decisión no fue del todo unánime.

Lucía.- Oh... “No fue del todo unánime”. Pareces un maldito abogado.

Yo.- Bueno... Él insinuó que...

Lucía.- Ah, claro... Francés insinuaba muchas cosas... La verdad es que se pasaba el día entero insinuando... ¿Y puedo saber cómo “lo insinuó”? Seguro que te contó cualquier gilipollez de las suyas... Esas malditas historias que se inventaba...

Yo.- Nunca.

Lucía.- Nunca, nunca... Claro que no...

Yo.- Te lo juro. Era muy reservado para esas cosas.

Lucía.- Sí... Lo era, sí. Fíjate... Lo que verdaderamente me cuesta creer es que tú no le llegases a contar nunca absolutamente nada de lo nuestro.

Cuando dijo “lo nuestro”, y que me perdone Francés, experimenté una erección...

Yo.- No lo hice. Palabra.

Lucía.- Ya. Que voy yo ahora a dar crédito a la palabra del tío más mentiroso del mundo...

Yo.- Eso quiere decir que sería una pérdida de tiempo para mí tratar de convencerte de que me creas, ¿no?

Lucía.- Qué más da...

Miré mi reloj. Me apetecía muchísimo fumarme un cigarro.

Lucía.- En fin... Te diré para qué te hice venir a mi casa.

Yo.- Estupendo.

Lucía.- Quiero que le lleves al padre de Francés la caja esa de ahí... Está llena de objetos personales de su hijo. No los quiero aquí para nada.

Posé la mirada en la caja que señalaba Lucía con su mano derecha. Era una caja de cartón blanco, del tamaño de una lavadora.

Lucía.- Pesa muy poco...

Yo.- ¿Puedo saber de qué objetos hablas?

Lucía.- Pues hay un reloj, una colección de sacapuntas, un par de cintas de videocámara, de esas que se grababa él a sí mismo...

Yo.- ¿Aquellas en las que estaba disfrazado de sacerdote?

Lucía.- Sí, esas... Esas que os hacían tanta gracia...

Yo.- Lo que más gracia me hacía era que Francés tenía que colocar la cámara encima de la taza del váter para filmar el mejor ángulo...

Lucía.- Sí, muy divertido todo...

Se subió el kimono un poquito más... No sé cómo explicarte... Lucía siempre había despertado en mis glándulas sensaciones contradictorias.

Yo.- Hombre, yo se lo puedo llevar a Sebastián... Lo que pasa es que a mí me gustaría ver esas grabaciones.

Lucía.- Las podéis ver juntos... Y así os podréis abrazar, y llorar...

Yo.- Vete a tomar por culo. ¿Sabes una cosa? Estoy pensando que voy a llevárselas ahora mismo...

Lucía.- Ya.

Yo.- En serio. No tengo nada mejor que hacer “ahora mismo”...

Lucía.- ¿No?

Yo.- No.

Lucía.- ¿Seguro?

Yo.- Me voy ya, Lucía. Dame esa maldita caja...

Lucía.- Venga... Estás deseando quedarte...

Lo cierto es que me sentía muy excitado. Pero no podía ser... No sé cómo explicarlo... Francés todavía no estaba muerto del todo, llevaba poco tiempo muerto... Además, necesitaba fumarme un cigarrillo... Me incorporé y me dirigí hacia la caja blanca...

Lucía tenía razón: la caja pesaba muy poco...

Lucía.- Siempre tan cobarde...

Yo.- Sí.

Lucía.- Lo peor de creer en la vida después de la muerte es comprender que ahora Francés lo sabe todo, ¿verdad?

Yo.- Me voy ya...

Coloqué la caja blanca sobre mi hombro izquierdo y recogí del suelo mi baúl de fontanero. Volví a traspasar el triángulo. Ahora ella estaba detrás de mí...

Lucía.- ¿Sabías que me obligó a abortar tres veces?

Yo.- ¿Cómo que te obligó? ¿Acaso te puso una pistola en el pecho?

Lucía.- Lo sabías, ¿verdad?

Yo.- Algo sé... Pero no entiendo eso de que “te obligó”...

Lucía.- Sabes perfectamente cómo lo hizo. No te hagas el tonto...

Yo mismo abrí la puerta. Una vez estuve fuera de la casa, llevado por una irresistible fuerza gravitatoria, di media vuelta..

Yo.- Adiós, Lucía.

Lucía.- Hasta siempre... Por cierto... ¿Pensarás en Francés cada vez que te masturbes recordando el día de hoy...?




28

Decidí de inmediato no visitar esa misma noche a Sebastián. No eran horas. Y estaba cansadísimo...

El sentimiento de culpa fue mi copiloto de camino a casa. Bueno, en términos puramente físicos el copiloto fue aquella maldita caja blanca, claro.

Joder... Eso último que había dicho Lucía parecía una sentencia. Una especie de maldición. Sin embargo, por extraño que pueda parecerte, no le di demasiada importancia en aquellos instantes. Tenía otras cosas en la cabeza.

Los semáforos iban frenando mi fuga. Y cada vez que el coche se detenía, mis ojos disparaban miradas oblicuas en dirección a la caja.

¿Y si había drogas ahí dentro? O cualquier otro tipo de mercancía que pudiera de uno u otro modo resultar peligrosa... De hecho, la caja pesaba demasiado poco para contener lo que había dicho Lucía... Y esa tía era capaz de cualquier disparate...

Mírame ahora...

Mira cómo aparco el coche cerca de mi casa. Observa cómo antes de salir del carro caigo en la tentación de abrir la caja blanca para descubrir el tesoro. Contempla mi cara de asombro cuando veo que lo único que hay dentro de la caja es una bolsa de plástico en cuyo interior se halla un botijo que me resulta tremendamente familiar...

Sólo voy a decirte que era ya la noche del lunes cuando yo caminaba hacia mi casita con una bolsa de plástico en las manos en cuyo interior se hallaban los restos calcinados de un ser humano llamado Francés.




29

¿Por qué no regresé a casa de Lucía para devolverle a esa hija de puta el regalito? Bueno... Pensé que tal vez mi cerebro trataba de utilizar esa excusa para acercarme de nuevo a ese antro y finalmente tirarme a la ex mujer de mi amigo. Además, me parecía una especie de sacrilegio andar toda la noche moviendo de un lado a otro el cadáver de Francés. Bastante se había movido ya. Por otra parte, si tenía en cuenta las cosas que me estaban pasando en esos últimos días, no resultaba extraño temer que de camino a casa de la ninfómana me parase la policía para un control de alcoholemia y terminara yo siendo sospechoso de andar por ahí profanando tumbas.

Nada, nada... Encontraría en un futuro cercano la forma adecuada de comentar el asunto con Sebastián y dejaría que decidiera él qué hacer con el botijo.

El lunes agonizaba; la semana entera que de tan sagaz forma se había ido auto configurando para transformarse a la postre en algo difícilmente olvidable, iba pronto a formar parte de mi pasado remoto.

Así, buscando ese neologismo del que te hablé hace ya varios capítulos, me aproximaba yo cabizbajo a mi guarida, hecho polvo, transportando en mis brazos aquella cosa tan horrible...

Sin duda es oportuno decir, con ánimo de resultar más preciso, que creía estar aproximándome a la madriguera... Arrastrando los pies, fumando un cigarrillo, camino de mi pijama verde, mi hogar verdadero, ese trocito de seda que se halla siempre debajo de mi dulce almohada, fresquito y bien planchado, reposando sobre una cama que por alguna razón está siempre vacía en una de las habitaciones más oscuras de mi maldito apartamento. Sí, era evidente que la presencia inesperada de las cenizas de mi amigo Francés podía entorpecer la brusquedad que deseaba yo imbuirle a tan ansiada zambullida en el verde limbo, pero no imaginas lo persuasivo que puede llegar a ser mi pijamita cuando se pone a proponerme con sus coreografías telepáticas bonitas ceremonias de cortejo y acoplamiento.

Creía que todo había terminado. Sin embargo, el pijamita de los cojones estaba más lejos de lo que yo imaginaba...

Pues al llegar a mi destino, bajo el plafón manchado de mostaza que ilumina con lasitud centrífuga el número de mi portal, allí había una silueta desvencijada que poco a poco, a medida que me fui acercando, fue tomando la forma de un hombre vestido con un poncho color marfil...

A escasos dos metros de lo que segundos antes no era sino una sombra astringente, en ese lugar y en ese instante murmuré la blasfemia más torpe que jamás se haya pronunciado en una noche lluviosa:

-¿Qué cojones hace usted aquí, Jesucristo?





30

-Le seguí el martes pasado. Lo siento, no pude evitarlo, Bengüit...

Aunque yo consideré durante algunos segundos esencial preguntarle a Jesucristo si se daba cuenta o no de que aquel acercamiento infringía las normas de la terapia, por fortuna padecí momentáneamente eso que los expertos denominan Evanescencia del Lenguaje, hecho éste que me permitió mantener la boca cerrada el tiempo preciso para comprender que a veces resulta muy oportuno quedarse calladito. Sin embargo, Jesucristo pareció no encontrar en mi silencio motivos para sentirse defraudado...

-Desde que le vi estuve seguro de que alguna vez me tomaría un rioja con usted -dijo tranquilamente.

-Eso será un problema -contesté-. No soporto el vino.

-No, yo tampoco lo bebo a menudo, no me gusta. Pero nunca me da por pensar que no seré bebedor de vino en toda mi vida. Beber un buen vino en buena compañía tiene que ser algo... Algo... No sé. Algo cojonudo, ¿no?

-A mí es que todos los vinos me parecen malos. Como no me gusta el vino...

-Sí... Además, dicen que en las barricas donde fermentan los vinos, los productores echan animales muertos. Roedores...

-Sí.

-Qué asco, ¿verdad?

-Sí.

-No es usted muy hablador... No sé si eso me gusta o me disgusta, Bengüit...

-No tiene por qué gustarle.

-Ya. En fin... Quizá le parezca todo esto un tanto precipitado, pero... Considerando que usted no tiene intención de invitarme a subir a su casa, se me ocurre preguntarle si le gustaría que fuésemos juntos a una pequeña bodega que encontré el martes pasado dos calles más abajo. ¿Conoce usted esa bodega? Se llama Hijos de Cafarnaúm...

-No.

-Claro, como no bebe... Sin embargo, el ambiente es muy agradable, se lo aseguro. Le sirven a uno brandy en unas copitas maravillosas, y hay viejos jugando al tute. Un tío hace caricaturas de los clientes de la taberna, y cuando no hay clientes dispuestos a ser caricaturizados, se pone el cabrón a dibujar con carboncillo réplicas perfectas de algunos cuadros de Sorolla... Ya sabe usted: la orilla del mar, el sol vertiendo su eco rizado sobre adolescentes en pelotas...

-Vayamos.

Hasta yo me asusté un poco al escuchar mi réplica. ¿Era yo quien hablaba? Sí. Un Yo que hasta entonces no había existido nunca: el Ente que soy Yo setenta y dos horas después de haber atropellado a un perro y...




31

No me vas a pedir ahora que te describa la jodida taberna, ¿verdad?

Recuerdo el olor del vino. Asfixiante. Y me acuerdo también de que no había dónde posar el culo. Todas las banquetas estaban ocupadas por viejos que parecían sacados de fotografías color sepia. Tuvimos que quedarnos de pie, apoyados en la barra. Vi que Jesucristo no paraba de lanzar miradas tangenciales a mi bolsa de plástico mientras pedía al camarero las dos primeras copitas de brandy...

-¿Puedo preguntarle qué lleva usted en esa bolsa, Bengüit?

-Nada. Un regalo.

-Ah... Es que antes, y perdóneme por ser curioso, no pude evitar echar un vistazo al interior de su bolsa... Y... ¿Qué quiere que le diga? Me pareció ver un botijo.

-Claro.

-¿A quién va usted a regalarle un botijo, Bengüit?

-Es un regalo que me han hecho a mí.

-¿Le han regalado un botijo?

-Sí... La ex mujer de un amigo mío.

-Joder. Vaya...

En fin, ya ves... Jesucristo era insoportable. Quiero decir que seguramente me habría resultado insoportable de no ser porque aquello a lo que en aquel lugar llamaban “Brandy” poseía unas cualidades narcóticas ciertamente rotundas. Y Jesucristo no paraba de hablar...

-A mí, volviendo al tema de los animales... Es que me llevan los demonios... Dejé de ponerme jerséis de lana porque me pasaba el día entero pensando en ovejas. Deseando en el fondo ser una maldita oveja... Descubrí mucho acerca de mis tendencias sexuales, obviamente, pero estuve a punto de meter una de mis piernas en el horno para asarla.

Llegó el tipo que dibujaba caricaturas. Era sordomudo. Con gestos me preguntó si tenía algún inconveniente en ser su siguiente víctima. Le dije que hiciera lo que le diese la gana...

-Podríamos tutearnos, ¿verdad, Bengüit?

-Por mí sí.

-Menos mal... Joder, se me acaba el brandy...

Jesucristo pidió otras dos copas. El tabernero canturreaba mientras servía el licor y mi nuevo amigo se levantó de pronto los faldones para enseñarme una cosa que llevaba cosida a la cintura de su pantalón vaquero.

-Mira, Bengüit... ¿Ves esta zanahoria?

Sí. Desgraciadamente, veía la maldita zanahoria...

-Llevo siempre conmigo una zanahoria por si me quedo sin tabaco. Te puedes quedar sin tabaco en muchas circunstancias, ¿verdad? No sé, imagínate que te secuestran... Si se te acaba el tabaco, ¿qué haces? O si no te dejan fumar los secuestradores... Porque a lo mejor piensan que vas a prender fuego al colchón de mierda que te han puesto en el zulo... O sospechan que vas a quemarte a lo bonzo, yo qué sé...

-¿Y qué tiene que ver la zanahoria?

-Sabía que me preguntarías eso, hermano hermeneuta... La zanahoria es un símbolo. El día que me la coma será el día en que deje de fumar.

-Ah.

-No eres muy perspicaz, ¿verdad que no, tío?




32

-¿Sabes una cosa? Me llamo Jesús...

Eso no cambiaba sustancialmente nuestra relación, aunque hubiese preferido seguir ignorando el verdadero nombre de aquel papagayo. Iba en contra de las reglas ¿no? Además, conocer el nombre de mis compañeros significaba en cierto modo arrancar de sus cabezas la máscara con que cada uno de ellos me protegía, tal vez involuntariamente, de las incomodidades que lleva aparejadas todo proceso cognitivo.

-Elegí como seudónimo “Jesucristo” pensando en escandalizar a mis compañeros de terapia, pero fracasé. Fíjate... En principio estuve tentado de llamarme “Tres Tristes Monjas”; sin embargo, me eché atrás en el último instante, cuando recordé lo que mi amigo Nicolás y yo, siendo adolescentes, les hacíamos a las monjas siempre que nos cruzábamos con alguna de ellas por la calle.

-¿Tan malo era lo que les hacíais?

-Suficiente como para pensar que ya había hecho todo lo que pudiera una persona como yo hacerle a una monja... No abras esos ojos, tío... Ya te he dicho que éramos tan sólo dos adolescentes...

-¿Levantabais sus hábitos?

-No, hombre, no... He dicho que éramos adolescentes, no que fuésemos unos pervertidos... Nos acercábamos a ellas por detrás y, cuando menos lo esperaban, les decíamos al oído: “Soy el demonio”... Así, poniendo voz de endemoniados... “Soy el demonio...”

Jesucristo se echó a reír entonces. Mientras reía indicó al camarero con el dedo índice de su mano derecha que su copita volvía a estar vacía. Y cuando se le marchitó aquella hilaridad inconsolable, el tío siguió hablando...

-Algunas se pegaban unos sustos de puta madre, Bengüit... Salían corriendo, y nosotros nos descojonábamos... Hasta que un día, sin venir a cuento, me dio por pensar que, tal vez, yo era el demonio realmente. Joder, tenía trece años y lo único que hacía en la vida era darles sustos a las monjas. Se lo comenté a Nicolás... Era un intelectual, el cabronazo... Me aseguró que no sólo yo era el demonio, sino que todos los humanos lo somos. Que somos el ángel caído, aunque no nos demos cuenta. Y me dijo que había leído los textos sagrados y que podía confirmar que no se hacía ninguna referencia a que el demonio no tuviera sentido del humor. Era un cabrón, Nicolás, ¿eh? Luego el tío escribió un ensayo extensísimo en el cual analizaba qué tiene de gracioso eso de pegarle un susto a una monja...

Otra copita, ¿no?




33

-Bueno... ¿Y qué te pareció la película, Bengüit?

-¿La del Pis de Pony?

-Claro. No voy a estar preguntándote si te gustó “El Planeta de los Koalas”.

-La película me pareció divertida.

-Joder. ¿Sí? Pues a mí me pareció una tomadura de pelo.

-Puede ser...

-Ponte a observar cualquier película o a leer cualquier libro pensando que se trata de una metáfora diseñada o estructurada con la intención de hacerte dejar de fumar. Hasta en la Biblia encontrarías esas claves de las que nos habló Herbert Montejano...

-Ya lo he pensado. Estoy de acuerdo, pero... Precisamente eso me resulta lo más interesante de todo...

-Tonterías, Bengüit... Dejar de fumar es imposible. ¿Sabes por qué? Pues porque esa entidad a la que llamamos “Dejar de Fumar” no existe, amiguete. Yo dejo de fumar, por así decirlo, todas las noches. Me paso siete horas seguidas sin fumar. Lo que pasa es que cada mañana vuelvo. Ese es el verdadero problema: no volver a fumar. Es un error de base, de concepto...

-Viene a ser lo mismo, de todas formas...

-Qué va... Por Dios, son cosas totalmente distintas... Dejar de fumar es muy sencillo; sin embargo, no volver a fumar nunca, eso es complicadísimo... En tus genes está escrito que eres propenso a adquirir determinados hábitos. Se trata de una marca indeleble, para toda la vida. Eres Tú, y no puedes desembarazarte de ti mismo así por las buenas. Ya has demostrado tu propensión a ser fumador. Esa proclividad te acompañará siempre... No, no es que te acompañe: es que Tú eres la Proclividad. ¿Me sigues, Bengüit?

-No estoy seguro.

-Da igual. ¿Sabes? A veces pienso que los fumadores somos una variante de la especie humana que se extinguirá por selección natural.

Volví a sonreír. Quizá el brandy estaba jugando a hacerme sentir un cierto afecto por aquel perturbado...

-¿Conoces la historia de la mantis religiosa albina, Bengüit?

-Creo que no.

-Darwin te mataría, tronco... ¿Es que no ves documentales?

-Procuro verlos, pero me aburren soberanamente.

-Ya... Pues mira... La otra tarde pusieron un documental en la tele según el cual, en las orillas de una charca cuyas coordenadas fortuitamente olvidé, viven desde hace miles de años unas espectaculares flores de pétalos blancos. Allí hacen su vida insectos de todo tipo, masacrándose los unos a los otros sin reparar en eufemismos idiotas que pudieran entorpecer sus espléndidas relaciones con la armonía cósmica... También está llena la zona de anfibios y reptiles que se alimentan de los insectos, claro... Ocurre que, de igual modo que a veces pasa en otras especies, las mantis generan con frecuencia herederos que llevan consigo algún tipo de malformación, defecto o simplemente atributo genético... Hubo en su día una mantis que nació albina. Totalmente blanca, como las flores que ribeteaban el lago. Ese ejemplar fue el único que sobrevivió a un desajuste del ecosistema. Unos hombres que pasaban por allí decidieron cargarse a todas las serpientes que encontraron. Las mataron a todas. Esas serpientes se alimentaban de los anfibios. Éstos, al no estar sometidos a la tiranía de sus depredadores, empezaron a reproducirse descomunalmente y a requerir más y más alimentos. Los insectos fueron exterminados. Solo quedó aquella mantis albina a la cual ninguna rana divisó, perdida como estaba entre las flores blancas. De las crías de esa mantis solamente sobrevivieron aquellas que habían heredado la... ¿se dice “albinez”?

-Ni puta idea.

-No importa. Creo que ha quedado claro lo que quería explicarte.

-Sí. Los fumadores, los que llevamos el gen que nos hace proclives a fumar, tendremos menos descendientes que los que no llevan el gen. Porque muchos de los que fumamos moriremos antes de habernos reproducido. De nuestros descendientes, los que no hereden el gen serán más longevos y fértiles... Y así sucesivamente...

Jesucristo estaba bebiendo. Sufrió una especie de espasmo en ese instante que le hizo escupir la bebida por la nariz. Estuvo tosiendo medio minuto. Cuando finalmente pudo respirar, aún entre toses y suspiros angustiosos, me miró con aire alborozado y masculló:

-Joder, Bengüit..., me cago en la mar... Eso era exactamente lo que quería decir yo, coño...

El sordomudo había terminado ya su trabajo. Me lo mostró al tiempo que su sonrisa emitía graznidos inconexos. Ahí estaba mi cara, efectivamente, sumergida en una bruma espectral, con un cigarrillo pegado a los labios.




34

Cuando abandonamos Cafarnaúm ninguno de los dos tenía un control absoluto de su propio equilibrio. Jesucristo, desde luego, había perdido por completo el dominio de su motricidad. Iba tambaleándose, chocando continuamente contra mi hombro derecho, agarrándose a mi brazo para no caer de bruces al suelo de mi calle. Tampoco su lengua le funcionaba del todo bien, aunque en eso debo ser sincero y admitir que tampoco funcionaba del todo bien la mía... Además me había dado hipo...

-De todas formas, Bengüit -dijo mientras yo contenía la respiración-, no vayas a creer que intento convencerte de que abandones la terapia...

-¿Ah, no?

-Claro que no. ¿Cómo piensas que iba yo a hacer eso, hombre? Podría considerarse homicidio involundatario... Involuntario...

-¿Perdón?

-Coño, Bengüit... Montejano está ofreciéndote el elixir de la Vida. No voy a ser yo quien te aconseje no aceptar dicho regalo. ¿Y si te curas? ¿Eh? El viejo me dijo que aproximadamente el noventa y cinco por ciento de los pacientes se curan.

-Qué va...

-Pues te juro por Dios que me lo dijo.

-No, si a mí también me dijo algo del noventa y cinco por ciento... Pero creo que se refería a otra cosa.

-Bueno, yo sé lo que me dijo a mí, pero por supuesto no puedo saber qué te dijo a ti...

-En cualquier caso... No me creo yo eso del noventa y cinco por ciento.

-Sí, es posible que mintiese, o que estuviera exagerando... Pero eso no quiere decir que no pueda curarse nadie gracias a su terapia.

-Ya.

-Y ese alguien podrías ser tú.

Jesucristo se echó a reír cuando contempló el gesto de incredulidad que se instalaba en mi cara.

-Joder -dijo entonces-... Es que el maldito sordomudo ha captado precisamente esa expresión, macho. Esa cara de imbécil...

-La verdad es que pinta muy bien.

-Y eso que no le has visto pintar los cuadros de Sorolla. Los pinta mejor que el propio Sorolla, en serio. Pinta los cuadros de Sorolla como Sorolla hubiese querido pintarlos. Ya sabes... A ningún artista le es posible reflejar de modo exacto en sus obras lo que pretendía reflejar. El artista piensa la obra, pero no consigue nunca plasmar con toda exactitud la obra imaginada. Ahí es donde tipos como el sordomudo entran en acción. Este tipo admira mucho a Sorolla, y ha dedicado su vida a tratar de imaginar qué obra fue la que imaginó exactamente Sorolla antes de ponerse a pintar cualquiera de sus lienzos. ¿No te parece fascinante? Es como una especie de "médium"... ¿Recuerdas “El Balandrito”?

-¿El qué?

-“El Balandrito”. Un cuadro de Sorolla.

-No.

-Pero conoces la obra de Sorolla, ¿no?

-Pues no mucho, la verdad.

-Da igual. Yo pienso que al pintar ese cuadro, Sorolla empleó demasiado tiempo en configurar la transparencia del agua... Otro ejemplo: “La Bata Rosa”. Seguro que Sorolla pretendía hacer más visible la sonrisa de quien está de espaldas, por eso pintó demasiado palmaria la sonrisa de la persona que vemos de frente...

-¿Y cómo sabes tú eso?

-No lo sé. Lo imagino, simplemente.

-Ah.

Habíamos llegado por fin a mi portal. La noche seguía ululando...

-De todas formas -concluyó Jesucristo mientras yo sacaba de mi bolsillo las llaves de casa-, Sorolla es un pintor que a mí me encanta. Me parece una maravilla, es verdaderamente increíble lo que consigue hacer. Esa limpieza deslumbrante con la que pinta... Veo que necesita muy pocas pinceladas; es todo directo, sin correcciones, sin manoseo. En muchos casos, hasta el lienzo en blanco "está pintando", sin necesidad de color. Las pinceladas justas y el color justo. La luminosidad, la transparencia...

-Estoy más borracho de lo que pensaba -dije yo entonces, al comprobar que me resultaba imposible meter la llave en el ojo de la cerradura.

-Sí, los dos estamos bastante borrachos -aseguró Jesús jovialmente-. Pero, en fin... Mañana un poco de resaca y ya está.

-Sí.

-Bueno, Bengüit. He pasado un rato muy agradable. Espero que volvamos a vernos...

No contesté. Por fin había conseguido abrir la maldita puerta. Mientras subía las escaleras no podía dejar de preguntarme dónde cojones iba a colocar las cenizas de mi amigo.



Fin del Capítulo V


Capítulo VI

El Pabellón T




35

El pabellón T, sí...

En esta ocasión llegué antes que los demás. Llevaba en la mano mi carpeta negra y en lo más profundo de mis glándulas una resaca merecedora de toda clase de elegías fonoarticulatorias y espectrográficas. Y, sin saber muy bien cómo, me encontré de pronto alojado en un barracón de dimensiones descomunales, medidas que se me antojaron algo desproporcionadas teniendo en cuenta que sólo éramos cinco personas, además de Herbert Montejano, los que supuestamente íbamos a pasar el rato allí esa tarde. Imaginé que aquella madriguera habría sido diseñada probablemente en otros tiempos, alguna época en la cual el negocio aquél había sido más próspero, seguramente con anterioridad a que Montejano fuera encarcelado.

Por lo demás, decir tan sólo que el Pabellón T tenía curiosamente forma de T mayúscula; que las bombillas halógenas situadas detrás de los estores simulaban la caída de la tarde; que estaba aislado del mundo por unas paredes de asbesto totalmente incombustibles... Y que el fuselaje de la T estaba lleno de divanes negros colocados en posición perpendicular a las paredes, como si fuesen las costillas de un animal gigantesco... Algo que irremediablemente te hacía sentir en el interior de un manicomio.

Me senté en uno de los divanes y esperé a que llegasen mis compañeros de terapia.

Había guardado el botijo que contenía las cenizas de Francés en mi vieja lavadora. Lo metí allí cuando llegué casa, totalmente borracho, la noche anterior. Yo qué sé, me pareció el lugar más adecuado... Y aquella mañana la había pasado ocupadísimo en vomitar bilis y prepararme infusiones... Demasiado como para ponerme a pensar en que tenía un cadáver metido en ese jodido cacharro...

El hombre que se hacía llamar Jesucristo no vino aquel día. Al parecer había sido sincero cuando habló del exiguo crédito que otorgaba a esa extraña terapia. O tal vez había dejado de fumar ya, y no necesitaba más sesiones, quién sabe.

Los otros tres sí acudieron a la cita, todos con el análisis a cuestas y con cara de no estar muy seguros de qué demonios pintaban ellos allí. Se acomodaron en los divanes...

-Jesucristo no viene hoy -dijo Aníbal-. Os lo garantizo. Ese no viene más...

-Mejor -observó Astrid encendiéndose un cigarrillo-. Mejor que no venga. No soporto a la gente que se queja por todo. Yo quiero dejar de fumar y la verdad es que siento una cierta curiosidad por saber adónde nos conduce todo esto. Lo que menos me apetece es tener al lado a un tío tan negativo.

-Sí, eso es cierto -convino Aníbal mientras sacaba del bolsillo interior de su americana un paquete de tabaco-. Una persona tan desconfiada y pesimista no es precisamente lo que necesitamos tener a nuestro lado en estas circunstancias. Además, no sé de qué coño se quejaba... Si le hubiesen hecho pagar lo entendería, pero...

-Pues a mí me cae bien -dijo Larry-. Yo creo que su sarcasmo es más un mecanismo de defensa que otra cosa. Creo que él no confía en sí mismo, en su capacidad para dejar de fumar...

-Es posible -murmuró Aníbal-. Pero eso ya es hilar demasiado fino...

Yo no dije nada referente a la ausencia de Jesucristo, y aún menos acerca de su inesperada visita de la noche anterior. Me pareció lo más prudente... Ahora estábamos los cuatro fumando. Allí, recostados en los divanes negros del Pabellón T, fumando y tosiendo...

-¿No hay ceniceros aquí?

Esas fueron las primeras palabras que pronuncié. Y aquellas palabras desataron una infructuosa y grotesca búsqueda que cualquier espectador objetivo habría seguramente confundido con un homenaje algo obsceno a la motricidad del hombre de Atapuerca. Aquello concluyó cuando Astrid dijo: “Pues habrá que tirar las colillas al suelo... Total, en ningún momento se nos ha dicho que no podamos fumar aquí...” Miramos a las paredes para asegurarnos de que efectivamente no había ningún tipo de advertencia. No había nada, parecía evidente que allí se podía fumar. Astrid tiró su cigarrillo al suelo y todos la imitamos. Volvimos entonces a refugiarnos en nuestros respectivos divanes.

-¿Y cuándo va a venir Montejano? -se preguntó Astrid en voz alta, en un tono que apuntaba impaciencia- Tengo cosas que hacer...

-La verdad es que Montejano tan sólo nos sugirió que viniéramos al Pabellón T -dijo Larry-; no especificó que fuese a participar él en la reunión.

-Es cierto, pero, según veo, todos hemos traído el trabajito que nos mandó hacer -subrayó Aníbal-. Es lógico suponer que...

En ese instante, procedente de las alas de la T, apareció Herbert Montejano.

-Buenas tardes, señores...




36

-Déjenme que les diga un par de cosas antes de empezar la sesión -juntó sus manos en un ademán inequívocamente religioso-. Verán... En primer lugar, debo informarles de que su compañero, el hombre que se hacía llamar Jesucristo, lamentablemente, ha fallecido...

Nos quedamos estupefactos, como entenderás, aunque creo que secretamente ninguno de nosotros dio total crédito a esa noticia. También pienso que los cuatro sentimos al unísono el deseo de que Montejano comentase que el tal Jesucristo había muerto atropellado por un camión, o como consecuencia de un acto terrorista. Pero Montejano no quiso sacarnos de dudas.

-De todas maneras -continuó-, estaba pensando en expulsarle de la terapia. ¿Por qué? Pues porque no había respetado las reglas. Se hizo llamar Jesucristo, y él era sacerdote.

-Joder -masculló Aníbal-. Pues estábamos aquí poniéndole a parir hace sólo cinco minutos.

-Pero no irán ustedes a sentirse mal ahora por eso...

Un poquito sí, diría yo. Enterarse uno de que ha estado criticando alegremente a un muerto resulta cuanto menos algo embarazoso. Y si hablamos de mí... En efecto, la incipiente relación de amistad que se había forjado entre Bengüit y Jesucristo, instituida y articulada por narcóticos y miasmas, apenas latía ya de manera lánguida en mis sienes como pudiera hacerlo cualquier otro sueño irrelevante. Creo que en el fondo me sentí aliviado al pensar que aquel tipo tan raro era ya pasto de organismos carroñeros. Sin embargo, ciertas dudas germinaron en mi pensamiento: ¿había muerto Jesucristo antes o después de visitarme? ¿Lo enterrarían con la zanahoria a cuestas? Si efectivamente era sacerdote... ¿qué tipo de doctrina maniquea podía ese tío haber estado suministrando a todos aquellos que...?

-¿Cómo puede usted conocer nuestros seudónimos, señor Montejano? -Preguntó súbitamente Larry, interrumpiendo mis reflexiones y haciéndonos a todos caer en ese detalle-. ¿Hay cámaras ocultas, o algo así?

-Claro, hombre -respondió Montejano sonriendo-. No me creerá usted capaz de adivinarlo...

-Ya. Es que... Fíjese... No sé si me gusta mucho eso de que haya cámaras -dijo Larry-.

-Esa es “la otra cosa” que quería decirles antes de comenzar la sesión, amigos míos. Comprendo que les haga sentir algo incómodos la existencia de esas cámaras, pero les aseguro que son necesarias. Algún día lo entenderán. En cualquier caso, pensé que debía comentárselo a ustedes.

-Además -insistió Larry en sus inquietudes-... ¿Cómo se ha enterado usted de que Jesucristo ha muerto?

-Ah, eso... Bueno... Eso es algo que carece de importancia de momento.

-Qué más da -dijo Astrid, en cuyos ojos se atisbaba un brillo mórbido que imaginé dedicado a la memoria de Jesucristo-. Qué más da todo... Si le digo la verdad, casi hubiese preferido seguir ignorándolo...

-Ya, querida Astrid. De hecho, estuve sopesando la posibilidad de decirles a ustedes que Jesucristo había abandonado la terapia por otros motivos; que había dejado de fumar, por ejemplo... Sin embargo, ustedes podrían haberse enterado casualmente de...

-Me refería a lo de las cámaras -interrumpió Astrid poniendo cara de indiferencia, mirándose las uñas...

Se produjo entonces un silencio que conceptualmente parecía emparentado con cualquier interregno fisiológico de proporciones indefinidas. Montejano ya había dicho ese “par de cosas” que tenía que decirnos, y se había quedado tan ancho. Quizá no fuese muy consciente del efecto que sus palabras habían causado en ese maldito Bengüit que le escuchaba pertrechado tras su máscara de humo. ¿Lo de las cámaras...? En fin, no es que aquello no me gustase; simplemente encontraba odiosa la posibilidad de estar siendo filmado, y por más vueltas que le daba en mi cabeza a dicho infortunio me resultaba imposible adivinar el uso que podría hacer un tipo como Herbert Montejano de aquellas grabaciones. Por otro lado, eso de que Jesucristo hubiese muerto, aunque no me lo creyese del todo, no era un pensamiento que me llevara precisamente a respirar la voz del espliego.

-En fin, no pensemos más en esas cosas -dijo Montejano entonces en tono displicente-... Al fin y al cabo, ni siquiera se habían dado ustedes cuenta de que había cámaras ocultas... Y con respecto a lo del pobre Jesucristo... Sí, efectivamente es triste, pero... No le conocíamos de nada, y parece ser que a ninguno de nosotros nos caía bien del todo... Fumaba mucho...

Aquella broma tan británica no tuvo como consecuencia que Herbert Montejano se ganarse alguna molécula más de nuestra común simpatía. Demasiado cínico... Encendí otro cigarro... Y Astrid también, aunque ella le preguntó a Montejano si podía hacerlo...

-Como hemos visto que no hay ceniceros -añadió-, pues llegamos a pensar que tal vez no estuviese permitido fumar aquí...

Montejano esbozó una sonrisa muy significativa.

-Querida Astrid, ahora que lo dice, y perdóneme si le resulto demasiado brusco... ¿Dejaría usted de fumar si no hubiese ningún cenicero en su casa?

-No. No creo que lo dejase. Me compraría ceniceros, supongo.

-Sí, sí... Claro. Pero imagine que no puede comprar ninguno. ¿Tiraría usted las colillas al suelo?

-Claro que no. Las tiraría al váter, digo yo...

-Ah... Iría usted al cuarto de baño cada vez que le apeteciese fumarse un cigarro.

-No sé... Me imagino que utilizaría un plato, o algo... Hasta que pudiera comprarme un cenicero.

-Si se prohibiese por alguna razón la venta de ceniceros... Mejor aún: si hubiera que sacarse algún tipo de licencia para comprar un cenicero, como pasa con las armas de fuego... ¿Se sacaría usted esa licencia, Astrid?

-No lo sé... Más bien creo que usaría algún cacharro viejo como cenicero.

-Permítame dudarlo, Astrid. No creo que sea usted la clase de mujer que recibe a sus visitas con la casa llena de platos o vasos viejos llenos de ceniza y colillas repugnantes...




37

Vaya, aquello empezaba a parecerse a una terapia. Por fin... Aunque la verdad es que durante unos segundos me sentí algo ridículo por haber trabajado tan concienzudamente en mi análisis... Todo era mucho más sencillo. Demasiado simple, de hecho. Una suma de dulces hipérboles identificadas con nuestra adicción, ejemplitos diseñados para oligofrénicos, gilipolleces cuyas interrelaciones pudieran finalmente hacernos sentir grotescos cada vez que encendiésemos un cigarro. No me gustaba la idea. Sólo faltaba que nuestro guía espiritual nos largase de pronto algún otro tópico idiota, quizá la historia de ese hombre o esa mujer que llega con su sueldecito a casa y prende fuego a unos cuantos de esos billetes que tanto esfuerzo le ha costado conseguir... Por fortuna, Montejano puso de manifiesto en seguida que no iban por ahí los tiros.

-Es una broma -dijo-. Pueden ustedes utilizar este suelo tranquilamente. Es arcilla. Y ya que hablamos del barro y sus múltiples usos, díganme... ¿Qué les pareció la película? ¿Han hecho ustedes el trabajo que les pedí?

Sí, aquello me recordaba mucho al colegio. La sensación era idéntica, y mi respuesta muy similar también... Empecé a buscar un escondite para mis ojos y para mi respiración. “Que no me pregunte a mí...” Ya sabes, ¿no? Me sentía francamente mal. Mi resaca seguía viva, pero Jesucristo había muerto... Y en mi lavadora yacía el cuerpo desintegrado de Francés...

-No pretendo hacerles pasar un mal rato -dijo Montejano entonces, quizá percibiendo mi horrible incomodidad-. En realidad, no hace falta que lean sus análisis. Lo que quiero es que a cada uno de ustedes les sirva como una especie de guión; sólo necesitamos las ideas...

-Si le digo la verdad -comentó Astrid, que parecía la más audaz de los cuatro-, mi opinión acerca de la película es bastante negativa. Me resultó grosera y machista.

-¿Ah, sí? ¿Por qué machista?

-Hombre... El personaje de Alicia... No es que los dos hombres, por llamar de algún modo a esos dos energúmenos, traten a la chica como si no existiese: me refiero a que la obra en sí misma es la que repara en Alicia sólo cuando no hay más remedio. Parece una parte del decorado...

-Bien, es una forma de verlo -murmuró Montejano-. Aunque yo no estoy muy de acuerdo con ese parecer. A mí, el personaje de Alicia me parece esencial.

-Es la más importante de todos -dijo de pronto Aníbal-. Yo lo veo totalmente al contrario que usted, Astrid. Los dos tipejos son un par de idiotas; solamente Alicia mantiene una cierta coherencia a lo largo de la película.

-Ya, pero finalmente aceptó el jodido anillo...

-Lo aceptó, es cierto -observó Montejano-. Pero... ¿Por qué lo aceptó? ¿Qué fue lo que le dijo Dimas para por fin convencerla de que lo aceptase? ¿Alguno lo recuerda? ¿Bengüit?

Cuando dijo “Bengüit” noté que su voz entonaba subliminalmente un fragmento del “Suoni la tromba” de Bellini. Lo que no habría disfrutado el cabrón al comprobar que no se me había ocurrido ningún alias mejor que “Bengüit”. Esperó mi respuesta sonriendo. Esperó. Esperó inútilmente. Yo no me acordaba en ese instante de lo que había dicho el Dimas aquél. Y, si vamos a eso, no me parecía que ese jodido asunto tuviese la más mínima importancia.

-¿Y usted, Larry? ¿Lo recuerda usted?

Larry hizo un gesto negativo con la cabeza. Montejano sonrió entonces con aire condescendiente.

-No es un examen, señores. Sólo quiero ver si en el cambio de opinión de Alicia podemos encontrar alguna de las claves que andamos buscando... Son ustedes los que tienen que hallar esas claves, no yo.

-Yo creo que encontré una -dijo Aníbal súbitamente, mientras parecía buscar dicha clave entre sus papeles-. Creo. Además tenía relación con el asunto del anillo. A ver si la encuentro ahora... Sí... Aquí está... Hay un momento de la película en el que el tal Dimas dice algo así como “No crea que va a tener muchas más oportunidades en su vida de que alguien le regale un anillo tan caro a cambio de nada...”

-Tan bonito y tan caro -le rectificó Montejano poniendo un gesto de gran interés-. Continúe, Aníbal...

-Pues eso. Que, como bien indica Dimas, la posibilidad de que alguien le regale a uno por las buenas algo carísimo a cambio de nada es francamente remota. Sin embargo, dejar de fumar es una especie de regalo que nos hacemos a nosotros mismos, y un regalo multimillonario, si nos ponemos a pensarlo. Porque yo, por ejemplo, tengo cuarenta y tres años; en los próximos veinte años, si no me muero por el camino, voy a gastarme veintinueve mil trescientos euros en tabaco... No, no... Me gastaré bastante más, porque en este cálculo se me ha olvidado tener en cuenta las subidas del precio del tabaco, que probablemente serán numerosas y escalofriantes...

-Y ante la eventualidad de hacerse usted ese maravilloso regalo, Aníbal... ¿Sería usted capaz de decirse a sí mismo: “No puedo aceptarlo”?

-No debería, desde luego.

-Es interesante -dijo Montejano clavando su mirada fría en las paredes del barracón-. Veo que el aspecto que más le preocupa a usted relacionado con su drogodependencia es el descomunal gasto de dinero que tiene que afrontar. Y está bien, no crea que se lo estoy reprochando. Desde luego, se trata de un aspecto relevante. Lo es. Pero yo me estoy preguntando algo... Si alguien decidiese regalarle a partir de hoy todas las cajetillas de tabaco que vaya a fumarse usted durante el resto de su vida, Aníbal... ¿Se plantearía en ese caso dejar de fumar?

-Hombre, es seguro que me lo plantearía desde una perspectiva diferente.

Larry se echó a reír, como casi siempre. Sí, era un tipo muy risueño. Yo también esbocé una sonrisa turbia. Pero Montejano parecía no encontrarle la gracia al comentario de Aníbal. Se le quedó mirando fijamente, sin apenas pestañear...

-Entonces -comenzó con un tono de voz inquisitivo-... De un lado, alguien le ofrece sufragar sus gastos en tabaco durante el resto de su vida; y, al mismo tiempo, otro alguien le ofrece un elixir mágico que hará esa vida suya más larga y placentera... Tiene que elegir entre el tabaco gratuito y el elixir de la eterna juventud, gratuito también... Y aún así, usted dice que tendría que pensárselo.

Aníbal se tomó unos segundos para preparar su réplica:

-Oiga, los que no fuman también envejecen y mueren.

-Por supuesto.

-Y algunos de ellos mueren de cáncer de pulmón, según tengo entendido- puntualizó Larry.

-También eso es cierto -dijo Montejano-. El cáncer, como ustedes sabrán, no es una enfermedad. Podría decirse, incluso, que todos tenemos cáncer, aunque en un estado latente. El cáncer consiste básicamente en la multiplicación desordenada y desenfrenada de nuestras células. Todos tenemos células y todas ellas están sujetas a la posibilidad de, como ya dije, multiplicarse de modo caótico... El hecho de que esto finalmente suceda o no suceda, eso depende en buena medida de la proclividad que nuestro código genético le adjudique a nuestras células para hacerlo. Ahora bien... ¿Quiere eso decir que no existen factores externos que favorezcan la aparición de tumores malignos incluso en personas que no son genéticamente proclives a generarlos?

-Ya... -replicó Aníbal. Sacó en ese instante de nuevo su paquete de tabaco y se lo mostró a Montejano-. Mire, señor Montejano... Llevo años leyendo en estos paquetitos información acerca del horrible daño que le hago a mis pulmones y a mi sistema circulatorio cada vez que enciendo un cigarro. Pues verá... Saber todo eso no me ha servido nunca de gran ayuda.

-Por favor, Aníbal -dijo Montejano-. No quiero que me vea usted como uno más de los mensajes impresos en las cajetillas de tabaco. De hecho, creo que esta es la última alusión que haré al perjuicio que produce el tabaco en nuestra salud y en la de los que nos rodean -dijo esto último de modo enfático, entrecomillándolo fonéticamente-... Esos mensajes que ponen en las cajetillas son detestables. Deberían poner: “Dejar de fumar es simplemente cojonudo...” Sí... Sí, sí... Fíjense, hay algo que no entiendo... Lo único preciso es que estén ustedes seguros de que desean dejar de fumar. Si dicho deseo es sincero, entonces el sueño se hará realidad. No lo duden. Porque cuando vayan a encender un cigarrillo estarán expuestos a dos deseos contradictorios: por un lado, el deseo de inhalar todo ese humo que su cigarrillo les promete, y con ese humo las sustancias a las que son ustedes adictos; por otro lado, aparecerá el deseo de no hacerlo, de no encender esa cosa que no aporta nada bueno a sus vidas. Todos somos adictos a este deseo, pues se trata ni más ni menos de nuestro instinto de conservación. Es una adicción genética, algo a lo que ni el más intrépido de los seres vivos puede dominar o poner cortapisas. Pienso que...

Herbert Montejano se puso en pie y comenzó a pasearse a lo largo y ancho del hangar acariciándose la perilla con aire muy pensativo.

-Exacto, sí -murmuró como si estuviese reflexionando en voz alta-. Es eso lo que no llego a comprender... Porque, claro... Ustedes quieren dejar de fumar; si no quisieran es obvio que no estarían aquí... Y dejar de fumar es algo tan sencillo como no encender el próximo cigarro. Eso es algo que se puede hacer, ¿no? Evidentemente. Si dejar de fumar dependiera de alguna otra cosa... Si requiriese algún tipo de entrenamiento, por poner un ejemplo... En tal caso podría darse la posibilidad de que alguien que deseara dejar de fumar no pudiese hacerlo. Pero no es así. Ustedes pueden dejar de fumar. Sin embargo, no lo hacen... Sólo se me ocurren dos cosas: puede ser que en realidad no quieran dejarlo; creen que sí lo desean, por las razones que todos conocemos, pero internamente, de un modo inconsciente y totalmente irracional, no quieren dejar de fumar... La otra solución que le encuentro al enigma es mucho más sobrecogedora: no sólo pueden dejar de fumar sino que además quieren hacerlo en todos sus niveles de conciencia... Lo que ocurre entonces es que “creen” que no pueden. Dios bendito, eso raya con la esquizofrenia...




38

Aníbal suspiró en actitud cansina cuando Montejano dejó de hablar. Tuve la sensación de que ese tipo comenzaba a perder las pocas esperanzas con las que había llegado al Pabellón T aquella tarde.

-La verdad es que yo creo que sí puedo dejarlo, señor Montejano -afirmó entonces-... Lo que pasa es que tengo bastante claro que se equivoca usted cuando dice que me va a resultar fácil.

-No, no -objetó Montejano dirigiéndose a todos-... ¿He dicho yo eso? Nunca. Eso es lo que dice el querido Allen Carr. Pero yo no. Por Dios, no vayan a interpretar mal mis palabras, perderemos mucho tiempo si lo hacen. Yo tampoco creo que vaya a serles fácil. Para expresarlo con toda corrección: no les está siendo fácil. Están ustedes aquí, en las oficinas de un bicho raro, a varios kilómetros de sus respectivos hogares, en un lugar donde otros han muerto...

Silencio absoluto. Montejano dejó que pasasen unos segundos antes de continuar con su discurso, recorriendo las lagunas intercostales del Pabellón T con una expresión en el rostro que me pareció casi lasciva.

-Bueno, eso último fue una broma -señaló cortésmente-... Pero lo que les dije es cierto. Ustedes ya están intentando dejar de fumar, y les está resultando difícil. A las pruebas me remito. Están tratando de cazar un conejo en el maldito centro de Manhattan... Fíjense... Yo encontré una clave muy graciosa en la película que vimos. Cuando llegó el instante en que ese tal Dimas le ofrecía a Tiburón Antoine el antídoto para el pis de pony... El tonto de Antoine prefirió pensar que no estaba envenenado antes que probar el antídoto.

Aníbal soltó un resoplido elefantiásico.

-Joder. Como para probarlo...

-Pero si era su propia vida lo que estaba en juego, amigo Aníbal... Ya, ya lo sé... En el fondo todos pensamos que, a fin de cuentas, Tiburón Antoine estaba perdiendo su vida de una forma lenta y dolorosa encerrado en ese despacho infernal. Pero se supone que lo hace porque no se da cuenta de que la vida va pasando. Sin embargo, en el momento en que recibe la agresión química de su enemigo, en ese instante sí se despierta su instinto de conservación. Se asusta. ¿Por qué entonces es tan reacio a tomar el antídoto que supuestamente retrasará indefinidamente su muerte? ¿Es que no le importa su vida? Si fuese la suya, Bengüit, ¿qué habría hecho usted?

No me costó mucho contestar, tenía bastante claro lo que yo hubiera hecho en semejante coyuntura...

-Creo que habría utilizado el abrecartas.

-Brillante, Bengüit. Bien. Muy bien. Ahora dígame una cosa: ¿Qué instinto cree que es más acusado en el animal humano, el instinto de conservación de su propia vida o el de la conservación de la especie?

-El de su propia vida.

-¿Sí? ¿Está usted seguro?

Astrid salió en mi ayuda entonces, pienso que con ánimo de volver a sentirse protagonista.

-Yo sí lo estoy -afirmó rotundamente-. Hombre, pienso que ese instinto de conservación o perpetuación de la especie del que usted habla también existe, pero no lo considero muy acentuado. Lo veo casi irrelevante al lado del otro.

-Ya. Sé que lo parece... Pero díganme los dos: ¿Para qué quiere un animal conservar su propia vida? ¿Con qué sentido, con qué objeto lo desea?

-Es un instinto -respondió Astrid-. Los instintos no responden a esa lógica con la que usted elabora sus argumentos.

-No estoy de acuerdo. Los instintos son la única lógica en la que creo yo. Y basándonos en esa lógica, afirmo que la única pregunta que aún no ha sido contestada, y que tal vez nunca tendrá respuesta, es la que trata de encontrarle sentido a la existencia de una especie. Entiendo que los individuos estemos obligados a intentar preservar nuestras existencias individuales, pero lo estamos porque existe ese algo que nos obliga, el Amo. Y ese Amo es el otro instinto, el de la supervivencia de la especie.

-Bueno, bueno -intervino Larry mientras encendía un cigarro-... Eso no me hace precisamente pensar que dejando de fumar hago algo realmente positivo para mí.

-Depende, amigo mío. En ningún momento he dicho que ese Instinto de Conservación sea una entidad absurda o imperfecta. Al contrario. Es algo maravilloso. Algo que sin duda responde a la creación de una Superinteligencia.




39

-Bueno, después de toda esta filosofía tal vez carente de fundamento...

Herbert Montejano parecía orgulloso de sí mismo. Se le notaba en la forma de juguetear con su perilla puntiaguda.

-Ha estado bien -comentó Larry mientras echaba bocanadas de vaho contaminado sobre los cristales de sus gafas-. Un poquito de filosofía nunca viene mal, creo yo.

-Sí, a mí me encanta -admitió Montejano-... Pero estamos aquí para dejar de fumar... Y me parece que andábamos enfrascados en el asunto de las dificultades que dicho empeño entraña. A ver, Larry... ¿Tiene algún inconveniente en explicarnos cuáles son esas dificultades que usted le atribuye al hecho de abandonar para siempre el hábito de fumar?

-Mire... Yo, como casi todos los fumadores, he intentado dejarlo más de una vez. Y siempre fue una tortura.

-¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? Pues porque me apetecía fumar constantemente.

-¿Está usted completamente seguro de eso?

-Bastante seguro. Y, ya que hablamos de eso, me gustaría decir algo acerca de lo que mencionó usted hace unos minutos, aquella teoría de los deseos opuestos, o contradictorios... Mire, una de las veces que “dejé de fumar”, todo terminó yéndose al traste porque me resultaba totalmente imposible concentrarme en cualquier actividad. Sólo pensaba en el tabaco. Se daba además una circunstancia curiosísima; una especie de círculo vicioso: me ponía yo a hacer cualquier cosa..., por ejemplo, me sentaba frente al ordenador... Entonces sentía que algo no me dejaba empezar a hacer lo que fuese a hacer, ¿sabe? No podía empezar, era como si me faltasen las manos. O como si me sobrasen, quizá. Naturalmente, lo que ocurría era que de forma inconsciente estaba buscando mi paquete de tabaco y, claro, no lo encontraba... Cuando por fin me daba cuenta de porqué me resultaba imposible comenzar mi trabajo, y recordaba entonces que ya no fumaba..., Me daban los siete males... Coño, quería un cigarrillo... Pero mi voluntad era fuerte aún: yo había decidido abandonar ese maldito vicio... Entonces... Mientras me decía a mí mismo que estaba haciendo lo correcto, en ese instante volvía a tener esa horrible sensación de estar buscando algo encima de la mesa... Buscando y no encontrando de nuevo la cajetilla... Y el proceso se repetía una y otra vez...

-En este momento no está fumando usted, y no creo verle buscar desesperadamente su paquete de tabaco. ¿Es que ahora no le apetece?

-Acabo de apagar un cigarrillo, usted lo ha visto. Pasarán unos minutos antes de que mi organismo solicite una nueva dosis.

-¿Y qué piensa que sucederá si decide privar de dicha dosis a su organismo, como usted dice?

-Pues, seguramente, lo que ocurrirá es que...

-Un momento, un momento -interrumpió Montejano-... Piense bien en la pregunta tal cual ha sido formulada, Larry... Le he dicho que es usted mismo quien decide privar a su organismo de la dosis de droga que le solicita... Usted, ese que ya conoce la frustración que genera el hecho de ir uno a encenderse un cigarro y de pronto recordar que no hay tabaco... Usted mismo es quien lo decide, no yo, ni el gobierno, ni nadie.

-Se produciría entonces el choque de deseos contradictorios del que hablamos. Querré fumar y no fumar al mismo tiempo.

-Pero es consciente de que eso es imposible, ¿verdad? En realidad sólo existe un deseo: el de “no fumar”. Lo otro es un implante. Un agente extraño ha sido introducido en el organismo y su longevidad depende de hacerle al fumador creer que desea fumar... Pero ese deseo no existe...

Larry meneó su cráneo y frunció el ceño en señal de escepticismo.

-Es que en eso no estoy yo totalmente de acuerdo. Usted emplea una deducción basada en la lógica para demostrar sus teorías... Un poco en plan San Anselmo... Pero yo creo que se equivoca cuando al diferenciar entre lo que es un deseo propiamente dicho y lo que es una sensación física de necesidad, lo cual me parece encomiable, olvida usted que ambas cosas son esencialmente “la misma cosa”. Nos guste o no, los toxicómanos necesitamos la droga a la que somos adictos, y esa necesidad no deja de ser un deseo...

-Está bien que se considere toxicómano, porque efectivamente lo es... Pero, sinceramente, me parece casi casi una falta de respeto que pretenda usted de algún modo equiparar el síndrome de abstinencia que origina la privación de la sustancia a la que es adicto con el que generan otras drogas.

-Puede que sí. Pero eso no quiere decir que dicho síndrome de abstinencia no exista.

-¿Qué opina usted, Astrid? ¿Cree verdaderamente que existe ese síndrome de abstinencia?

Astrid miró a Montejano sonriendo. Estaba guapa en ese instante.

-Pues sí, qué quiere que le diga... Además, estaba yo ahora pensando algo muy gracioso... Usted ha dicho que el deseo de fumar es un implante... Bien, yo creo que es al revés: mi deseo de fumar es totalmente puro. Nace de mi adicción a una sustancia que me ha ofrecido la Naturaleza y de ese hábito que he adquirido poquito a poco, la costumbre de tener siempre un cigarrillo encendido entre los dedos... Sin embargo, el deseo de dejar de fumar... Ese deseo si que viene de fuera: me lo han implantado quienes me dicen una y otra vez que fumar es malísimo, malísimo... Yo ni siquiera sé si es verdaderamente tan malo como dicen. Me he limitado a creerme lo que otros me cuentan... Porque yo, en realidad, no sé absolutamente nada de Medicina, ni de Biología... Sé que el tabaco es malo por la misma razón que en la Edad Media la gente “sabía” que practicar el sexo al margen de la reproducción te conducía a pasarte la eternidad en el maldito infierno.

-Es una bonita idea -replicó Montejano-. Interesante, a la vez que divertida. Pero usted “sabe” perfectamente que fumar no es bueno. Lo intuye cada mañana, cuando tose y, en ocasiones, se ve obligada a escupir...

-Un momento, aún no he terminado -interrumpió Astrid en tono algo insolente-. Quería decir una cosa más, antes de que se me olvide... Verá... El otro día estuve pensando y llegué a la conclusión de que dejar de fumar no es algo esencialmente bueno... Es bueno para mis pulmones y... En fin, es beneficioso para mi organismo. Concretando: eso a lo que llamamos Dejar de Fumar es bueno para la salud, ¿no? Sin embargo, no es algo que necesariamente proporcione la Felicidad. Quiero decir que, si a mí, o a cualquiera, le hace feliz fumar, por la razón que sea, échele usted imaginación... Si a un humano le hace sentirse feliz el hecho de fumar, entonces “dejar de fumar” es casi una insensatez. ¿Qué es mejor, estar sano y sentirse miserable o no estarlo y ser feliz? El cementerio está lleno de personas que se suicidaron porque no eran felices, y seguro que muchas de esas personas estaban tan sanas como un jodido roble... Con perdón...

-Sin duda -reconoció Montejano rascándose la barbita-. La Salud es tan sólo un medio, no un fin.

-Exacto -dijo Astrid.

-Pero también sabe usted que la Felicidad no es otra cosa que un estado de salud mental. Y creo, como los romanos, que la una y la otra están ligadas íntimamente. Estoy seguro de que a usted no le hace feliz escupir flemas de color marrón oscuro en el lavabo. Astrid... Usted sabe que Dejar de Fumar es bueno... Lo comprende siempre que la falta de nicotina, cosa que, recuerde usted, forma parte de su esencia, le impide disfrutar de determinadas situaciones, e incluso de la compañía de ciertas personas...

-Vale, tiene usted razón en eso. De hecho, ni siquiera importa si Dejar de Fumar es bueno, ni tampoco saber si efectivamente el deseo de fumar es un implante -Montejano hizo un gesto desaprobatorio en este momento-. Lo esencial es que si estoy aquí es porque de alguna manera tengo la certeza de que quiero dejar de fumar, de que fumar no me conviene. Volvamos ahora a lo que antes comentábamos acerca del síndrome de abstinencia... Fue eso lo que usted me preguntó, ¿no? Si estaba yo segura de que ese síndrome existe...

-Sí.

-Pues la respuesta es “Sí”. Creo que existe, señor Montejano. Lo creo.

-Pero usted no puede saberlo, amiga mía. Ninguno de ustedes lo sabe. ¿Por qué? Pues porque no han dejado nunca de fumar. Suspendieron temporalmente su hábito esperando que todas las notas de la marcha fúnebre desapareciesen al unísono y por las buenas de sus pensamientos. Pero no lo dejaron. Estaban intentándolo, y lo más triste de todo es que la recaída era sólo cuestión de tiempo. Cuando yo hablo de dejar de fumar estoy haciendo referencia al hecho de dejarlo para siempre, y entiendan que ese Siempre tiene carácter retroactivo. Por decirlo de otro modo: de lo que se trata es de conseguir que ustedes no hayan fumado nunca.

Todos estábamos callados, presintiendo quizá que ninguno de nosotros dejaría de fumar “para siempre”.

-Ustedes piensan que cuando dejen de fumar experimentarán una sensación, ¿no es así?

-Todos lo hemos intentado al menos una vez -contestó Aníbal-, y sabemos positivamente que, como usted dice, se experimenta una sensación, y bastante desagradable, por cierto.

-¿Seguro que lo saben?

-Hombre... La sensación de querer fumarte un cigarro no te la quita nadie.

-Pensemos. Si cualquiera de ustedes se golpeara la cabeza y sufriese algún tipo agudo de amnesia, de modo que no recordasen haber fumado alguna vez, que ni siquiera se acordasen de la existencia del tabaco... ¿Creen que percibirían alguna sensación relacionada con la abstinencia?

-Está probado que sí.

-Pero esa sensación a la que llamamos “Ganas de Fumar” difícilmente tiene sentido si el hecho de fumar no existe.

-Ya. Pero estamos hablando de una sensación física... De la parte física de esa sensación que sin duda tiene también atributos psicológicos, pero...

-Ahí está -admitió Montejano, celebrando la objetividad que llevaba consigo aquella ocurrencia de Larry-. Esa es la maldita cuestión. El síndrome de abstinencia es una molécula entreverada de átomos compatibles que...

Astrid soltó una carcajada lánguida cuando Montejano pronunció semejante pedantería. Él la miró sonriendo, aunque no había que ser muy observador para comprender que la risa de Astrid le había molestado enormemente.

-¿De qué se ríe, Astrid?

-No, de nada en concreto -contestó ella en actitud evasiva-. Lo de la “molécula entreverada”... A saber qué coño es eso...

-Sí, debería explicarme mejor -asintió Montejano, intentando con escaso éxito no resultar demasiado altivo-. Me refería a que eso a lo que llamamos Síndrome de Abstinencia es una sensación... “mestiza”, por así decirlo... Por un lado echamos de menos toda esa secuencia de movimientos que realizamos al fumar. Es una especie de ceremonia mecánica, tics diversos que han penetrado en nuestra esencia para convertirse casi en rasgos de nuestra personalidad. Sí, no se rían... Si son ustedes observadores se habrán percatado de que no existen dos personas que fumen de manera idéntica. Ni siquiera los gemelos monocigóticos fuman de manera idéntica. Con respecto a esos tics de los que hablo, debo advertirles que subestimar su influencia es un error trágico. A mí nunca me despertaron las ganas de fumarme un cigarrillo, pero sí llegué a despertarme a veces apagando un cigarro imaginario en un cenicero inexistente, o llevándome dicho cigarrillo a los labios, o... Es que todavía me pasa... Hay que tener en cuenta que cada uno de esos espasmos, como antes apunté, no sólo tiene vida propia, sino que interactúa con el resto, formando diferentes combinaciones, secuencias de distintas longitudes... Uno de esos movimientos, encadenado a otros cuatro, actuando de un modo consecutivo invariable, crea lo que llamamos Sistema Independiente. Cuando estos sistemas son capaces de producirse sin la intervención directa de lo que llamamos Voluntad, entonces pasamos a denominarlos Compulsiones.

-Lo siento -resopló nuevamente Aníbal, en cuya frente se atisbaban síntomas radicalmente opuestos a la hipohidrosis-. Lo siento, señor Montejano, pero no me entero de nada.

-¿Nunca ha tenido encendidos dos cigarrillos a la vez, Aníbal?




40

-Sí.

-Pues de eso estábamos hablando...

Montejano asentía con gesto aprobatorio a sus propias disertaciones. Se quedó mirando de pronto una rosquilla de humo que flotaba cerca de su hombro izquierdo. Era un anillo azulado que se encogía y se dilataba de modo totalmente arrítmico, aunque los estiramientos tenían más fuerza que las contracciones y el aro se iba haciendo cada vez más grande. Montejano atravesó el anillo con su brazo... Ya sé que esto no parece importante, pero debo decirte que en aquellos momentos nada de lo que dijera o hiciese Herbert Montejano se me antojaba fortuito.

-Analicemos ahora el otro componente de la entidad a la que llamamos Síndrome de Abstinencia. El atributo físico.

La palabra “Físico” se le fugó a Montejano de la boca disuelta en una lluvia polvorienta de saliva que fue a caer bastante cerca de mi diván. El hechicero sacó entonces un pañuelo elegante del interior de su americana y se limpió los labios en ademán eucarístico.

-Les diré una cosa... La sensación física que produce dejar de fumar es sumamente agradable. El problema que tienen ustedes es que no conocen esa sensación. Eso a lo que llamamos “Síndrome de Abstinencia” es, en efecto, una Substancia, pero su naturaleza no es sino el resultado de la aleación de dos mónadas. Dos impresiones que viven juntas, soldadas, constituyendo una rotunda unidad morfológica. Una soldadura a la que ahora debemos someter a un proceso de carioquinesis. Y entonces... En el preciso instante en que de manera definitiva puedan ustedes despegar a una de las impresiones de la otra, en ese momento la Substancia dejará de ser substancia. Dejará de existir.

En ese momento fue cuando empecé a sentirme mareado. Y si hay algo que sé de mí mismo es que no me resulta placentero recibir informaciones tan extravagantes como aquella cuando el entorno comienza a dar vueltas alrededor de mi cráneo.

-Al no existir dolor alguno, ni percepción sensorial de ningún tipo, resulta posible convencer a nuestro subconsciente de que la sensación llamada “Ganas de Fumar” es agradable. De hecho, nuestro lado consciente sabe que tener ganas de fumar y no hacerlo es algo tremendamente positivo. Nuestro organismo, a su manera, también lo sabe. Y nuestros instintos se sienten respetados. Nuestros dos instintos, aquellos que estuvimos analizando hace unos minutos. El Instinto de Conservación de la Propia Vida y el de Conservación o Perpetuación de la Especie.

-Bueno, no empecemos otra vez -protestó Aníbal-. Lo que intenta usted decirnos es que podemos dejar de fumar con sólo desearlo; que sólo debemos conseguir expulsar de nuestros cerebros la idea de que dejar de fumar es una especie de tortura. Que ese convencimiento no tiene nada que ver con la realidad...

-Por supuesto -dijo Montejano-. Sólo les hace falta una cosa para dejar de fumar, amigos. Lo único que necesitan es querer dejar de fumar. Y, ¿saben ustedes una cosa? Ninguno, ninguno de ustedes quiere hacerlo.

Nos resultó imposible estructurar y traducir al lenguaje hablado el comentario que merecía semejante insolencia. Yo estaba cada vez más mareado y empezaba a hacerme a la idea de que aquello no terminaría nunca...

-Imaginen algo relacionado con lo que antes discutíamos. Imagínense que el tabaco es gratis, y que además se descubre que no es nocivo. ¿Dejaría usted de fumar en ese caso, Astrid?

Por un momento me sentí enamorado de Astrid. Me gustaba el brillo de sus ojos...

-No -dijo ella enérgicamente, haciendo que me sobresaltase, pues durante unas décimas de segundo estuve convencido de que aquel “No” iba dirigido a mí-. No lo dejaría.

-A eso me refiero... Usted quiere tener más dinerito y más salud, pero no quiere dejar de fumar. Todos ustedes están en esa situación...




41

Encendí un cigarrillo e intenté dejarme arrastrar por el impulso de comunicarme con esa parte de mí que es impermeable al entorno. Me pregunté si realmente deseaba dejar de fumar. Porque quizá tuviera razón Astrid. Tal vez el deseo de dejar de fumar había sido implantado en mi cerebro. En mi cerebro y en mi maldita sopa. No, “tal vez” no... Eso era seguro. El deseo era un implante. Pero también lo eran las ganas de fumarme aquel cigarro que acababa de encender...

Sentir que mi salud y mi longevidad dependían ambas de la realización de un acto, “Dejar de Fumar”, para el cual me consideraba francamente incapacitado, comprender aquello me deprimía. Porque una cosa estaba muy clara: por mucho que me gustase fumar, lo cierto era que no andaba yo precisamente atravesando uno de esos períodos de la existencia en los cuales no te importa demasiado vivir más o menos tiempo... Quizá porque tan mal me habían ido las cosas durante los últimos años que se me hacía difícil no presentir que próximamente todo mejoraría. No deseaba que esos buenos tiempos futuros me sorprendieran con un maldito cáncer instalado en los pulmones...

Iba encontrándome cada vez peor, y Montejano estaba dándose cuenta, por supuesto. Sus miradas parecían embestirme como sonrisas de Venus, y allí se recostaban durante unos segundos en actitud no exactamente hostil, pero sí indefinidamente reprobatoria. De pronto, una de aquellas miradas se quedó clavada en mis pestañas.

-¿Se encuentra usted bien, Bengüit?

Los otros tres giraron sus respectivas cabezas para mirarme. Montejano se me acercó blandiendo un confuso gesto de preocupación en su rostro.

-Está usted muy pálido...

-La verdad es que me siento un poco mareado -contesté por fin-. Quizá sea claustrofobia.

-¿Por qué no se tumba en el diván?

-No hace falta... Lo que pasa es que... Me parece que no me vendría mal tomar un poco el aire.

-¿Desea abandonar la sesión?

-No, no es eso... Aunque... ¿Podría quizá salir un rato a la calle? Creo que me vendría bien.

-Ya... El problema es que si sale usted a la calle sentirá la tentación de no volver a entrar.

-¿Por qué?

-No sé, lo intuyo... Tengo la sensación de que si se marcha en este momento no volverá nunca. Es un presentimiento.

-Quizá no perdamos nada por probarlo.

-Puede que no, pero no considero conveniente correr el riesgo de que a la postre sí perdamos algo... Además, deseo enseñarles a ustedes una cosa. Deben verlo todos, Bengüit. Vamos, seguro que se le pasa el malestar...

Mi estado de ánimo se deja influir excesivamente por lo que algunos denominan Experiencias Sensoriales. A esta influencia otros la llaman Dictadura de los Sentidos. Sí, los científicos esos que estudian hasta qué punto vivimos gobernados por la percepción, sometidos a ella. Recuerdo ahora ese célebre y complejísimo análisis del porqué determinados aromas producen un auténtico cataclismo en nuestras glándulas salivares. Creo que fue Dalí el primero en llamar a esto “Coño de mosca”, vete tú a saber por qué...

La vista de un pinar iluminado por los rayos descuartizados del sol me hace sentir alegre y optimista; contemplar, en cambio, los planos de una turbina de reacción centrípeta, pues eso me produce una sensación de angustia difícilmente descriptible.

Lo que hasta ese instante había visto del Pabellón T aunaba un buen número de las cualidades que precisa cualquier estímulo visual para provocar en mi ánimo ese malestar agrio que he mencionado. Me hacía sentir triste, solo, lejos de la vida que yo deseaba vivir. Enturbiaba mi capacidad de comprender qué coño pintaba yo allí, en compañía de todos aquellos seres tan extraños. En definitiva, lo que había visto hasta entonces era suficiente como para no tener excesivas ganas de ver mucho más.

-Acompáñenme -nos dijo Montejano, señalando con un leve movimiento de cabeza los abazones del hangar. Los otros tres feligreses se pusieron en pie-. Vamos, Bengüit... Anímese, hombre... Esto le gustará...

Cedí nuevamente. Me incorporé con la ayuda de Aníbal. Me dijo que si necesitaba apoyarme en él que lo hiciera sin dudarlo. Pero yo no me encontraba tan mal. Aún no...

Seguimos a Montejano camino de la zona oscura del barracón. El lazarillo transportaba en sus manos un frondoso manojo de llaves antiguas que tintineaban al compás de las sacudidas que vertían sobre ellas los dedos de Montejano.

-Volviendo a la película que vieron ustedes el martes pasado... ¿Ninguno de ustedes se preguntó si verdaderamente existía el enano del que tanto hablaba Tiburón Antoine?

-Sí existía -respondió Larry-. El otro hombre... Ese Dimas puso su ojo en la mirilla y estuvo un rato contemplando al enano. Y también Alicia, ¿no?

-¿Sí? ¿Cómo sabe que lo vieron? Ni siquiera dijeron que lo estaban viendo...

Nos quedamos pensativos en frente de aquella puerta mientras Montejano probaba cada una de las llaves. En realidad el enano sí existía, eso pienso yo. Quizá en una dimensión distinta, claro. Astrid demostró en seguida que me estaba enamorando de ella con razón.

-No tendrá un enano encerrado ahí dentro... -dijo pasmosamente. Los demás soltamos una escueta carcajada...

-Es curioso -razonó Montejano sonriendo-... Es curioso porque, ya que lo dice, en su día sí que lo hubo, supongo...

Por fin se abrió aquella puerta. Montejano pulsó un interruptor y se encendieron dos potentes bombillas de luz blanca que colgaban del techo protegidas por dos enormes pantallas reflectoras. Aquellas lámparas proyectaban de modo avaricioso sus respectivos arsenales de corpúsculos sobre una camilla cubierta por una sábana blanca.

Todo habría sido muy distinto, digo yo, si en lugar de una camilla se hubiese plantado ante mis ojos una mesa de billar, por ejemplo. Pero es que ahí no había ninguna jodida mesa de billar: allí había una camilla... Y ese detalle resultaba explícito a la hora de conseguir que aquel lugar pareciera estar muy convenientemente acondicionado para albergar cualquier tipo de sacrificio quirúrgico.

Montejano cerró la puerta. Se paseó a lo largo y ancho de la sala, comprobando que todo estaba en su sitio. Dio un par de vueltas alrededor de la camilla, estirando la sábana y sacudiéndola donde supuestamente descubría nidos de ácaros. Entonces nos miró de frente...

-Allá por el siglo XVI, en este lugar se hacían disecciones clandestinas con cadáveres no reclamados. Se llevaron a cabo técnicas especiales de maceración y tinción diferencial. Ya saben, lo mismo que se hace ahora, pero creo que por aquel entonces aquello era un pecado horrible. Pero, en fin... Lo que pienso es que en aquella época estuvo bastante extendido el enanismo... Había muchos enanos, y es de suponer que se hicieran toda clase de experimentos con ellos, ¿no creen?

Sí, probablemente. Había que salir de allí lo antes posible. Creo que el pobre Larry estaba de acuerdo con esa conclusión a la que yo había llegado impulsado por mi estado isquémico.

-¿Qué es eso de la tinción diferencial? -Preguntó con un leve temblor en la voz. Montejano miró hacia el techo y después entornó sus ojos con pinta de estar reflexionando arduamente...

-No tengo ni idea...

En ese instante sentí un escalofrío en mis testículos. Y una sensación maravillosa de ingravidez en algunos puntos de mi espalda. Escuche a Montejano decir una frase preciosa... “Cada canción la oímos una sola vez; las demás veces no la oímos: la recordamos...” Otro escalofrío. En el mismo sitio.

Todos sabemos que cuando uno se desmaya cae al suelo. Hacia abajo, ¿no? Sé que es difícil creerlo, pero te juro que yo caí hacia arriba...




42

En consecuencia, el sencillo quirófano en que nos hallábamos experimentó una delicada metamorfosis que lo dejó convertido en un zulo pentagonal cuyo escueto mobiliario consistía en un par de taburetes cojos situados frente a frente, separados tan sólo por una mesita redonda bajo cuyas faldas floreadas dormitaba un brasero cretácico a todas luces.

Había un cuadro en la pared. Un bonito retrato de tres monjas sonrientes. La del centro tenía los ojos cerrados.

Uno de los taburetes sostenía el peso indeterminado de Astrid... Una Astrid envejecida, sin dientes; una mujer de manos ancianas cuyos labios habían sido teñidos de negro por una brocha despeinada.

La otra banqueta la ocupaba Jesucristo, disfrutando del ritmo agropecuario que la cojera del taburete adquiría gracias a su balanceo silencioso.

Yo estaba tumbado boca arriba en el techo; es decir, boca abajo si tomamos como referencia el centro de nuestra civilización. Intentaba aproximarme a los vértices del pentágono culebreando como una sardina boquiabierta. Mientras lo hacía, trataba de analizar y poner nombre a una cosa extraña que reposaba sobre la mesa camilla... Un cuadro de mandos que desde luego no tenía nada que envidiar al de una compleja nave supersónica.

En fin. Yo, Astrid, Jesucristo y nuestra común circunstancia. Los tres allí, vigilando las lucecitas de colores que se desprendían del artilugio aquél. Jesucristo, como siempre, hablaba y hablaba...

-Porque yo he sido Judas en sueños, Astrid... Y no una, ni dos veces... Muchas... Lo sueño muy a menudo. Con las treinta monedas de oro nos damos una comilona los apóstoles de mucho cuidado. Nos emborrachamos con los vinos que tenía Jesús guardados en una alacena para hacer sus magias. Cantamos canciones que analizan la enorme diferencia que existe entre esa cena opípara que estamos disfrutando y el rácano aperitivo que nos había servido Jesús en honor de ciertos conceptos incomprensibles para nosotros. Después de los postres echamos un campeonato de pulsos. El que gana adquiere el derecho de tirarle los tejos a la virgen. Y cuando estoy a punto de alcanzar las semifinales, doblegando el brazo pétreo de San Pedro, joder, es matemático: me despierto y toda mi fantasía se convierte en humo...

Dijo aquello mientras él mismo iba volviéndose transparente, hasta esfumarse...

Yo ya estaba en el suelo del zulo, por fin. Seguía llamándome enormemente la atención el cuadro de mandos que había sobre la mesa. Ocupé el taburete que había quedado vacío y arrojé toda mi furia indagadora sobre las lucecitas del aparato.

No tardó mucho Astrid en comenzar a interesarse vivamente por mi vida privada. Mi nombre, mi trabajo, mi familia. Se reía desordenadamente de la cautela que se desprendía de mis profusas indecisiones. Me preguntó si no me había dado cuenta de que Aníbal no fue expulsado de la terapia por hablar de su mujer; o, para ser exactos, por suministrarnos información suficiente como para que pudiésemos intuir que estaba casado, o que en algún momento de su vida lo estuvo. Pero yo apenas recordaba detalles confusos de mi vida. Ella, escéptica y voluptuosa, se reía de mí.

De pronto, Astrid pulsó el botón verde. Y desde las entrañas del aparato emergió un cigarro.

-Oh, qué maravilla de máquina -dijo, acariciando el cigarrillo en una actitud que me resultó repugnante-. Muchas gracias...

Se agachó entonces, como si buscase en el suelo algo que se le hubiese caído. Pensé que tal vez tenía intención de encender el cigarrillo con las brasas que nos calentaban los pies en el subsuelo de nuestra mesa. Pero no pude averiguarlo. Astrid desapareció de mi vista para siempre. Desde el abismo emergió la figura violácea y escalofriante de mi compañero Jesucristo, con su maldita túnica, sonriendo...

-Los subtítulos, menuda chorrada -razonó sin dejar de sonreír-. Nunca expresan exactamente lo que ha dicho el actor. Y el actor nunca dice exactamente lo que quiere el director que diga. Y el director nunca pone en boca de los actores exactamente lo que el guionista quería que dijesen. Y el guionista nunca supo traducir al lenguaje hablado de modo exacto lo que deseaba comunicar... ¿Te apetece una zanahoria, Bengüit?

Volvió a desvanecerse con su habilidad fantasmagórica, eructando y riendo, soltando un mitin referido a hortalizas y plantas cucurbitáceas...

No apareció nadie más. Pero cuando miré a la pared, el cuadro de las monjas había cambiado. Sí, seguían ahí las tres, pero ahora las veía de cuerpo entero, con el cadáver de mi amigo Jesucristo a sus pies. La del centro seguía teniendo los ojos cerrados... Cerrados para siempre...

Estaba solo y tenía miedo. Como actitud intrínseca y consecutiva por necesidad a dicho estado de ánimo, apreté con energía el botón verde que anteriormente pulsó mi compañera. Pero no había cigarros para mí. Por el contrario, del maldito salpicadero se desprendió una voz robotizada que decía algo así como: “Pulsación inválida... Pulsación inválida...” Muchas veces, muchas veces... “Pulsación Inválida... Pulsación Inválida... Pulsación inválida...”

El botón verde se había vuelto loco. Cambiaba de color de forma espasmódica, tal vez como fiel reflejo de la ira insistente que destilaban mis ojos. Me puse a golpear de manera frenética el jodido botoncito, maldiciendo a la madre de Montejano y sospechando por vez primera que ninguno de mis compañeros de terapia era realmente quien parecía ser, que aquello no era sino una vasta confabulación hábilmente retorcida por ese Doctor Esquizofrenia y sus ayudantes recién llegados de Transilvania...

En esas estaba cuando el cuadro de la pared cobró vida. Las monjas empezaron a hablar, contemplando el cuerpo inerte de Jesús, ese organismo al cual yo había prematuramente atribuido las diversas cualidades que caracterizan a un maldito fiambre...




43

Monja Central.- ¿Está muerto?

Monja Izquierda.- Todavía no. Agoniza.

Monja Central.- Los soldaditos desmembrados que agonizan me ponen muy cachonda.

Monja Derecha.- Ay, hermana... Ni es un soldadito ni está desmembrado.

Monja Central.- Para mí lo es.

Monja Izquierda.- ¿Creéis que nos oye?

Monja Derecha.- Sí... ¿No ves los gestos que pone?

Monja Central.- ¿Pone gestos? ¿Qué es eso de que “pone gestos”? ¿Pero es que ni siquiera está en coma?

Monja Derecha.- Le falta un poquitito aún, hermana...

Monja Central.- Me ponen cachonda los tíos en coma.

Monja Izquierda.- Hola, soldadito...

Monja Derecha.- ¿Lo ves? Sí que nos oye...

Monja Izquierda.- Amigo... No somos monjas, ¿sabes? En realidad somos koalas disfrazados de monja...

Monja Derecha.- Marsupiales de costumbres arborícolas...

Monja Izquierda.- No se lo cree...

Monja Derecha.- ¿No nos crees? ¿Y cómo sabes tú que a un koala hembra no le gusta disfrazarse de monja de vez en cuando?

Monja Izquierda.- ¿Sabes qué otra cosa solemos hacer los koalas hembra mientras contemplamos cómo agoniza un hombre? Nos cogemos de las manos y cantamos canciones de koalas...

Monja Central.- De putas koalas en celo.

Monja Derecha.- Oh... Qué lastimita... Creo que se ha muerto ya...

Monja Central.- ¿Cómo que se ha muerto? ¿Y qué coño pasa con el jodido coma metabólico?



Fin del Capítulo VI





Capítulo VII

El fin de los tiempos




44

Me hubiese gustado despertar entre hojitas de laurel, pero la verdad es que no fue así. Desperté tumbado en mi diván, con la única compañía cercana de la mirada fluvial de Herbert Montejano.

Llevaba en sus manos un paipai color wolframita con el cual proyectaba bocanadas de aire caliente sobre mi rostro.

-Bueno, Bengüit. ¿Qué tal? ¿Cómo se siente?

Tenía sed. Y una ignominiosa sensación de humedad en los muslos. Seguía metido en el pabellón T, tumbado en un diván, y a mi lado había un hechicero en cuclillas abanicándome con un paipai deshilachado color wolframita. ¿Cómo coño podía sentirme?

-No estoy seguro -dije con toda sinceridad.

-Me he tomado la libertad de llamar a un médico...

-No creo que haga falta.

-Excelente... Porque la verdad es que no había llamado a nadie. Lo dije para conocer su opinión.

-Ah...

El gesto de Montejano se fue descomprimiendo a medida que mi piel recobraba el llamado “color carne”, supongo...

-Santo Cielo, Bengüit... Se perdió usted lo mejor...

Eso no era nuevo en mi vida. Lo de perderme lo mejor, digo... Sin embargo, no tenía demasiado claro que en esta ocasión se hubiese dado en efecto dicha circunstancia.

-¿Dónde están los otros?

-Se marcharon ya. Querían esperar a que estuviera usted repuesto, pero no se lo permití. La verdad es que habían empezado a ponerse muy nerviosos.

-¿Por qué?

-Aníbal creyó por un instante que le había dado a usted una trombosis. Se comportó como si estuviera sufriendo un ataque de histeria, el pobre. Creo que llegó a temer que iban todos ustedes a morir aquí, uno por uno... Entonces, Astrid y Larry se pusieron a pedirme las grabaciones, ya sabe. Amenazaron con denunciarme. Gracias a Dios conseguí convencerles de que no lo hicieran... Les leí la letra pequeña del contrato y...

-Pero ya no volverán, ¿verdad?

-Pues no creo que vuelvan, no. Y es una pena. Sé que a usted comenzaba a gustarle la tal Astrid. ¿Me equivoco?

Los músculos de mi cara mintieron en su idioma sinusoidal, afirmando no saber de qué cojones hablaba Montejano. Él no hizo nada por disimular una sonrisa cómplice que me resultó bastante despectiva.

-En una cosa estaban los tres de acuerdo -aseguró entonces, cambiando de tema pero no de sonrisa-: en que nadie puede dejar de fumar gracias a esta terapia. Y, ¿sabe lo que le digo? En el caso hipotético de que ninguno de ellos consiga dejar de fumar nunca, pues creo yo que no habrá sido por culpa mía; y si se diese la circunstancia opuesta, es decir, si alguno de los tres terminase por lograrlo, seguramente se lo agradecerá tan sólo a su fuerza de voluntad, pero sé que en algún momento pensará si habría llegado a ocurrir el milagro en caso de no haber acudido a mis sesiones. ¿Lo entiende, Bengüit?

-Sí. Supongo...

Montejano dejó el abanico en el suelo y se puso en pie con evidentes muestras de esfuerzo y dolor de riñones.

-¿Cómo se encuentra usted en este instante? ¿Mejor?

-Bueno... Me duele la cabeza.

-¿Quiere que le acompañe a casa?

-No, gracias... Es que... Es imposible. No puedo dejar aquí mi coche. Lo necesito para trabajar.

-Ya. Pero no está usted en condiciones de conducir.

-Le aseguro que he conducido en peores condiciones.

-No hace falta que lo jure. Es usted de esos que ponen en peligro su vida con relativa frecuencia, ¿no es cierto? Sólo espero no enterarme mañana de que ha muerto usted en medio de la autopista... Eso me haría sentir culpable. Sí... Me llevaría a pensar si tal vez hubiera sido correcto por mi parte prohibirle marcharse de aquí.

-No se preocupe. Al fin y al cabo, vine aquí por mi propio pie... Nadie me obligó. Si como consecuencia de dicha decisión termino muriendo “en medio de la autopista”, como usted dice, sólo una persona tendrá la culpa, ¿no cree?

-Es posible... Aunque.... Veamos... ¿Cree usted en el Big Bang?

Asentí.

-Existe una partícula de energía que de pronto explota. El Universo se expande y se expande hasta que, por las buenas, comienza a comprimirse, para finalmente, debido a lo que los científicos llaman el Big Grunch, volver a la situación previa al Big Bang, una sola partícula de energía... De la cual se origina otro Big Bang, creándose un nuevo universo. Y así, indefinidamente, una y otra vez, de un modo imparable... Infinitas veces... Ahora imagine todos los universos diferentes que pudieran generarse. Ocurre que, por muy grande que sea el número de combinaciones posibles, como estamos hablando de materia, ese número existe. Un número inmenso, sí, pero finito al fin y al cabo... Piense... Imagine todos los universos posibles en los que no aparece el ser humano. Muchísimos. Figúrese después todos los universos que se pueden originar en los que sí aparece el hombre. En muchos de ellos no tendrá lugar la secuencia de hechos que hace que existamos usted y yo tal cual somos. Pero habrá muchísimas veces que sí. Unas veces usted será fontanero, pero otras veces no lo será. En algunos universos todo será exactamente igual a como ha sido su vida hasta este mismo instante. Pero en este preciso instante yo pienso: ¿Digo o no digo ahora mismo la palabra Mierda? Entonces, voy y la digo... Mierda. Ya he creado un universo tangencial, pues en otro que había sido o será exactamente igual al presente hasta este momento tal vez decidí o decidiré callarme la boca, o intentar tragarme mi propia lengua...

-Oiga... Todavía me siento algo aturdido...

Eso dije. Aunque lo que de verdad me hubiese gustado decirle a ese tipo era que no tenía intención en aquellos momentos de recibir una dosis tan severa de Metafísica...

-Bien, pero... Entiende lo que quiero decir, ¿no? En algún otro universo le dejaré marchar... Usted muere en la autopista y no puede disfrutar de todo el dinero que en otros universos disfruta gracias a que le toca la lotería. Porque, según estas hipótesis, resulta obvio que usted se hace rico en alguno de los universos tangenciales. Quizá sea éste...

-Seguramente no.

-Ya, ya... Pero, escuche... Vamos a ver... Imagine ahora los siguientes universos tangenciales, Bengüit -ordenó entonces acercando sus ojos a los míos en una actitud sombría y vampiresca-... Uno: el universo en el cual usted nunca empieza a fumar... Dos: aquél en el que sí empezó a fumar pero decide dejar de hacerlo en este preciso instante... Y por último, un tercer universo en el que usted continúa fumando hasta el mismo día de su muerte. Le propongo que piense en ello esta noche, tumbado en su cama. Imagine que desde cada uno de esos universos tangenciales le visita ese que es usted mismo... Espectros tan reales o imaginarios como pueda serlo usted, Bengüit.

Montejano debía considerarse una especie de Dickens. O de Julio Verne, vete tú a saber... Y parecía estar haciendo uso de toda su artillería. Con escaso éxito, eso sí, pues debo reconocer que no tenía yo ni puñetera idea de qué coño quería decirme aquel tipo con semejante inmersión en los abismos de la Mecánica Cuántica.

-En fin -dije de mala gana-. Cualquiera sabe qué podría suceder si se me plantan en casa esos fantasmas...

-Ojalá pudiera suceder eso, Bengüit. Ojalá... Podría usted comunicarse con ellos, analizar con su ayuda cada uno de sus comunes recuerdos, buscar ese punto en el cual se produce la mitosis, o la meiosis, o lo que sea, ese instante que...

-No creo en esas cosas, de verdad -murmuré muy tristemente-... Yo sólo vine a ver si usted podía ayudarme a dejar de fumar. Vine buscándoles “un amigo a mis pulmones”. Yo no entiendo todo esto... En serio, no sé de qué va este rollo... Porque, a ver... Nos metió usted en un quirófano y... Ni siquiera sé qué era lo que deseaba usted enseñarnos.

-Nada, querido Bengüit. No quería mostrarles nada. Sólo el quirófano. Pretendía injertarles un recuerdo imborrable.

-Qué estupidez.

-Hombre... Si lo prefiere, podría pensar que ha sido usted objeto de algún tipo de trepanación en el quirófano. Una especie de lobotomía dirigida a hacer olvidar a su organismo la existencia de esa substancia que...

Se echó a reír cuando me vio toquetear con disimulo mi propio cráneo.

-Muy bien -dije, interrumpiendo su risa-... Estupendo... ¿Y eso de las cámaras? ¿Para qué nos está filmando? Usted dijo que algún día lo entenderíamos, y a mí me gustaría entenderlo hoy. Hoy es un buen día para entenderlo...

-Hoy es un buen día, pero no “el mejor día”. Tal vez el peor de todos los días apropiados.

-Vine aquí buscándoles un amigo a mis pulmones... No sé si ellos necesitan amistades tan profundamente vinculadas con...

La sonrisa de Montejano interrumpió mi seráfica disertación. Me miró con una dulzura casi erótica y susurró en un tono muy, muy paternal:

-¿Le apetece un cigarrillo, Bengüit?

Volvió a reírse de mí al ver cómo de nuevo, aunque ahora sin disimulo alguno, exploraba yo con las yemas de los pulgares diversos rincones de mi occipital.




45

Insistió en llevarme a casa. Me dijo que quizá podría él conducir mi coche. “Y Bengüit será Lazarillo esta vez”, ironizó. Fue muy amable, sí. Y perspicaz. Ni siquiera tardó diez segundos en intuir que no me resultaba precisamente seductora la idea de que conociese las coordenadas de mi madriguera.

-Yo aparco el coche donde usted me diga -propuso entonces-... Allí coge usted un taxi. Tenga claro que tampoco yo siento ningún interés por saber dónde vive...

Se nos hizo de noche en la autopista. Condujo despacio, muy prudentemente, silbando una sonata de Mozart mientras yo percibía con los bordes de mi retina izquierda cómo nos adelantaban los demás coches convertidos en asteroides clónicos. Aquellos sonidos y luces flanqueaban mi agnóstica huída, minando mi único propósito coyuntural: no darle demasiadas vueltas al asunto de los malditos espectros. Tenía que arrancarme de la cabeza todos esos fantasmas que hacían a sus cadenas reptar pesadamente en el interior de mi bosquecillo de neuronas, ululando historias referentes a barcos piratas que se hundían cargados de piedras preciosas e inútiles conclusiones.

¿Qué pintaba yo allí? Había un tipo extraño dentro de mi coche, un hombre que había estado en la cárcel, y era él quien conducía. Encendí un cigarrillo. Miré a Montejano esperando hallar sobre su perilla una de esas lacónicas sonrisas a las que me tenía acostumbrado. Pero él pareció no darse cuenta de que yo estaba fumando...

Aparcó bastante lejos de mi casa, siguiendo mis instrucciones, junto a los cerezos en flor que cercaban el parque donde me fumé mi primer cigarrillo.

Salimos del coche. Era una noche muy agradable, primaveral. Había dejado de llover pero no de oler a lluvia. Montejano sonrió cortésmente y colocó las llaves del coche en la palma de mi mano izquierda.

-¿Se encuentra usted bien, Bengüit?

-Sí.

-¿No necesita nada más de mí?

-No. Creo que por hoy ha hecho ya suficiente.

-Vaya... Me lo tomaré como un halago...

-...

-Bueno, pues... No sé... Si quiere puede volver a la clínica el próximo martes. Supongo que habré conseguido nuevos compañeros con los que pueda usted continuar la terapia...

-...

-Eso espero, al menos...

Estreché la mano de Mi Circunstancia sintiendo que se instalaba en mis ojos una vaga seguridad de estar despidiéndome para siempre de aquel rostro, comprendiendo que seguramente dudaría en el futuro acerca de la existencia extramental de todos aquellos instantes minúsculos...

-¿Cómo volverá usted ahora? -pregunté cuando Montejano había dado ya el primero de los pasos que iban a alejarle eternamente de mi vida.

-Andando -contestó sonriendo-. Mi casa no está demasiado lejos de aquí.

-Ah.

-¿O acaso pensó usted que vivía en la maldita clínica?

Se marchó. Viéndole caminar descubrí que la espalda de su americana estaba totalmente arrugada.




46

Me puse de inmediato a buscar la esquina más propicia para coger un taxi.

Joder, tendría que ser uno muy cabrón para desearle a su peor enemigo transitar una circunstancia que le obligase a supeditar siquiera la más irrelevante de sus ansias cinemáticas al milagroso avistamiento de un taxi en mi ciudad, en serio te lo digo. No sabes lo complicado que resulta encontrar uno libre, y la cantidad de reflexiones amargas que te van arrastrando, mientras esperas y esperas, hacia el interior de nirvanas helicoidales donde comprendes que es el jodido taxi el que debe encontrarte a ti, no tú a él; y lo malo es que tú eres tan pequeño, tan pequeño...

Encendí otro cigarro y caminé despacio sobre los barrizales que desembocaban en mi antigua vida, con el cráneo enredado en la fermentación de un insólito balance, la reseña fusiforme de todas las catástrofes que habían ido poco a poco moldeando la extrema unción de mi optimismo. Mi cerebro desentrañaba esos misterios mientras mis grasas reptaban sobre las callejuelas y puentes que vestían de alabastro las aguas del río, y a cada paso iba siendo más y más consciente de que muy pocas de las cosas que hasta entonces me había propuesto a lo largo de mi existencia llegaron finalmente a consolidarse en algo que no fueran archipiélagos de calumnias y entelequias.

Mis pantalones se habían secado. Paré junto a una farmacia. Su escaparate anunciaba la inminente irrupción en el mercado de unos cepillos de dientes que convertían el sarro en porcelana, y la de ciertos preservativos especialmente diseñados para hombres diabéticos; proclamaba también las mágicas propiedades de unos chismes llamados “parches de nicotina”, algo que Allen Carr me había desaconsejado vivamente días antes.

Apareció una luz verde a lo lejos. Un taxi, aunque pareciese mentira...

Las criaturas sorbeconchas que despliegan sus atributos en diversos rincones de mi conciencia comenzaron entonces a susurrar... Y aquel murmullo se convirtió a toda prisa en una enloquecedora insurrección. Había recordado de pronto que aún estaban en mi apartamento las cenizas de mi amigo. En el interior de mi puta lavadora.




47

Joder, no podía coger aquel taxi. No podía irme a casa todavía. Había un muerto allí, qué coño...

Qué pesadilla. Qué horrible impotencia sentí al ver cómo aquella luz verde se alejaba...

Mierda. Tenía que recuperar mi coche, ir a casa, sacar el botijo de la lavadora, volver al coche, acercarme al caserío de Sebastián, preguntarle de qué manera había podido Lucía conseguir las cenizas de Francés, convencer al abuelo para que se hiciese cargo de los restos de su hijo...

Demasiado para una sola noche. No estaba yo para semejantes bregas. Y, por supuesto, no me apetecía en absoluto conducir.

Ahí estaba yo, desamparado, en medio de la calle, sin atreverme a volver a casa por culpa de...

Se me cruzó un gato blanco y comprendí que tan lejos estaba el pobre animal de saber quién era él como podía estarlo yo mismo de conocer mi propia esencia. Imaginé de pronto a todos esos seres espantosos que tantos y tantos documentales innecesarios ubican en los más profundos abismos oceánicos. Animales, plantas y bichos indefinidos que llevan millones de años existiendo ahí abajo, en oscuridad absoluta, sin otra cosa que hacer aparte de esperar a su presa y reproducirse.

Seguía observando al gato cuando repentinamente escuché la herrumbrosa carcajada de un tren que zurcía en aquellos instantes la cenefa del parque. Un tren que sin duda pasaba por allí cada tarde, a eso de las ocho y media, trasladando sistemáticamente desde una hasta la otra orilla del río a varios cientos de personas minúsculas, muchas de ellas adictas a la misma sustancia de la que yo era esclavo.

La palabra “Sustancia” explotó entonces en la frontera que separa al hemisferio izquierdo de mi cerebro del hemisferio derecho. La palabra “Substancia”, para ser más exactos. Y la voz de Montejano alzó sus ecos en mi memoria, como hacen las voces de los muertos en las películas de Reno Lombard...

Eso a lo que llamamos “Síndrome de Abstinencia” es, en efecto, una Substancia, pero su naturaleza no es sino el resultado de la aleación de dos mónadas. Dos impresiones que viven juntas, soldadas, constituyendo una rotunda unidad morfológica. Una soldadura a la que ahora debemos someter a un proceso de carioquinesis. Y entonces... En el preciso instante en que de manera definitiva puedan ustedes despegar a una de las impresiones de la otra, en ese momento la Substancia dejará de ser substancia. Dejará de existir...

-Quedarían, eso sí -reflexioné allí mismo, en voz alta, dirigiéndome al gato blanco-..., “quedarán” esos dos metales que en su día fueron anexados de forma oxhídrica, finalmente disociados, sin el poder que otorga el simple hecho de ser Molécula...

El gato se subió a un árbol. Un precioso pájaro azul sobrevoló mi cabeza. Encendí otro cigarro y aspiré sosegadamente sus elementos insidiosos...

Dios, qué bien me sentía fumándome aquella mierda...




48

Me senté en un banco de madera y barnicé sus estrías con la ceniza de mi cigarrillo mientras me preguntaba si podía considerar a ese pájaro más libre que a mí mismo por el simple hecho de que él, o ella, pudiese volar, cuando efectivamente dicha cualidad le había sido impuesta incondicionalmente al maldito pájaro, como una condena insoslayable.

Por un momento estuve seguro de que terminaría quedándome a dormir en ese banco, arropado por mi gabardina. Me daba demasiado miedo volver a casa. Aquel trono era duro y estaba frío, pero nunca había escuchado decir que dichos atributos fuesen malos para la resaca. Podía pasar la noche allí... El cielo estrellado parecía prometer una larga tregua; además tenía tabaco y mi ropa interior se había secado del todo. En cuanto dejara de pasar gente intentaría encontrar postura.

Crucé las piernas y extendí los brazos de modo que casi podía tocar con mis dedos ambos extremos del respaldo. Le di a mi cigarro una calada regia y me puse a imaginar qué estarían pensando de mí las personas que pasaban por mi lado, todas ellas intentando no mirarme. Seguramente veían tan sólo a un pobre diablo desbordado por las inclemencias de su destino. “Y eso que no saben lo peor”, murmuré recordando que me había meado encima un rato antes...

Qué triste. Creo que en el fondo todos creemos o queremos creer que nuestra vida es digna de ser contada, como una novela... ¿Y qué tipo de sainete grotesco era esa estúpida vida que yo estaba experimentando?

“Las inclemencias del destino...”, murmuré. ¿A quién le había escuchado yo antes plantear este trabalenguas?

Una mirada imprecisa se me marchó entonces hacia el cigarrillo que se consumía entre mis dedos... Y allí permaneció durante más de medio minuto esa mirada, examinando la descomposición gradual de aquella lúgubre antorcha con la perplejidad de quien observa por vez primera un cuadro de Kandinsky...

Joder... ¿De verdad quería dejarlo?

Si no existiese la muerte o, para ser más precisos, si no existiera el miedo a la muerte, entonces yo no tendría ninguna necesidad de dejar el tabaco. Sólo en ese caso mi decisión de dejarlo sería honesta...

Pero así es todo en la vida... Si no existiera el miedo a morir, este mundo sería un caos absoluto.

Prensé mi occipital con las yemas de mis dedos, como sí de esa manera pudiese arrancarme de la mente ese tipo de axiomas. Sólo quería pensar en el tabaco..., en esa pregunta para la cual no hallaba respuesta: ¿Quiero, en verdad, dejarlo? Volví a interrogarme, y otra vez se presentó de inmediato en el proscenio esa cosa llamada Miedo a la Muerte, como una niebla espesa que ocultaba seguramente frondosos puntos de vista.

Porque aquel tropismo desquiciado en que se había convertido mi existencia a lo largo de los últimos días reunía ya, prácticamente, todas las partículas y propiedades que se le suponen a un maldito esperpento...

Aún peor, qué coño: aquello era una odisea del todo injustificable... Las cenizas de mi amigo en mi lavadora; la amenaza de haber sido filmado por las cámaras ocultas de un presunto delincuente; mi ropa interior mojada en presencia de la única mujer por la que me había sentido atraído en los últimos años; la existencia sin duda de numerosos testigos que podrían confesar haberme visto borracho en compañía de un sacerdote que pocas horas después apareció muerto, quién sabe dónde y en qué condiciones, con una zanahoria a cuestas... ¿Hasta dónde podía conducirme el miedo a morir?

Ya, ya lo sé, y también lo sabía entonces: todas las miserias resultantes de hacer somática mi dudosa intención de abandonar el tabaco tenían un solo culpable, sí...: el tabaco. Ya. Pero también era palmaria la consanguinidad que existía entre mis travesías biliosas y la decisión de no fumar más. Y, como te decía, ninguna de las razones que siempre había supuesto fundamentales para tomar definitivamente el impulso que me llevase a dejar de fumar, ninguna de ellas disculpaba ni remotamente el haberme transformado en un jodido tentetieso. La pasta que me ahorraría, por ejemplo... Ese dinero seguramente me lo gastaría en cualquier otra estupidez, eso lo tenía muy claro... La salud. Como había dejado caer Astrid, y ratificado Montejano, la salud no es un fin, sino un medio. ¿Quería dejarlo entonces para volver a vislumbrar algún tipo de espejismo que me hiciera sentirme dueño de mis designios y hasta de mis propios actos...? Joder... Tanto esfuerzo por una estúpida mentira. ¡Si liberarme de mi adicción al tabaco me convertiría inmediatamente en esclavo de otra cosa...! En un maldito esclavo del “no fumar”, podría decirse... He leído y escuchado historias dramáticas de ex fumadores que se pasan la vida soportando pesadillas en las cuales, los pobres, han vuelto a fumar... ¿Acaso es eso bueno para la salud de un cerebro? ¿Qué clase de perturbado podría encontrar reconfortante la tarea de introducir en su propia calavera nuevos monstruos, demonios y enemigos?

Sepulté lo que quedaba de mi cigarrillo en el barro.

Recordé a Francés entonces. Echaba en falta su compañía. Pero el pobre hombre se hallaba tan lejos... ¿Sospechó él algo, quizá, tan sólo un par de semanas antes, cuando me explicaba lo mucho que íbamos a disfrutar los dos jugando con sus trenes eléctricos? ¿Fue capaz de imaginar entonces que sólo dos semanas después sus cenizas estarían en el interior de mi lavadora?

Un polinomio endiablado atravesó mi cabeza en aquel instante... Un enredo algebraico cuya incógnita representaba las coordenadas del recipiente en cuyas profundidades, tal vez, me hallaría yo quince días más tarde... Dónde, Cómo, Debido a Qué...

No sabría explicarte por qué hice lo que hice entonces. Como diría un sabio, la Acción se produjo cuando a mi lado consciente se le acabaron las telas rojas con que andaba tejiéndole una alfombra de reflexión al Movimiento...

No lo pensé ni una vez y media. Aún me quedaban diez cigarrillos en el paquete. Ni siquiera tuve que levantarme del banco. Había una papelera muy cerca. Lancé el paquete desde mi asiento, bastante seguro de que encestaría...

El proyectil rebotó en la papelera y cayó al suelo.




Epílogo

Aquí acaba mi triste historia. Lo que haya sucedido a partir de este momento es algo que merece ser objeto de tu propia intuición.

También es verdad que considero inapropiado hilvanarle un “final” a un relato que aún no ha terminado. Acabará el día en que yo muera, ¿no crees?

A pesar de todo, debo declarar que el noble propósito de que esta cosa que ahora tienes en las manos fuese a la postre un buen libro me ha hecho recaudar un buen manojo de horas con la intención de dedicar todas ellas a la búsqueda y ulterior captura de alguna ocurrencia que pudiese dar por finalizada mi narración de un modo, si no estrictamente literario, sí al menos un poquito cinematográfico...

Pensé, por ejemplo, que allí mismo, sentado en el banco, mientras la quietud de la noche iba disipándose a medida que el paso de los minutos convertía toda paz posible en el preludio hipócrita de una tormenta llamada Síndrome de Abstinencia, me asaltaban súbitamente por detrás dos heroinómanos, un chico y una chica... Olían mal y estaban muy nerviosos... Joder, me robaban todo mientras me amenazaban de manera muy convincente con una jeringuilla cargada de anticuerpos del VIH... Supuse que no quedaría mal extenderme en el recuerdo del resplandor jabonoso de aquella luctuoso punzón donde se posaba el reflejo del zodíaco... Cuando se marchaban aquellos pobres diablos, uno de ellos, la chica, cogía del suelo sin mucho interés el paquete de tabaco que yo había tirado minutos antes... Al abrirlo, la muy puta sonreía y le comentaba con acento muy macarra a su novio: “Joder, tronco, ya te dije yo que dejar de fumar es imposible...”

Poco verosímil, ¿verdad?

Estudié más tarde la posibilidad de hacer que a Bengüit le diese de pronto un infarto de miocardio... Allí, en el banquito de madera... Justo unos minutos después de que hubiese creído haber dejado de fumar... Era un final estúpido, muy cínico y, desde luego, terriblemente vulgar...

También se me ocurrió relatar cómo, súbitamente, empotrado en aquel banco, me veía rodeado por tres policías. Dos machos y una hembra. Entonces comprendía la verdad: que tenía un montón de botijos en mi casa, robados todos ellos del cementerio de mi ciudad sin que mi esquizofrenia me hubiese permitido advertir que lo hacía...

Ese final parecía prometedor, pero exigía la inserción de múltiples guiños a lo largo de la novela, detallitos que pudieran finalmente encajar entre ellos como piezas de un puzzle. Muy difícil...

El mejor de todos los finales que se me ocurrieron acabó por olvidárseme. Quizá era demasiado bueno para mí...; o tal vez sólo sea cuestión de tiempo volver a divisarlo, seguramente en las entrañas de alguna pesadilla. Sólo sé que aquel desenlace “comenzaba” cuando, al llegar a mi casa esa triste noche, abría yo mi lavadora para descubrir que ya no estaban allí las cenizas de mi amigo Francés. A partir de ese momento no recuerdo qué coño pasaba... Si quizá comprendía yo entonces, ciertamente desconcertado, que todo había sido un producto de mi maldita fantasía...; o si lo verdadero se había mezclado con lo imaginario...; o si lo que había hecho Bengüit era visitar uno de aquellos jodidos Universos Tangenciales; o si finalmente Bengüit era tan sólo un producto de la imaginación de Francés, el cual era, evidentemente, el verdadero autor de la novela...

Por último, debo decir que también anduve sopesando la idea de plantear de manera un poquito más extensa todos estos finales que acabo de bosquejar y decirte después que uno de ellos era cierto. Que decidieras tú cuál de ellos era el verdadero. Esto me gustó en un principio, pues tenía pinta de convertir el relato en un juego interactivo. Pero enseguida comprendí que, en realidad, todas las novelas son así, ¿no?

Tonterías, como ves. Porque, finalmente... ¿de qué va esta historia? Me cuesta creer que algún tribunal sensato pudiera considerar relevante cualquier tipo de especulación no relacionada con el hecho de si, en efecto, Bengüit dejó de fumar aquella noche; o si, por el contrario, no fue capaz de hacerlo...

Lamentablemente, “eso” es lo único que parece tener importancia. Y no existe solución para dicho acertijo, como ya expliqué... Pero, fíjate...: pienso ahora que, si has leído este libro, es muy probable que seas, o hayas sido en algún instante, fumador o fumadora... Me resulta obvio. Llego así a la conclusión de que en realidad eres tú quien se encuentra sentada o sentado en ese banco de madera, determinando cuál es el final de este relato... Bengüit va a quedarse tranquilito en su pedestal todo el tiempo que haga falta... Esperando cobardemente a que seas tú quien decida poner fin a sus incertidumbres.





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